China consolida su dominio en Hong Kong tras 25 años de recuperarla del Reino Unido

Hong Kong en 1997. | Patrik M. Loeff, Flcikr
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Madrid. El 1 de julio, el presidente chino, Xi Jinping, salió por primera vez de la China continental desde que comenzó la COVID-19 para visitar la ciudad de Hong Kong, que celebra este año el aniversario de su unificación con Pekín. Hace 25 años, en 1997, Reino Unido renunció a la próspera ciudad asiática y se la entregó a China después de un siglo y medio de control británico.

Según el acuerdo, Pekín se comprometía a respetar la autonomía y las instituciones hongkonesas durante 50 años bajo la llamada política «Un país, dos sistemas», el tándem de la República Popular China, con una economía mixta, y la liberal ciudad de Hong Kong, con un mercado libre. Sin embargo, el Gobierno del presidente chino y sus predecesores hicieron todo lo posible para subyugar la floreciente urbe y socavar sus privilegios, poniendo en duda sus 25 años restantes de libertad.

Tras la primera guerra del opio, en 1841, la isla de Hong Kong y sus alrededores fueron cedidos por la administración de la dinastía Qing a Londres. La ciudad se tornó esencial para la política británica en el Pacífico, ocupando una posición estratégica para el comercio con China y el tráfico del lucrativo opio. En los años venideros Hong Kong amasaría cada vez más riqueza, contrastando con las empobrecidas provincias chinas, sumidas primero en un conflicto intestino y después bajo una dictadura comunista extractora. Era el centro financiero de Asia, uno de los famosos milagros económicos o «Tigres Asiáticos».

Sin embargo, el imperio colonial de la pérfida Albión estaba perdiendo su antiguo resplandor. El diálogo entre la que era primera ministra del Reino Unido, Margaret Thatcher, y el entonces líder chino, Deng Xiaoping, acabó en 1984 con la firma del acuerdo sobre la cuestión de Hong Kong, cuando fue concertado el año 1997 para el fin del alquiler de la parte continental de la ciudad, fecha de transición de las riendas del poder. Así, acompañada de gritos de alegría de la población local, la ciudad pasó a las manos de Pekín, que solo comenzaba en esa época su despegue económico.

25 años de dominio chino

El dominio chino sobre Hong Kong arrancó con euforia. Por fin la tierra arrebatada por los europeos volvía a su hogar histórico. La antigua colonia británica sería seguida por Macao, ciudad portuguesa, en 1999. Así Pekín consiguió unificar todo su territorio continental, quedando solo la «rebelde» isla de Taiwán como último elemento restante del puzle.

Tanto Hong Kong como Macao recibieron el estatus de «regiones administrativas especiales», que eran regidas por la Ley Básica, una mini constitución acordada con Londres y Lisboa, respectivamente. Su posición les permitía ser casi Estados independientes, con su propia moneda, su sistema jurídico y muchos otros beneficios con los que las demás provincias no podían ni soñar. La prensa podía permitirse criticar al gobierno central abiertamente, y monumentos y memoriales eran erigidos en memoria de las represiones del Estado, como lo fue la matanza de Tiananmen en 1989. Uno necesita incluso un visado para entrar y salir de las ciudades.

Además, en 1997 Hong Kong constituía más del 18 % del PIB de toda China, una cifra abismal para tan solo una ciudad. Eso la convertía en un elemento esencial para Pekín: no solo político, sino también económico. Los dirigentes del Partido Comunista (PCCh) decidieron mantener la imagen de Hong Kong como una ciudad abierta y gobernada por la ley para atraer inversiones del extranjero. Hong Kong era el centro financiero de Asia, adelantando incluso a gigantes como Tokio o Singapur. Para los empresarios occidentales la ciudad era una forma viable y segura para exponer su capital al mercado chino, sin tener que lidiar con las adversidades de un gobierno autoritario. Era la puerta a la galopante economía china.

