Tokáyev planea construir un nuevo Kazajistán

El presidente kazajo, Kasim-Yomart Tokáyev. | Kremlin, Wikimedia
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Madrid. La nación centroasiática de Kazajistán entró en 2022 con las mayores protestas de los últimos años. La súbita subida de los precios del combustible provocó un tremendo descontento popular. Los kazajos salieron a las calles de Almatý, Aktobé y la capital, Nursultán, demandando reformas democráticas y la destitución del exdirigente Nursultán Nazarbáyev (antiguamente conocido como Elbasy o «líder de la nación») de todos los cargos que ocupaba en ese momento.

El presidente Kasim-Yomart Tokáyev consiguió aplacar el levantamiento popular con la ayuda de la Organización del Acuerdo de Seguridad Colectiva (ODKB en ruso), una alianza militar dirigida por el Kremlin. Aun así, el pueblo exigía cambio, por lo que el 7 de enero, mientras las tropas de la alianza aún estaban reestableciendo el orden en el país, el líder kazajo se dirigió a la nación, prometiendo reformas.

El 1 de septiembre, más de medio año después, Tokáyev anunció todo un paquete de cambios estructurales, además de convocar elecciones presidenciales extraordinarias en otoño de este año y otras parlamentarias en 2023. Esta es la segunda vez en 2022 que el presidente kazajo recurre a la modificación constitucional. En junio fue organizado un plebiscito al respecto, emulando los casos similares en Rusia (2020) y Bielorrusia (en 2022 la última vez).

La declaración de las elecciones anticipadas con tan solo varios meses de antelación no dejará tiempo para la oposición a preparar una respuesta contundente. Por ahora no emergió ningún candidato que pueda desafiar al presidente.

En el discurso mencionó que tenía pensado prolongar los mandatos presidenciales hasta siete años, limitando su cantidad, sin embargo, a uno solo. Tokáyev argumentó que esto evitaría la excesiva concentración de poder en las manos de una persona. La oposición al régimen se muestra escéptica en cuanto a los verdaderos motivos del presidente, considerando que a continuación declaró que presentaría el proyecto al Parlamento después de las elecciones de otoño. Además de asumir que saldrá victorioso de esta contienda, no especifica si la restricción se aplicará o no a sus mandatos.

La decisión de restringir la estancia del jefe de Estado en el poder a siete años puede sorprender a primera vista. Muy pocos países en el mundo incluyen tal límite en su constitución. En muchos casos se debe a una severa dictadura en el pasado (Corea del Sur, Colombia, Filipinas) o un panorama político tumultuoso (Kirguizistán). La duración del mandato es aún más endémica. La práctica convencional no suele sobrepasar los seis años.

La opinión pública se divide en cuanto a los verdaderos motivos de esta reforma constitucional. Por un lado, podría significar que Tokáyev piensa comenzar una transición democrática gradual dirigida por él en los siete años venideros. Así en 2029, cuando acabe su mandato, podría irse a la sombra y no preocuparse que lo destituyan igual que hizo él con Nazarbáyev varios meses atrás. De esta forma garantiza que nadie pueda concentrar en sus manos demasiado poder para deshacerse del expresidente. Sin posibilidad de reelección no hay ni tiempo ni motivación para volcar el ‘statu quo’ y construir un sistema político nuevo.

Tokáyev quiere evitar cometer los mismos errores que Nazarbáyev. En 2019, cuando el primer presidente dejó las riendas del poder, la transición del poder era considerada ejemplar. Elbasy consiguió mantenerse como el cardenal Richelieu, en la sombra. Así podía seguir influyendo en las decisiones tomadas sin riesgo político para su figura. Sin embargo, los acontecimientos de enero lo cambiaron todo. Un sistema que parecía indestructible cayó en varios días. De ser el centro de la ideología estatal Nazarbáyev pasó a quedar condenado al ostracismo. Tokáyev no quiere acabar igual, por lo que toma todas las medidas de precaución que tiene a mano.

