El asesinato de Shinzo Abe: muerte de un histórico primer ministro japonés

Shinzo Abe
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Madrid. El pasado día 8 de julio, el ex primer ministro de Japón Shinzo Abe fue asesinado durante un mitin de apoyo a su Partido Liberal Democrático (PLD) en la ciudad de Nara, en la parte meridional de la isla Honshu. El asesino disparó desde la muchedumbre que asistió al encuentro con un arma de fabricación propia. Después de descargar dos balas en el cuerpo de Abe no intentó huir y fue rápidamente prendido. Su identidad fue descubierta a las pocas horas: era un exmilitar de 41 años llamado Tetsuma Yamagami. Los motivos de este brutal acto siguen ocultos.

Algo impensable para Japón

El exdirigente nipón falleció en el camino hacia el hospital. Los acontecimientos del 8 de julio de 2022 conmocionaron tanto al público japonés como a toda la comunidad internacional. Para Japón, que se encuentra entre los 10 países más seguros del mundo, con 22 crímenes por cada 100.000 personas, es un caso insólito. Es verdad que ocurrieron ataques a políticos importantes, como en 1960, cuando el líder del partido socialista Inejiro Asanuma fue matado por un ultranacionalista. En 2002 y 2007 fallecieron los políticos Koki Ishii, parlamentario reformista, e Itcho Ito, alcalde de Nagasaki, respectivamente a manos de los yakuza, la temible mafia japonesa. Sin embargo, el país no veía un atentado al jefe de gobierno (aunque Abe ya hubiese abandonado el puesto) desde la época de entreguerras, cuando el asesinato político era parte del juego de tronos en el imperio del sol naciente.

Delitos cometidos con armas de fuego son aún más escasos (10 al año de media), debido a la estricta ley de venta de tal armamento. Si uno quiere hacerse con una pistola, la ley prescribe que el comprador no tenga antecedentes penales cualquiera. También deberá hacer análisis psicológicos de vez en cuando e incluso algunas veces las autoridades pueden entrevistar a los vecinos del interesado para confirmar su estado mental y social. Eso explica por qué el arma usada para el atentado contra Abe fue hecha a mano.

Todos estos factores contribuyen a la sorpresa que viene a ser esta noticia para todos. Durante décadas los políticos nipones prescindían casi de guardia y hablaban cara a cara con los votantes. Apretaban las manos y respondían preguntas de la población. Muchos de los que asistían a los mítines en las ciudades pequeñas conocían a sus líderes personalmente, lo que permitía crear un nexo muy fuerte entre la élite política y sus ciudadanos. Este privilegio del que presumían los japoneses puede verse severamente afectado por la muerte de Abe.

Aun así, la pregunta que más preocupa a todos es el por qué. ¿Por qué Shinzo Abe? Su influencia en las acciones tanto del PLD, como del actual jefe del Gobierno, Fumio Kishida, seguía siendo importante. Además, seguía ocupando su puesto en el parlamento nipón (llamado Dieta) e influyendo las decisiones tomadas. No obstante, Abe ya llevaba 2 años desde que abandonó el puesto y ya no ocupaba ningún cargo estatal desde entonces. ¿Qué llevó al ex primer ministro a este día?

La historia de Abe

Shinzo Abe nació en 1954 en Tokio. Provenía de una verdadera dinastía de políticos prominentes. Su abuelo materno, Nobusuke Kishi, fue primer ministro del país en los años 50. Su tío abuelo, Eisaku Sato, también fue primer ministro, batiendo el récord de estancia en el poder en la posguerra. Su padre llegó a ocupar el puesto de ministro de Exteriores con el gobierno de Yasuhiro Nakasone. Abe parecía estar destinado a la grandeza.

Por primera vez ocupó el cargo de primer ministro en 2006, cuando Juinichiro Koizumi dimitió sin nominar a un sucesor. Se convirtió en el primer líder japonés nacido después de la Segunda Guerra Mundial. En 2007, tras un escándalo con los fondos de pensiones desaparecidos y problemas de salud, se vio obligado a dimitir también, habiendo estado tan solo un año en el poder.

La constante rotación de líderes en Japón es muy común para su ambiente político. Los escándalos y el intercambio de acusaciones por el estancamiento económico son el día a día de la élite nipona. Desde que Hirohito capitulase el 2 de septiembre de 1945, el país tuvo 58 gobiernos, lo que significa que cada gobierno conseguía mantenerse alrededor de 1 año y 4 meses en el poder. Mientras tanto, Shinzo Abe, que retornó a la política en 2012 y le arrebató el puesto en los comicios de ese año al Partido Democrático, amasó casi 9 años en el poder. Además de ser un mastodonte de la política interna, se convirtió en un importante jugador en la arena internacional, devolviendo a Japón su papel de potencia mundial.

Cuando Abe volvió en 2012, Japón se encontraba en medio de una recesión que duraba desde comienzos de los años 90. Las décadas de los 90 y los 2000 fueron denominadas «las décadas perdidas», a causa del potencial económico que la nación del sol naciente perdió en este período. Shinzo Abe tenía que hacer algo con esta precaria situación si no quería seguir la suerte de sus predecesores.

Para eso propuso la estrategia de las «tres flechas»: una política económica atrevida y radical que consistía en una expansión cuantitativa para abaratar el yen y alcanzar las metas de inflación, una expansión fiscal (bajar los impuestos y aumentar los gastos) y una reforma sistemática para atraer más inversiones. Las tres flechas juntas deberían frenar la caída de Japón por la espiral deflacionaria y hacer que la economía por fin crezca. Esta estrategia pasó a la historia como «Abenomics».

