El poder de la comunicación en tiempos de volatilidad en los mercados: el caso del Banco de Japón

Banco de Japón. | RaTT, Wikimedia
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Madrid. En momentos de turbulencias financieras, lo sensato, lo ortodoxo es pensar que solo medidas específicas bien calibradas por las autoridades cambian la dirección de los mercados. Sin embargo, la historia reciente muestra lo contrario: la comunicación puede ser la medida. No por el enfoque cosmético que pueda suponer, sino porque, efectivamente, es una intervención que altera expectativas y redefine la toma de decisiones.

Podemos enumerar ejemplos paradigmáticos de cómo una frase adecuada ha sido una herramienta indispensable para los bancos centrales en coyunturas de elevada volatilidad en los mercados financieros. A todos se nos viene inmediatamente a la mente Mario Draghi, expresidente del Banco Central Europeo (BCE), cuando en julio de 2012, en medio de la crisis de la deuda soberana en la eurozona, pronunció en una conferencia con inversores en Londres las siguientes palabras mágicas: «Dentro de nuestro mandato, el BCE está dispuesto a hacer todo lo que sea necesario para preservar el euro. Y créanme, será suficiente».

Y lo fue. Esta declaración marcó un antes y un después en el devenir del euro al mandar una señal clarísima a los mercados: el BCE no iba a dejar caer a la moneda común, manifestando su firme intención de actuar como prestamista de último recurso. Solo con eso, la entidad cambió las expectativas del mercado sin anunciar ninguna medida concreta porque el problema clave no era solo económico, sino de confianza en la determinación del BCE para atajar la crisis. El resultado inmediato fue que las primas de riesgo de España o Italia, hasta entonces descontroladas, empezaron a bajar ese mismo día y el euro dejó de cotizar un escenario de ruptura, casi por puro efecto psicológico.

Esta misma fórmula retórica ya había sido utilizada unos años antes por el entonces presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, con la quiebra de Lehman Brothers en 2008, justo en el punto álgido de la crisis de las hipotecas de alto riesgo que desencadenó el pánico global, paralizando el crédito y extendiendo la recesión a nivel mundial. Y aunque su promesa de restaurar la estabilidad no calmó instantáneamente a los mercados ya que el temor era sistémico, sí que ancló las expectativas y permitió que el mercado empezara a descontar un «suelo».

Recientemente, hemos vivido otro episodio en el que la comunicación ha servido de antídoto en un momento delicado en los mercados. Hace unas semanas, la rentabilidad de los bonos japoneses a 40 años superó por primera vez el 4 % en medio de la preocupación de los inversores por que los planes de estímulo del gobierno nipón para impulsar el crecimiento alteren la disciplina fiscal, causando un impacto en las finanzas del país. Japón tiene actualmente una deuda superior al 230 % del Producto Interior Bruto (PIB), la más elevada dentro de las grandes economías desarrolladas, y la inquietud por que la situación financiera empeore aún más sacudió a los mercados internacionales al aumentar los costes de la deuda global.

Ante esa compleja tesitura, el gobernador del Banco de Japón, Kazuo Ueda, eligió una serie de mensajes clave para mostrar su disposición a intervenir con operaciones «ágiles» si la volatilidad se exacerbaba, una retórica que estuvo apuntalada con una frase muy directa de la primera ministra del país, Sanae Takaichi: «Tomaremos todas las medidas necesarias para hacer frente a los movimientos especulativos y altamente anormales». Asimismo, pidió «calma» de forma pública, a modo de señal de que las autoridades no percibían un colapso sistémico, sino un episodio gestionable.

Estas intervenciones, muestra irrefutable de un fuerte respaldo institucional, sirvieron de cortafuego temporal a la corriente de pánico que provocó ventas masivas automáticas de bonos y divisas. De forma automática, los rendimientos de los bonos japoneses empezaron a retroceder desde sus máximos recientes y el yen empezó a recuperarse, apoyados también por los rumores de una acción coordinada con la Reserva Federal de Estados Unidos, país del que Japón es el principal acreedor con 1,1 billones de dólares en valores del Tesoro. Con ello, aumentó la probabilidad percibida de que habría una supervisión activa si se producían nuevas fases de volatilidad.

La comunicación, por ahora, ha ahorrado al banco central japonés una acción explícita con compras u operaciones concretas como una intervención cambiaria para mitigar la ansiedad de los inversores, en un nuevo ejemplo de manual de cómo las palabras se adelantan a las balas.

La conclusión que puede sacarse es que las palabras funcionan cuando se cumplen tres condiciones: el mercado teme un panorama extremo; la autoridad competente tiene credibilidad; y existe capacidad real de actuar en caso de que los inversores sean escépticos ante el mensaje. Cuando confluyen estos tres factores, como ha sucedido ahora en Japón, las palabras crean la realidad económica.

Esto no significa que el problema haya desaparecido -desde el estallido de la burbuja económica a principios de la década de 1990, Japón sufre un endeudamiento crónico que no se erradicará de la noche a la mañana-, pero sí se ha impedido que se propague por ahora gracias a una narrativa que gobierna frente al miedo de los mercados. El objetivo no es negar el movimiento del precio o de las rentabilidades de la deuda, sino eliminar el escenario extremo que alimenta la dinámica. En términos de teoría económica, es una operación directa sobre la «distribución de probabilidades» que el mercado asigna al panorama futuro.

No es lo mismo presentar una situación determinada como «crisis» que como «desorden técnico» acotable. De este modo, el lenguaje de códigos de los bancos centrales no es casual: traslada el problema del terreno político al terreno técnico y manejable, bajando la prima emocional que dispara ventas automáticas.

Al final del día, esto guarda un claro paralelismo con las crisis reputacionales en el ámbito empresarial. Para solucionarlas es preciso seguir una estrategia que pasa primero por reconocer el problema y después por comunicar la activación de planes de contingencia que permitan controlar las condiciones para asegurar una solución. Ni la empresa ni el banco central promete un futuro perfecto de un día para otro, pero sí una gestión creíble.

Además, la credibilidad del gobernador de un banco central es un activo que permite emitir señales contundentes al mercado porque atesora un mandato institucional claro, mientras que en una crisis corporativa el liderazgo del CEO es crucial para transmitir lo que puede hacer para resolverla en base a su trayectoria. En este sentido, en ambos casos, responder pronto con un mensaje nítido y consistente reduce la incertidumbre que nutre la espiral perniciosa.

En contextos de estrés, la comunicación eficaz actúa como un ancla que ordena expectativas y evita el peor resultado. No sustituye a la acción, pero la precede y la hace creíble. En ese delicado equilibrio entre palabra y poder reside la maestría para capear crisis de cualquier índole.

Carlos López Perea

Consultor senior de Estudio de Comunicación

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