En esa época parecía que Hong Kong serviría de ejemplo para el gobierno de Pekín de cómo alcanzar la prosperidad. Según algunos analistas, los éxitos de la ciudad inminentemente llevarían a la liberalización de China y su apertura completa hacia el mundo. El modelo de mercado hongkonés contagiaría a Pekín, disminuyendo así el intervencionismo estatal en la economía.

Sin embargo, los años pasaban y la economía del gigante asiático crecía con cada vez más velocidad. El control del Partido Comunista se reforzó aún más. El gobierno vio los beneficios que traía el aperturismo económico, atrayendo inversiones de todo el mundo. Para combinar la economía planificada con varios elementos de mercado fueron establecidas Zonas Económicas Especiales, donde la supervisión de Pekín era mínima y las tarifas eran bajas, creando así un clima financiero perfecto. Ciudades como Shanghái o Shenzhen (vecina continental de Hong Kong) acogieron las sedes de las mayores compañías mundiales, construyeron múltiples fábricas, adhiriéndose así a las cadenas de abastecimiento mundiales. Hong Kong seguía manteniendo su estatus privilegiado. Sin embargo, el milagro económico chino, liderado por ciudades como Shanghái, le estaba pisando los talones.

Hoy en día, Hong Kong ha perdido el puesto de la ciudad más rica del país. Le adelantan Shanghái, Pekín (la capital), Shenzhen, Guangzhou (también conocido como Cantón) y Chongqing. La excolonia británica pasó de formar el 18 % del PIB de China a amasar tan solo el 2 % hoy en día.

Un fuerte golpe a la economía de la ciudad le fue asestado por la pandemia y la draconiana respuesta del Gobierno central con tolerancia cero ante el coronavirus. Xi Jinping no podía permitir que su reputación quedase dañada por un fracaso sanitario como lo podía ser la pandemia de 2020. Por eso fue implementada la política «cero covid», que suponía una dura cuarentena y el cierre de los lucrativos puertos. Algunas ciudades, como Shanghái hace varios meses, quedaron absolutamente aisladas del mundo exterior, perdiendo cantidades inmensas de dinero. Así ocurrió en Hong Kong también, una ciudad populosa con más de 7 millones de habitantes y una densidad de población abismal (de las más altas del mundo). De hecho, en su visita de dos días a comienzo de julio Xi no llegó a quedarse a dormir en Hong Kong, prefiriendo descansar en la cercana Shenzhen y después volver el día siguiente. Esto se debe a miles de nuevos casos de covid en la ciudad en los últimos días.

A diferencia de otras ciudades chinas, Hong Kong depende mucho del sector de servicios, que da empleo a cerca del 90 % de la población y amasa un 93 % del PIB. La pandemia propinó un fuerte golpe al sector terciario, llevando a una contracción de 6,5 % en su economía. Mientras la China continental consiguió crecer en este período (aunque en menor medida que antes), el pequeño tigre asiático sigue sin recuperarse por completo.

Aparte de preocupaciones económicas, la urbe se ve también afectada por las disminuyentes libertades civiles y la lenta subyugación bajo la mano de hierro de Pekín. El Gobierno chino siempre intervino activamente en la política de Hong Kong, apoyando a políticos pro-chinos para influenciar en las decisiones tomadas. Según pasaban los años, la población hongkonesa, antes contenta de volver a la patria y deshacerse del dominio inglés, se tornó cada vez más preocupada con el estado de los derechos humanos, la libertad de expresión y la democracia en su patria. Hubo varias manifestaciones, como las protestas de 2005 por el sufragio universal o la «Revolución de los paraguas» de 2014, además de procesiones en memoria de las víctimas de Tiananmen cada año (especialmente en el décimo y duodécimo aniversario). Las promesas por parte de los dirigentes chinos de adoptar el sufragio universal no llegaron a cumplirse al final, enfadando aún más a los hongkoneses.

