El presidente Gotabaya Rajapaksa dimite durante la peor crisis en la historia de Sri Lanka

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Madrid. La nación insular de Sri Lanka está viviendo la peor crisis económica desde su independencia del dominio británico en 1948. Tras cuatro meses de protestas, el presidente Gotabaya Rajapaksa, al que los manifestantes culpan de la precaria situación en la que se encuentra la isla, huyó del país. Aunque prometiese dimitir el pasado miércoles, el portavoz del Parlamento acabó recibiendo la notificación oficial un día más tarde, el jueves. Sri Lanka necesita formar un gobierno consensual y comenzar las reformas requeridas lo antes posible si quiere poder negociar con el Fondo Monetario Internacional (FMI) y recibir la anhelada ayuda.

Gotabaya Rajapaksa, exsecretario de Defensa, ascendió al poder en 2019. Su victoria llegó tan solo medio año después de varios ataques terroristas en la capital Colombo, que cobraron las vidas de 269 personas. Este acontecimiento dañó la reputación del esencial sector turístico esrilanqués y marcó el difícil porvenir que le esperaba al país.

El presidente Rajapaksa proviene de una familia de políticos prominentes. Su padre fue el cofundador de uno de los partidos más importantes en la historia del país, ministro de Agricultura y parlamentario. Mientras tanto, su hermano Mahinda Rajapaksaa mantuvo el puesto de jefe de Estado entre 2005 y 2015. La llegada de Gotabaya era una clara manifestación de la influencia que tienen los clanes familiares en la política de la isla.

En los años 90 el futuro presidente vivió en Estados Unidos y llegó a recibir la ciudadanía. Volvió a su país en 2005 para participar en el gobierno de su hermano Mahinda. De allí uno de aforismos inventados por los manifestantes: «Gota go home» (Gota vete a casa), aludiendo a la doble ciudadanía del presidente.

En su campaña electoral en 2019, Rajapaksa prometió que aliviaría los impuestos, aunque estos estuviesen en bajos récord para la media mundial. Este fue uno de los factores que le trajo la victoria en los comicios de noviembre. Sin embargo, pavimentó también el camino hacia la crisis.

El camino hacia la crisis

Después de la devastadora guerra civil en el norte de la isla entre las autoridades de Colombo y los rebeldes tamiles, gobiernos consecutivos comenzaron la reconstrucción del país. Para eso trataban de crear un buen clima financiero, atraer inversiones extranjeras y promover el turismo. Los fondos necesarios los recibieron de otros países (especialmente Japón, China y la India) y de agencias internacionales (como el FMI). La deuda pública aceleró su crecimiento en estos años.

El Gobierno comenzó a invertir en infraestructura, escuelas y hospitales, aumentando así considerablemente el nivel de vida de los esrilanqueses. Esta política puso a los habitantes de la isla de líderes en PIB per cápita en la región, adelantando a Bangladesh, la India y Pakistán. La economía crecía rápidamente, lo que permitía lidiar con la creciente deuda.

El súbito bajón de impuestos significaba que el gobierno recibiría aún menos ingresos que antes. La deuda pública rondaba el 86 % del PIB cuando Rajapaksa fue electo en 2019. Aun así, el gobierno de Colombo no paró su política social y prosiguió invirtiendo en diversos proyectos. Lo que nadie se esperaba es que, poco después de la inauguración del nuevo presidente, el mundo sería sacudido por la mayor crisis sanitaria de la historia: la pandemia de la COVID-19.

La pandemia asestó un golpe a Sri Lanka donde más le dolía: en el turismo. Primero los ataques terroristas de 2019 y después el cierre de fronteras en todo el mundo golpearon a este lucrativo sector. Este impacto, además de las comunes consecuencias del confinamiento, obligó a Colombo a endeudarse aún más para sobrevivir esta difícil época.

Cuando en 2021 las restricciones se iban aflojando poco a poco, era obvio que la deuda esrilanquesa era insostenible y una respuesta rápida era imprescindible. La Administración de Rajapaksa ignoró estas señales, mientras el país se deslizaba lentamente hacia la ruina. Los preparativos para la crisis ya estaban listos. Faltaba tan solo una chispa. La invasión de Ucrania por las tropas rusas en febrero de este año fue precisamente la gota que colmó el vaso.

Aunque lejana de la zona del conflicto, Sri Lanka, poco después del comienzo de la llamada «operación especial», ya sintió las sacudidas del terremoto que se acercaba. La agresión del Kremlin afectó a la isla en dos frentes. Primero, las sanciones impuestas sobre Rusia después del 24 de febrero obstaculizaron la llegada de turistas rusos, que eran el grupo mayoritario que descansaba en las exóticas playas de Ceilán. Con su poder adquisitivo dañado por la caída del rublo, los precios de los vuelos en máximos históricos y la incapacidad de usar sus tarjetas de crédito en el extranjero, los rusos no pudieron irse de vacaciones al Índico. El sector turístico, tan ligado con la infraestructura y el sector de servicios, se quedó sin ingresos, ya que ni los rusos, ni el segundo grupo por cantidad, lo ucranianos, pudieron abandonar su país.

Segundo: la guerra y las restricciones impuestas por Occidente propulsaron los precios de los carburantes, quesubieron por las nubes. Este cataclismo no pasó de lado por Colombo, dejando barrios enteros sin electricidad durante más de medio día y largas colas de coches con la esperanza de encontrar combustible. El bloqueo de los puertos ucranianos durante meses conllevó el crecimiento del coste de diversos productos agrícolas, cuyos productores son los países beligerantes. Ante la posibilidad de una crisis alimentaria, otras naciones como la India o Kazajistán prefirieron restringir la exportación de cultivos. Sri Lanka, país dependiente de las importaciones de arroz de los países vecinos, se encontró con un déficit importante de estas esenciales mercancías.

