Cumbre de la OTAN (I): Madrid determina su futuro

Banderas de la Unión Europea y la OTAN. | NATO, Flickr
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Madrid. Los días 29 y 30 de junio la capital española, Madrid, acogerá la cumbre de la OTAN más esperada que se recuerda. Originalmente, el encuentro debería haber tenido lugar en 2019, pero fue pospuesto por las elecciones legislativas en España, el país anfitrión, ese mismo año, que fueron seguidas por la pandemia de la COVID-19 en 2020 y 2021.

En 2022, en el cuarenta aniversario del ingreso de España en el bloque transatlántico, los líderes de los 30 países miembros se verán la cara después de tres meses de pausa. La guerra en Ucrania dio un giro al statu quo, no solo en Europa, sino en todo el mundo. Por ese motivo, fueron también invitados aliados no atlánticos como Japón, Australia, Nueva Zelanda y Corea del Sur, además de varios aspirantes a formar parte del bloque ante la amenaza rusa: Suecia y Finlandia. Georgia y Ucrania, dos vecinos de Rusia afectados por su política expansionista, también recibieron la invitación. ¿Es 2022 el año en que resucitará la OTAN?

Este encuentro, aparte del conflicto en Ucrania, abordará muchas otras cuestiones importantes. La solicitud de ingreso de Suecia y Finlandia fue recibida con el apoyo de todos los miembros de la organización, menos el líder turco, Recep Tayyip Erdogan. Éste pretende que Estocolmo renuncie a su apoyo de los kurdos, una importante minoría étnica en el este del país que aspira desde hace décadas a formar su propio Estado con sus compatriotas en Irak y Siria. Ankara no está dispuesta a tolerarlo.

Además, el anfitrión de la reunión, el presidente Pedro Sánchez, pretende suavizar sus tensas relaciones con el estadounidense Joe Biden, que no piensa perdonar al jefe del Gobierno español la retórica anti atlantista de sus aliados. Y la Alianza Atlántica también tiene que decidir el futuro de su existencia en los años venideros ante su aparente renacimiento tras el 24 de febrero, fecha del comienzo de la invasión rusa.

La OTAN: el transatlantismo septenario

La OTAN fue creada en 1949 por 12 países occidentales: Bélgica, Dinamarca, Islandia, Italia, Canadá, Estados Unidos, Francia, Luxemburgo, Noruega, Países Bajos, Portugal y Reino Unido. La Guerra Fría acababa de comenzar, por lo que Washington decidió unificar a sus aliados en una alianza militar para contrarrestar el creciente poderío comunista. Al otro lado del Telón de Acero surgió seguidamente el Pacto de Varsovia, liderado por la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Así se formaron los bloques que definirían las relaciones internacionales durante los siguientes 40 años. Aunque una guerra abierta nunca llegó a estallar, la tensión estuvo a punto de escalar en más de una ocasión.

El temor de las cancillerías europeas a una posible incursión comunista las llevó a decantarse por su aliado estratégico e ideológico: la Casa Blanca. Para no repetir el fracaso del consenso europeo del llamado «Interbellum» (o período de entreguerras), Europa prefirió el camino de la cooperación, tanto económica como militar y política, para mantener un frente común ante la amenaza totalitaria. Washington hizo todo lo posible para fortalecer ese lazo, promoviendo el Plan Marshall, apoyando iniciativas paneuropeas como la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA), y unificando el sistema comercial y monetario con el GATT (Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio, del inglés General Agreement on Tariffs and Trade) y el acuerdo de Bretton-Woods, respectivamente. El atlántico se convirtió en el frente principal de la contienda entre el mundo capitalista y su contrincante socialista. El Muro de Berlín y lo que se escondía tras él era la prioridad número uno para todo inquilino del Despacho Oval.

Sin embargo, este aparente consenso no es tan idílico como intentaban pintarlo los dirigentes de la época. Mientras el Pacto de Varsovia vivió la sublevación alemana en 1953, el levantamiento húngaro de 1956, la primavera de Praga en 1968 y varios otros conflictos (como la ruptura con Yugoslavia o China, por ejemplo), la OTAN también puede presumir de momentos de discordia.

Por ejemplo, la Francia de Charles de Gaulle tomó la decisión de abandonar el pacto, prefiriendo seguir su propio camino. El carismático líder francés incluso mantuvo relaciones relativamente cálidas durante varios años con la URSS y llegó incluso a visitar Moscú el mismo año. En 2005 se le dedicó un monumento delante del hotel Cosmos, un clásico alojamiento para extranjeros desde los Juegos Olímpicos de Moscú 1980.

A continuación, en 1964, Grecia retiró sus fuerzas del ejército de la organización por su disputa con Turquía por la isla de Chipre. En 1974, bajo la llamada «dictadura de los coroneles», dejó incluso el comando militar. Al final, al igual que Francia, se reincorporó a la alianza, dejando, sin embargo, un notable precedente. Por último, entre 1958 y 1976, Islandia, el miembro más septentrional de la alianza, disputó su zona económica exclusiva con las islas británicas, contencioso que pasó en la historia como «las guerras del bacalao». Para salirse con la suya, Reikiavik presionó a la OTAN, amenazándole con abandonarla, dejando así el Mar del Norte abierto para posibles operaciones de submarinos soviéticos. Estos fueron los casos más ejemplares, habiendo también muchas más fricciones insignificantes que constreñían la actividad de la alianza.

Tras la llegada del último líder soviético Mijaíl Gorbachov al poder en la URSS en 1985, las relaciones entre las dos némesis en Moscú y Washington empezaron a mejorar, siendo el encuentro de Ginebra entre el entonces presidente norteamericano, Ronald Reagan, y su homólogo en 1986 su máxima expresión. Varios años más tarde, en 1989, por fin cayó el Muro de Berlín, marcando el fin de la Guerra Fría, que duró más de 40 años.

El Pacto de Varsovia se fue desmoronando poco a poco: algunos países vivieron la transición de forma pacífica (Alemania Oriental, Checoslovaquia, Hungría, etc.), mientras que otros atravesaron violentas revoluciones (la Rumanía de Nicolae Ceaușescu). El 25 de diciembre de 1991 el bloque comunista fue seguido por su líder, la Unión Soviética, que se desintegró como un gigante con pies de barro. La OTAN ganó la contienda, pero una nueva pregunta surgió ante las naciones atlánticas: ¿Qué hacer ahora?

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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