En 2019 tuvieron lugar las mayores manifestaciones de la historia de la ciudad, causadas por la propuesta ley de extradición, que les permitiría a las autoridades chinas a juzgar a criminales hongkoneses en su propio territorio. A pesar del descontento popular que inundó la ciudad, las protestas fueron finalmente sofocadas y la ley aprobada en 2020. Ahora Pekín puede alcanzar a los disidentes que se refugian en Hong Kong huyendo de la represalia. Varios medios independientes y críticos con el Gobierno central se vieron obligados a cerrar bajo presión del Estado, siendo ‘Apple Daily’ el caso más famoso. Así, el faro de la libertad que era Hong Kong se fue atenuando según pasaban los años.

Los acontecimientos de 2019 y los años consecutivos resonaron por todo el mundo. El secretario de Estado de Donald Trump, Mike Pompeo, declaró ante el Congreso que Hong Kong «ya no era independiente de China» y revocó el estatus comercial especial de la ciudad. Poco antes del aniversario de este año, el primer ministro británico, Boris Johnson, aseguró que «no» habían «abandonado Hong Kong» y culpó a China por violar los acuerdos de 1984 y la política de «un país, dos sistemas». Además, desde la ley de 2020, Londres ofreció el pasaporte británico a todo hongkonés que lo necesite. Eso provocó que 120.000 ciudadanos de la excolonia británica emigrasen a la pérfida Albión.

La emigración es otra importante tendencia del actual Hong Kong. Como reporta ‘Financial Times’, a causa de las draconianas restricciones por la pandemia y la represalia contra la oposición, decenas de miles de personas abandonan la ciudad cada mes. Sin embargo, hubo también un flujo sin precedentes de migrantes del continente, atraídos por las oportunidades que ofrece la urbe asiática.

En esta difícil época para Hong Kong, Xi Jinping llega para consolidar el dominio de Pekín sobre la rebelde ciudad. El presidente chino asistió a la inauguración del nuevo gobernador, el expolicía John Lee, miembro del «Partido patriota». Como único candidato, su victoria fue indudable en mayo de este año. En 2021 se esfumaron las últimas esperanzas de unas elecciones veraces en la Región Autónoma Especial, cuando fue promulgada la ley de que solo los candidatos «patriotas» (pro-Pekín) podían participar en los comicios. En su discurso del día del aniversario, Xi afirmó que la ciudad había por fin «resucitado de las cenizas» y vuelto a la normalidad. Reiteró también su tesis de que solamente patriotas de verdad debían gobernar Hong Kong. Sin embargo, no fueron anunciadas acciones concretas que la nueva administración de Lee tomará en el lustro que estará al mando.

Un futuro incierto

La pregunta es: ¿Podrá Hong Kong perdurar esta crisis y mantener su posición de liderazgo? Por un lado, su antiguo atractivo económico ha disminuido considerablemente. Las estrictas políticas COVID-19 ralentizaron la recuperación, mientras que las severas represalias repercutieron en la confianza de los inversores en la ‘rule of law’ (supremacía de la ley). Las violaciones de derechos humanos pueden ahuyentar a capital occidental, constreñido por la opinión pública. Asimismo, Shanghái y otras grandes ciudades chinas no dejarán a Hong Kong sin competencia como antes, quitándole posibles clientes.

Sin embargo, como bien lo demuestra el ejemplo de China, las inversiones se discriminan entre sistemas autoritarios y democráticos. Mientras las reglas no sean arbitrarias y los riesgos para la reputación extremadamente altos, para las empresas extranjeras pecunia non olet (el dinero no huele). Si Pekín consigue mantener la estabilidad en Hong Kong, la ciudad puede entrar en la lista de prósperas urbes chinas y convertirse en una Zona Económica Especial más. Además, la excolonia británica sigue manteniendo su imagen de centro financiero de Asia, compitiendo con Nueva York y Londres por el liderazgo. Aunque es seguro que John Lee, el nuevo líder de la Región Administrativa Especial de la excolonia británica, seguirá la homologación de Hong Kong con la demás China, su futuro económico lo esconde aún el porvenir. Todo está en las manos de los hongkoneses.

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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