Tras el fracaso en Irán, Trump no se olvida de Kim Jong-un para tratar el tema nuclear

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Madrid. Los ayatolás siguen gobernando Irán. El pueblo iraní sufre no solo las consecuencias de una guerra que Donald Trump pensaba ganar en tres días rememorando así a Vladimir Putin cuando invadió Ucrania, pero lo más dramático es que el régimen sigue ahorcando a todo sospechoso de haber insinuado algo contra el Gobierno de Teherán, pues de ahí que Irán tenga una de las tasas de pena capital más altas del mundo, pero el problema del inquilino de la Casa Blanca es su propia inestabilidad que traslada a la geopolítica mundial, y pretender un encuentro con su «amigo» Kim Jong-un para conversar sobre su programa nuclear es tan quimérico como el mito de Ícaro.

El régimen iraní se mantiene impoluto pese a la grave crisis económica que atraviesa a causa de la guerra. Trump ha fracasado estrepitosamente, otros ayatolás siguen operando en el país, el pueblo iraní soñó con la caída del régimen cuando, el pasado 28 de febrero, el mundo se centró en la guerra y parte del pueblo iraní festejaba en las calles el daño infligido a sus dirigentes políticos. La paz definitiva no llega, el precio del petróleo no se estabiliza como antes de la guerra, como tampoco el estrecho de Ormuz, mientras el futuro equilibrio en Oriente Medio sigue tambaleándose con Israel bombardeando el sur del Líbano.

Teherán ha dejado claro que no permitirá el regreso de los inspectores nucleares a Irán, en contra de las propias versiones de la Administración Trump y, obviamente, el régimen iraní le ha dejado claro a Washington que el acceso de los inspectores a las instalaciones nucleares atacadas y al uranio enriquecido no entra en ningún acuerdo con el presidente estadounidense. Todo ha sido un fracaso monumental que hemos pagado y seguimos pagando a un precio alto, y lo mismo sucedería si EEUU insiste en desnuclearizar Corea del Norte, que vive un periodo de gran estabilidad política y económica, considerado el mejor desde la década de 1960, gracias a su alianza estratégica con Rusia y el fortalecimiento de sus vínculos con China. Pero compensar un fracaso tan notorio intentando hacer demasiadas cosas lleva al agotamiento y la frustración que una gran potencia como Estados Unidos no puede permitirse.

Los vaivenes políticos de Donald Trump han conducido a endurecer ciertas posiciones en el orden global provocando fisuras muy preocupantes en la relaciones internaciones. De hecho, la polarización en la geopolítica mundial beneficia y refuerza al régimen de Corea del Norte, cuyo líder, Kim Jong-un, no escatima esfuerzos en demostrar públicamente su desarrollo nuclear y no es que Pyongyang ambicione tener armas nucleares, sino que ya las tiene. Incluso ahora Rusia y China han mostrado sus dudas sobres las sanciones a Corea del Norte por su programa nuclear y por mucho que le ofrezca EEUU a un país que tiene su arsenal nuclear como su mejor escudo protector está predestinado a un fracaso absoluto, salvo que hubiera conversaciones relacionadas con el asunto del Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares (TNP), que firmó en 1985 y luego se retiró oficialmente del organismo en 2003.

La presión que pueda ejercer EEUU hacia Corea del Norte sólo traería más enconamiento a un régimen que tampoco se fía de su vecina el Sur, y eso que su presidente, Lee Jae-myung, pidió recientemente a Trump, que lidere la diplomacia con Corea del Norte, pero qué diplomacia, «siguiendo el ejemplo de Oriente Medio». E incluso esta semana pasada el ministro de Unificación surcoreano, Chung Dong-young, reconoció que condicionar el diálogo intercoreano a la desnuclearización de Corea del Norte se ha convertido en un «obstáculo» para avanzar hacia la paz, en medio del prolongado rechazo de Pyongyang a interactuar con Seúl y Washington. Más claro, imposible. Kim se lo deja claro a Trump, que insiste en hablar con el líder norcoreano mientras Corea del Norte multiplica sus esfuerzos para expandir su arsenal nuclear que presume de ser un «Estado poseedor de armas nucleares».

Más que la paz sería la confianza entre las dos Coreas. La reunificación no se va a producir y estabilizar la normalización entre Pyongyang y Seúl sería el primer paso de aproximación entre los dos Estados y un buen acicate para rebajar tensiones como ir diluyendo ese mecanismo bélico existente desde hace más de 70 años en la península coreana, aunque habrá que ver cómo se fortalece la dinastía de los Kim y si la confianza se crea y se consolida para objetivos políticos, económicos y sociales.

Corea del Sur reducirá el número de tropas desplegadas en la frontera con Corea del Norte de forma gradual hasta 2040, conocida como la Zona Fronteriza Desmilitarizada de Panmunjom (DMZ), pero al mismo tiempo Kim Yo-Jong, la influyente y aún poderosa hermana del líder coreano, insiste que el estatus nuclear de Corea del Norte es irreversible. Pero lo que si es cierto que Seúl quiere rebajar de los 22.000 actuales a 6.000 el número de militares ubicados en la citada frontera, aunque Pyongyang la reforzó en marzo pasado con más obras. O sea, no es precisamente la confianza sino la propia desconfianza hacia Seúl.

La confianza seguirá siendo clave. Y hasta Seúl reconoce la coexistencia pacífica de dos Estados, pero Pyongyang tiene que hacer mucho para crear esa confianza que no consolida y con frecuencia ante cualquier acontecimiento político Corea Norte la aprovecha para hacerla salta por los aíres. Pero si tras dos cumbres históricas entre Kim y Trump, en junio de 2018 en Singapur, y la de Hanói, en febrero de 2019, el presidente estadounidense aún no se ha dado cuenta de la realidad política norcoreana es que está muy lejos de sus ambiciones para poner fin a la nuclearización norcoreana, y eso que recientemente el presidente chino, Xi Jinping, le informó ampliamente de las peculiaridades de la política norcoreana.

Tal vez la visita del Papa León XIV, del 3 al 8 de agosto de 2027, a Corea del Sur, con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud, contribuya a disipar dudas y a empujar a Pyongyang que valore la verdadera importancia que tienen las dos Coreas de entenderse definitivamente. Ahora solo falta que se confirme si el Pontífice visita Panmunjom y que Kim Jong-un le invite a viajar a Pyongyang o al menos le deje cruzar al otro lado de la zona fronteriza, un posible hecho histórico que podría cambiar ciertas políticas bélicas y de tensión en el organigrama norcoreano.

Y para concluir este análisis no me olvido de la degradación económica de Rusia tras los últimos éxitos de los drones ucranianos en Crimea, y con un Vladimir Putin cada vez con menos recursos para prolongar la guerra, y con ello elevar el nivel tecnológico de Ucrania, que acaba de recibir los primeros 3.200 millones de euros de la Unión Europea (UE) mientras que Taiwán endurece el entrenamiento de sus reservistas ante la presión militar de China. Sin embargo, por ahora ni la República Popular China va a invadir a la República China (Taiwán) ni tampoco Corea del Norte va a atacar a sus vecinos ni Donald Trump va a cambiar el régimen de Kim Jong-un.

Santiago Castillo

Periodista, escritor, director de AsiaNortheast.com y experto en la zona

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