¿Por qué Camboya busca reducir su dependencia económica de China?

Madrid. Durante más de una década, Camboya fue uno de los principales beneficiarios del ascenso económico de China en Asia. La inversión china impulsó infraestructuras, manufactura, turismo e inmobiliario, convirtiendo al país en uno de los aliados más estrechos de Pekín en el Sudeste Asiático. Sin embargo, ese mismo grado de dependencia empieza hoy a percibirse como una vulnerabilidad. En un contexto marcado por la rivalidad estratégica entre Estados Unidos y China, Phnom Penh intenta discretamente reequilibrar su política económica exterior para reducir riesgos que no ha generado, pero que ya está empezando a sufrir.
Desde que asumió el cargo en 2023, el primer ministro, Hun Manet, ha intensificado la proyección diplomática de Camboya hacia las capitales occidentales, incluyendo delegaciones de alto nivel que se han reunido con el Congreso de Estados Unidos y el Pentágono. Algunos analistas chinos han interpretado estos movimientos como un giro hacia Occidente, según el Lowy Institute, un ‘think tank’ independiente de política internacional con sede en Sídney.
La razón central de este reajuste no es ideológica ni geopolítica en sentido clásico. Es, ante todo, una estrategia defensiva. La guerra comercial de Estados Unidos contra China ha creado una serie de efectos colaterales que inciden directamente sobre países profundamente integrados en las cadenas de valor chinas, incluso cuando no intervienen en el conflicto. Camboya es uno de los casos más claros de esta dinámica.
Uno de los grandes problemas para el país es la creciente sospecha por parte de Washington de que empresas chinas utilizan Camboya como plataforma para eludir los aranceles impuestos a productos fabricados en China. Esta práctica, conocida como transbordo, consiste en realizar procesos mínimos de ensamblaje o reetiquetado en un tercer país para exportar luego los bienes como si fueran de origen local.
Estados Unidos ha reaccionado endureciendo investigaciones antidumping y antisubsidios sobre productos fabricados en Camboya, especialmente en sectores como paneles solares, acero y componentes industriales. Aunque estas medidas no constituyen aún un conflicto bilateral abierto, el riesgo es claro: Washington podría imponer aranceles directos a productos camboyanos si concluye que existe evasión sistemática de sus políticas comerciales contra China.
No obstante, para una economía altamente dependiente de las exportaciones, el impacto potencial es considerable ante la endiablada disyuntiva que tiene ante sí. El país pivota entre Escila y Caribdis.
Por un lado, Estados Unidos es uno de los principales mercados para la manufactura ligera camboyana, especialmente textiles, calzado y productos industriales de bajo y medio valor agregado. Ha sido y sigue siendo el destino de exportación número uno de Camboya como país individual, al representar en los últimos años cerca del 40 % del total de sus exportaciones. Por tanto, perder acceso preferencial a ese mercado sería mucho más costoso que enfriar, siquiera parcialmente, la relación económica con China. Un aumento fuerte de aranceles estadounidenses podría poner en peligro la competitividad de su sector manufacturero, que emplea a cientos de miles de personas. Es decir, hay un riesgo económico real que golpearía duramente a Camboya.
Por otro, China, la segunda mayor economía del mundo, no es solo el mayor socio comercial de Camboya, con un comercio bilateral que alcanzó en 2025 los 19.730 millones de dólares, un 29,9 % más que a 2024, según datos publicados por el Departamento General de Aduanas e Impuestos Especiales (GDCE). Es, además, su principal inversor extranjero y un actor clave en sectores estratégicos como infraestructuras, energía, inmobiliario y turismo. Y aquí el gigante asiático es donde tiene una gran capacidad de influencia política: con estas herramientas económicas ya consiguió que Camboya, dependiente en gran medida de la ayuda china, bloqueara en 2012 y 2016 las críticas a las maniobras chinas en el mar de la China Meridional en una declaración de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN).
Asimismo, si bien las ayudas de China generan beneficios evidentes, también exponen al país a conmociones externas difíciles de controlar. La desaceleración de la economía china y la crisis prolongada de su sector inmobiliario han tenido efectos indirectos sobre Camboya, donde buena parte de la inversión extranjera se concentró precisamente en bienes raíces, casinos y proyectos poco productivos. El propio gobierno camboyano ha reconocido que este patrón de inversión ha generado burbujas, endeudamiento y escaso desarrollo de capacidades industriales avanzadas.
Además, una dependencia excesiva de China reduce el margen de maniobra geopolítico de Phnom Penh en un mundo cada vez más fragmentado. A medida que la rivalidad entre grandes potencias se intensifica, quedar atrapado en un solo bloque económico se convierte en un riesgo estratégico. Diversificar socios no implica romper con China, sino adquirir una forma de seguro económico y político.