Las «Abenomics» siguen siendo objeto de debate hoy en día, ya que el primer ministro Kishida piensa seguir los pasos de su famoso predecesor. Por un lado, el país logró un crecimiento positivo del PIB cada año de su administración (menos en 2020). En 2013 las acciones japonesas subieron repentinamente, mientras que las exportaciones aumentaron, ya que el yen perdió el 20 % de su valor en los primeros años de «Abenomics». Mientras tanto, el desempleo alcanzó bajos récords de las últimas décadas. Abe veía las «Abenomics» como la nueva era Meiji (período histórico durante el reinado del emperador Mutsuhito), una época de renacimiento económico y político.

Por otro lado, las ganancias de las crecientes exportaciones fueron compensadas por los precios de los carburantes, de los que Japón dependía cada vez más desde la tragedia de Fukushima, en 2011. Además, el aumento del gasto público conllevó el crecimiento de la deuda pública. Según muchos analistas, las «Abenomics» luchaban contra molinos de viento, ya que las deficiencias de la tercera economía mundial no se encontraban ni en la política fiscal, ni en la monetaria. El problema consistía en el envejecimiento de la población y la falta de mano de obra para que el país siga desarrollándose. Una política migratoria más abierta podría ser la respuesta, pero los gobiernos conservadores del PLD no se atrevieron a seguir ese camino.

Al final resultó que Abe implementó tan solo dos de sus tres flechas. La tercera, una reforma radical, no llegó a hacerse realidad. A diferencia de su vecina Corea del Sur, que promovió la migración en los últimos años, los hombres fuertes de Tokio se negaron a ceder.

Un mastodonte de la política internacional

Mientras las «Abenomics» tuvieron un éxito mixto y debatido, pocos dudan de los éxitos internacionales de Shinzo Abe. Cuando vino al poder en 2012, la influencia mundial de Tokio era extensa, pero se limitaba al espacio económico y financiero. Japón no podía poseer un músculo militar comparable con el de sus vecinos (China y Corea del Sur) por causa de su Constitución pacifista, que fue aprobada bajo la tutela estadounidense tras la Segunda Guerra Mundial. Al igual que Berlín, Tokio hacía todo lo posible para que su oscuro pasado no salga a la luz demasiado a menudo.

Abe no quería aceptar el papel segundario de su país en las relaciones internacionales. Para empezar, expandió los gastos militares y aprobó una ley en 2015 que permitía a las Fuerzas de Autodefensa estacionarse en el extranjero para una «defensa colectiva». Esto le permitía a Tokio mover sus tropas por la región para contrarrestar el creciente poderío chino y aumentar la presencia japonesa en el Indo-Pacífico. Aun así, la Constitución pacifista seguía vigente, por lo que Abe no podía arriesgarse a dar otro paso en la dirección militarista para no perder el apoyo público y las relaciones con Seúl y Pekín.

Mientras la China de Xi Jinping continuaba amasando riqueza y músculo militar, Japón no podía permitirse quedarse atrás. Shinzo Abe desafió abiertamente a Pekín en las islas Senkaku, afirmando su dominio sobre el territorio disputado. Aun así, el longevo primer ministro prefirió una estrategia equilibrada en relación con su extenso vecino. Visitó al líder chino en 2018 y esperaba recibirlo recíprocamente en 2020, pero al final el encuentro fue cancelado debido a la pandemia.

Para reforzar su posición de potencia regional, Tokio reafirmó sus alianzas con Estados Unidos y los países europeos. Fue precisamente Shinzo Abe el ideólogo del renacimiento del Quad, un foro estratégico entre Australia, la India, Japón y EEUU. Mantuvo relaciones bastante cálidas con el expresidente americano Donald Trump, que evitó a Tokio en sus guerras comerciales, y con el indio Narendra Modi, con el que compartía visiones conservadoras y el deseo de traer la gloria perdida a sus respectivos países.

Las relaciones con Corea del Sur, otra figura clave en la región, fueron bastante tensas. Durante la administración de Park Geun-hye, en 2015, los países consiguieron firmar el acuerdo de las «mujeres de consuelo», que fueron esclavas sexuales de las tropas japonesas durante la ocupación de la península coreana. Este acuerdo le permitía a las víctimas de abuso sexual por parte de los soldados nipones pedir reparaciones a Japón. Sin embargo, con la llegada del progresista Moon Jae-in en 2018 a la Casa Azul (residencia presidencial de Corea), Seúl demandó renegociar el arreglo. A esto se sumó el nacionalismo de Shinzo Abe, que estaba cansado de que su país pida disculpas continuamente por lo que ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial.

En 2020, Shinzo Abe dimitió alegando problemas de salud. Fue una figura popular, pero controvertida. Vino al poder tras una larga época de crisis con la clara idea de despertar de nuevo el sol económico japonés, traer una nueva era Meiji. Su política económica, aunque con muchos defectos, consiguió reestablecer la confianza pública en el sistema nipón. Se convirtió en el padre de las nuevas relaciones internacionales de Japón, devolviendo al país a la arena mundial e impulsando su actual actividad política en el Indo-Pacífico.

Su muerte fue un verdadero shock para la mayoría del público internacional. Por un lado, impulsó la campaña del PLD en los próximos comicios a la cámara alta de la Dieta. Por otro, puede convertirse en el comienzo de una nueva era en la política japonesa, una realidad más tóxica y polarizada.

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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