Putin y el botón rojo (I): ¿Por qué usaría Rusia las armas nucleares?

El presidente ruso, Vladimir Putin. | Kremlin, Wikimedia
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Madrid. El pasado 21 de septiembre, Vladimir Putin se dirigió a la nación con un nuevo discurso. Algunos lo esperaban con miedo, otros con esperanza. Las tropas rusas se vieron obligadas a retirarse de posiciones clave en la óblast de Járkov ante un rápido avance ucraniano. El presidente ruso dijo que la «operación especial» sigue según el plan, pero, como a Rusia se le enfrenta “todo el poderío militar de la OTAN”, anunció la movilización parcial para defender los territorios “liberados”.

Sin embargo, lo que más asustó a la comunidad internacional fue la amenaza que lanzó el jefe del Kremlin: «En caso de que la integridad territorial de nuestro país se vea amenazada usaremos todos los medios a nuestro alcance para defender a Rusia y nuestro pueblo. No es un farol». La pregunta que muchos se hicieron una vez más fue: ¿Acabará la guerra en Ucrania en un conflicto nuclear?

Las opiniones al respecto difieren dependiendo de la fuente. Hay los que piensan que las declaraciones de Putin no son más que palabrería, amenazas vacías (llamada ‘cheap talk’ en la teoría de juegos). Es una forma de desorientar al oponente sin comprometerse a ninguna acción en realidad. Un ataque puramente retórico. Otros están más preocupados y llegan a considerar la posibilidad de que el Kremlin use armamento nuclear táctico para intentar salvar la situación en el frente y obligar a Kiev a aceptar la paz. Putin intentaría asustar a Occidente con la amenaza de una Tercera Guerra Mundial para que así presione a Volodimir Zelenski a acabar con la guerra. ¿Quién tiene razón?

Para empezar, es importante entender que todos los que intenten predecir el uso o no de armamento nuclear se topan con la escasez de información empírica al respecto. La única vez que la energía atómica fue usada en una guerra fue en 1945, cuando dos bombas americanas cayeron sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. No podemos estar seguros de todas las consecuencias de su uso. Además, los pocos países que poseen tal armamento mantienen toda la información al respecto bajo máxima secreto. Las únicas instrucciones de cómo y en qué casos usar las armas atómicas están inscritas en las doctrinas nucleares de cada país que las tenga.

La doctrina atómica rusa, modificada recientemente en 2020, supone el uso de armamento nuclear en cuatro casos:

– Si llegaron pruebas irrefutables de que despegasen misiles dirigidos hacia Rusia o sus aliados;

– Si armamento nuclear fue usado contra Rusia o sus aliados;

– Ataque a instalaciones nucleares que podrían inhabilitar las fuerzas de contención (la posibilidad de responder a un ataque nuclear);

– Una agresión contra Rusia que amenaza la propia existencia del país;

La conclusión que se puede sacar de estos cuatro puntos es que las armas nucleares son oficialmente un instrumento puramente defensivo. Rusia, a diferencia de Corea del Norte, no podría usarlas preventivamente según su doctrina. Aun así, se desconocen las verdaderas estrategias que tienen los países en cuanto al uso de este armamento. Además, las definiciones dadas suelen ser muy ambivalentes para confundir al adversario. Sin uno no sabe hasta qué punto puede presionar sin recibir una ojiva nuclear, ve sus capacidades de amenazar sin riesgo severamente limitadas. Al fin y al cabo, el armamento atómico es ambivalente de por sí. Nadie puede estar seguro de nada.

En cuanto a los requisitos para una respuesta nuclear, uno de ellos es considerado el más probable de todos en cumplirse. En cuanto a los primeros dos puntos, la posibilidad de un lanzamiento preventivo por parte de Washington o alguno de sus aliados es bastante reducida. Si la situación no acaba en una Tercera Guerra Mundial, la reputación de Estados Unidos se hará añicos. El tercer punto al igual que los dos primeros es poco probable, ya que sería considerado un ataque preventivo por parte de la Casa Blanca. El último, sin embargo, sí que podría en teoría legitimar un ataque nuclear.

El 30 de septiembre, el gobernante ruso anunció la incorporación de las regiones de Donetsk, Luhansk, Zaporiyia y Jersón a Rusia. En su discurso llamó a Kiev a negociar la paz, excluyendo, no obstante, los territorios anexionados como materias ya indiscutibles. Mientras, las tropas ucranianas tomaban Limán en la óblast de Donetsk y avanzaban en Jersón, acercándose a la capital regional. Lo que los medios occidentales siguen temiendo es que Putin, acorralado y sin más salida viable, use su potencial nuclear para conminar a los ucranianos a firmar la paz. Esas intenciones las manifestó con su frase «no es un farol» el 21 de septiembre.

El fin principal del uso de las armas nucleares sería intimidar a Kiev y conseguir una paz que no suponga la pérdida de territorios. Sería una victoria pírrica, pero mejor que una derrota total. Putin podría representárselo a su pueblo como el triunfo ruso ante el mal de Occidente. Aunque puramente política, la victoria sería una forma de «cambiar de tema» y olvidarse del pasado. Castigar a los «culpables» y seguir. El Ejército ucraniano que toma ciudad por ciudad en lo que ahora es territorio ruso anexionado le impide crear esa imagen interna.

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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