Por otro lado, el hecho de que lo declare justo antes de las elecciones puede ser una simple distracción para atraer votos. Las reformas son el centro de la campaña de Tokáyev. El presidente promete construir un nuevo Kazajistán que se deshaga de los rudimentos del pasado y de las tendencias autócratas de su predecesor.

Tanto en la reforma constitucional en junio de este año como el nuevo paquete propuesto en septiembre se centran en la eliminación del culto a la personalidad del Elbasy. En enero, para apaciguar a la población, Tokáyev destituyó a Nazarbáyev del puesto de secretario del Consejo de Seguridad y le arrebató el liderazgo del partido del gobierno y le declaró la guerra a su clan familiar, que hasta ese momento controlaba gran parte de las riquezas naturales de la nación centroasiática. Los funcionarios que durante años fueron leales al régimen del primer presidente se convirtieron en sus mayores críticos. Varios familiares de Nazarbáyev que ocupaban posiciones de poder fueron destituidos, algunos incluso presos. Aun así, la purga no fue completa. Ninguna de las hijas de Elbasy fue acusada de delitos, ni tampoco algunos empresarios con importantes vínculos al antiguo régimen.

En los casi 30 años que Nursultán Nazarbáyev mantuvo el poder consiguió construir un régimen personalista. Le fueron dedicados varios monumentos en las ciudades más grandes del país. El 1 de diciembre, fecha cuando fue electo primer presidente de la República de Kazajistán en 1991, era un festivo nacional. Su nombre junto al título de Elbasy fue incluido en la Constitución. Cuando tomó la decisión de abandonar el poder en 2019, la capital Astaná (que se convirtió en tal en 1997) pasó a llamarse Nursultán, en honor al primer dirigente de Kazajistán.

El ataque al culto de la personalidad (que trae recuerdos del famoso discurso de Nikita Jrushchov ante el Partido Comunista de la URSS en 1956 contra el sistema estalinista) lo comenzó Tokáyev cancelando el festivo del 1 de diciembre. Desde comienzos de septiembre, en el Mazhilis (cámara baja del Parlamento kazajo) son cada vez más claras las voces que demandan devolver el antiguo nombre a la capital. «Consideramos incorrecto que una ciudad reciba el nombre de alguien que aún esté vivo, además, el pueblo kazajo tampoco quiere el nuevo topónimo», anunciaron los parlamentarios. Tokáyev apoyó su iniciativa.

Por último, el dirigente kazajo declaró la amnistía a la mayoría de los detenidos durante los acontecimientos de enero que no estén involucrados en la organización de las protestas o fuesen culpados de traición. Además de excarcelar a los manifestantes, la amnistía significaría que todos los policías recluidos por abuso de autoridad quedarían libres también. Las protestas del «Enero Sangriento» y los enfrentamientos con las autoridades resultaron en más de 200 víctimas, algunas de las cuales eran simples transeúntes que no pudieron ponerse a cubierto a tiempo.

La amnistía le permite a Tokáyev desviar la atención de las violaciones de los derechos humanos que tuvieron lugar a comienzos de 2022. El juicio de los delitos cometidos se verá considerablemente dificultado por la falta de transparencia del sistema. Además, sigue sin saberse con certeza la situación del clan del expresidente y el verdadero reparto de poder en las élites kazajas. Aunque Tokáyev prometiese que combatiría con el nepotismo y la corrupción, nada le impide usar el vacío de poder para dominar el sistema.

Los cambios políticos dirigidos por el presidente kazajo parecen por ahora más bien una estrategia de transformar el sistema para que sirva a su nuevo dueño, Tokáyev, más que una forma de construir un nuevo Kazajistán. Las elecciones presidenciales anticipadas dejan a sus rivales sin tiempo para reaccionar. Los comicios parlamentarios solidificarán su mano de hierro, mientras que el mandato de siete años le permitirá preparar gradualmente el sistema para la transición. Mientras tanto, limitando la cantidad de mandatos a uno solo minimizará el riesgo de que siga la misma suerte que su predecesor.

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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