Otro factor determinante es la necesidad de proteger el acceso preferencial a los mercados occidentales. Tanto EEUU como la Unión Europea (UE) son destinos clave para las exportaciones camboyanas. Si el país es percibido como excesivamente alineado con China o como facilitador de prácticas comerciales opacas, podría enfrentar no solo aranceles, sino también restricciones regulatorias, sanciones sectoriales o pérdida de beneficios comerciales.
En este sentido, la estrategia camboyana no apunta a sustituir a China, sino a equilibrarla con inversión y comercio procedentes de Japón, Corea del Sur, la UE, Estados Unidos y otros socios de ASEAN.
El mensaje oficial del gobierno camboyano insiste en que la diversificación económica no debe entenderse como un alejamiento de China. Camboya busca mantener buenas relaciones con Pekín mientras amplía su base de socios y refuerza su papel como economía puente en el Sudeste Asiático. Este enfoque recuerda al seguido por países como Vietnam o Indonesia, que han logrado atraer capital occidental sin renunciar a su integración con China.
El cambio también se aprecia en el discurso interno. Las autoridades reconocen ahora la necesidad de atraer inversión de mayor calidad, orientada a industria, tecnología, empleo cualificado y valor agregado, en lugar de depender casi exclusivamente de proyectos inmobiliarios y financieros impulsados por capital chino.
En cualquier caso, Camboya no es un caso aislado. Otros países del Sudeste Asiático enfrentan dilemas similares derivados de la guerra comercial entre Estados Unidos y China. Vietnam, por ejemplo, ha experimentado un fuerte aumento de exportaciones a Estados Unidos tras la imposición de aranceles a China, pero al mismo tiempo importa grandes volúmenes de insumos chinos. Esto ha despertado sospechas de transbordo y ha llevado a Hanoi a reforzar controles de origen y cooperación con Washington.
Malasia y Tailandia también han sido objeto de mayor escrutinio en sectores como paneles solares, acero y componentes industriales, mientras que incluso economías más avanzadas como Corea del Sur han detectado casos de fraude de origen relacionados con productos chinos reexportados a Estados Unidos.
En todos estos países se repite un esquema: alta integración en cadenas de valor dominadas por China, fuerte dependencia del mercado estadounidense y presión creciente para demostrar que sus exportaciones cumplen reglas de origen estrictas. La consecuencia es una búsqueda generalizada de diversificación, mayor transparencia y equilibrio estratégico.
Las previsiones económicas recientes muestran que Camboya enfrenta un período de crecimiento más moderado, afectado por la debilidad del sector inmobiliario, tensiones comerciales y un entorno global menos favorable. Organismos internacionales y autoridades locales coinciden en que sostener el crecimiento a medio plazo dependerá de la diversificación exportadora, reformas estructurales y una gestión más eficiente de la inversión pública.
El Banco Mundial prevé que la economía camboyana crezca este año un 4,3 %, lo que supone una ligera ralentización respecto al ritmo de los últimos años. De acuerdo con este organismo, dicha moderación refleja un entorno global más débil, un menor dinamismo del comercio y persistentes incertidumbres externas, que previsiblemente lastrarán las exportaciones y la inversión. Algunos economistas destacan la importancia de garantizar que el crédito siga fluyendo hacia los sectores productivos del país como uno de los ejes para fomentar el crecimiento.
En este escenario, reducir la dependencia económica de China es una respuesta pragmática a un entorno internacional más incierto. La guerra comercial entre Estados Unidos y China ha dejado de ser un conflicto bilateral para convertirse en un factor sistémico que condiciona decisiones económicas en terceros países.
En resumen, Camboya intenta adaptarse antes de que los costes sean mayores. Su estrategia sugiere una lección más amplia para economías pequeñas y abiertas: en un mundo de tensiones comerciales, la dependencia excesiva de un solo socio ya no es una ventaja, sino un riesgo que conviene gestionar a tiempo.
Pero Camboya no es una anomalía moderna, sino una reencarnación contemporánea de una dinámica milenaria en la que Estados pequeños atrapados entre grandes potencias rivales sobreviven mediante equilibrio, ambigüedad y concesiones. Salvando las distancias, ya hemos visto encrucijadas similares: desde las polis griegas menores que eran castigadas económica y militarmente por Atenas y Esparta hasta la Yugoslavia de Tito que, tras su ruptura con Stalin en 1948, necesitaba ayuda financiera occidental y afrontaba el dilema de acercarse demasiado a Estados Unidos sin perder su base ideológica. En general, la supervivencia depende de la capacidad del país de manejar tensiones, proyectar independencia y extraer ventajas de ambos lados sin inclinarse demasiado hacia ninguno. Siendo realistas, una entelequia casi imposible de alcanzar.