El pueblo esrilanqués se hallaba en la suma desesperación. Muchas familias no tenían suficiente dinero para comer y pagar la energía, otros se quedaban sin trabajo debido al decadente turismo. Las escuelas y los hospitales no podían trabajar con normalidad a causa de la falta de papel y medicinas básicas, respectivamente. La única solución era la acción. Miles de personas salieron a las calles de Colombo y, en menor medida, de otras grandes ciudades para protestar contra la miope política económica del presidente Rajapaksa.

El Gobierno intentó apaciguar las protestas. Primero enviaron a policías para desperdigar a los manifestantes. No hizo más que enfurecer a la muchedumbre. Cientos de personas acamparon durante días delante del palacio presidencial. La oposición apoyó a los manifestantes. Parecías que Rajapaksa estaba solo. Sin embargo, no pensaba renunciar tan rápido.

En mayo intentó calmar la situación en Sri Lanka creando un nuevo gobierno y destituyendo a su hermano Mahinda del puesto de primer ministro. Así pretendía demostrar que estaba abierto al diálogo con la oposición y desmentir las acusaciones de nepotismo. Este cambio cosmético tampoco ayudó y el descontento popular siguió creciendo.

Rajapaksa busca aliados

En el frente internacional, Rajapaksa puso todo su esfuerzo para recibir ayuda económica del extranjero para aliviar la crisis. Sin embargo, Sri Lanka estaba en bancarrota desde mediados de mayo, socavando su reputación financiera. Ni el FMI, ni sus socios occidentales, ni incluso China estaban dispuestos a tomar el mismo riesgo otra vez. Demandaban medidas de austeridad y reformas económicas. No había garantías de que esta situación no se repita en varios meses.

El caso de China es especialmente característico. Pekín siempre se concentró en la cooperación con los países subdesarrollados, creando una imagen de «buen hermano mayor», que contra todas las expectativas consiguió la grandeza económica y pretende ayudar a los demás a alcanzar lo mismo. Muchos políticos y analistas occidentales se mostraban escépticos, llamando esta política de «trampa del crédito chino», alegando a los hilos que siguen al capital de Pekín donde sea que aparezca. Según ellos, el gigante asiático engañaba a gobiernos en necesidad para promover sus intereses estratégicos. En el caso de Sri Lanka se citaba el puerto de Hambantota (parte de la Nueva Ruta de la Seda, plan maestro de Xi Jinping), que tal como se decía podría convertirse en una base militar china.

Sin embargo, si China verdaderamente siguiera una política de «trampas de crédito», no tendría sentido tirar años de inversiones por la borda. Sri Lanka acudió a Pekín por ayuda, pero el gobierno de Xi Jinping se negó a sacar a su antiguo socio del apuro. Nueva Delhi, no obstante, se mostró muy dispuesto a socorrer a su vecino en crisis. El primer ministro indio Narendra Modi con su estrategia de «vecinos primero» desea mejorar las relaciones con la antigua isla de Ceilán. Y, sorprendentemente a primera vista, Pekín no piensa impedírselo.

La decisión de China puede parecer irracional. Las autoridades chinas odiaban los malgastos y las inversiones erróneas. Todo yuan debía ser usado con un fin definido. El caso de Sri Lanka puede marcar el surgimiento de una mentalidad política: si una inversión es mala, mejor abandonarla antes de que sea demasiado tarde. Lo mismo ocurrió con Pakistán, que tras la crisis política en abril pidió fondos chinos para estabilizar el país.

No obstante, hay también otra explicación. China da prioridad a los intereses económicos en la mayoría de las ocasiones, dejando las disputas del pasado en el pasado. El hecho de que Pekín abandonase a Islamabad y Colombo a su merced puede ser una forma de estrechar las relaciones con Nueva Delhi, su mayor rival político. Dejando que Modi corteje a Rajapaksa y expanda su influencia en el índico, Xi Jinping puede comenzar el acercamiento con su antiguo enemigo y explorar los inmensos beneficios del acceso al gigantesco mercado indio. Esto puede explicar por qué China elogió la ayuda enviada por la India, algo que no suele ocurrir muy a menudo.

Mientras tanto, Sri Lanka necesita combustible desesperadamente, por lo que se ve obligada a acudir a los líderes mundiales en producción. Colombo mantuvo diálogo con los países del Golfo Pérsico, suavizando su política anti islámica. Rajapaksa telefoneó además a Vladimir Putin, líder ruso, para pedirle que permita el tránsito de turistas rusos hacia Sri Lanka. Sin embargo, la mayoría de los países están esperando la decisión del FMI y prefieren no actuar sin estar seguros de que los fondos invertidos sean usados responsablemente

A pesar de todos los intentos, Rajapaksa tuvo que abandonar el país en un buque militar. Los manifestantes tomaron el palacio presidencial y prendieron fuego a la residencia del primer ministro, Ranil Wickremesinghe. Rajapaksa se estacionó en las islas Maldivas, dejando a Wickremesinhe de líder interino. El jueves se trasladó a Singapur, desde donde declaró oficialmente su dimisión.

En Colombo, el nuevo presidente está intentando crear un gobierno de consenso, que tenga el apoyo de todos los partidos. El portavoz del parlamento, Mahinda Yapa Abeywardena, declaró que la votación del nuevo jefe de Estado será el próximo 20 de julio. Sri Lanka necesita un gobierno estable que pueda tranquilizar a la población y lidiar con la precaria situación económica.

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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