Xi y Trump finalizan un encuentro sin grandes acuerdos pero con perspectivas de futuro

Madrid. Xi Jinping y Donald Trump se han vuelto a ver las caras por segunda vez en 2026, esta vez en Washington. Xi cada vez más sólido frente a un Trump que navega contra corriente en mil batallas. La mayoría de ellas provocadas por sus políticas. Trump se irá en 2028 y tal vez Xi continuará hasta 2032. Pekín considera importante que su visita haya sido considerada como un éxito, dado que el equilibrio geopolítico mundial en su relación con Estados Unidos le permitirá normalizar cauces políticos que en la primera etapa presidencial de Trump originaron múltiples escenarios inestables que supusieron tensiones que dañaron la política mundial.
La lucha hegemónica entre China y EEUU seguirá en su punto de atención. Un encuentro cercano, sin claros pactos políticos marcados por su tregua comercial. Xi acudió a Washington con un equipo experimentado y firme en sus intereses diplomáticos y comerciales. Una primera visita de Estado en más de una década, la cual correspondió al viaje que hizo Trump a Pekín en mayo pasado, que coincidió con las crecientes tensiones comerciales, la guerra de Irán, la carrera por el control de la Inteligencia Artificial (IA), el futuro, o mejor dicho el presente, de Taiwán, que se mantiene firmemente como el epicentro de la tensión geopolítica global, consolidándose como un tablero crítico donde chocan los intereses de Pekín y Washington. Trump agasajó a Xi con enormes gestos de cordialidad y amistad, al que recibió como algo histórico a pie de pista y con una importante cena con empresarios tecnológicos en la Casa Blanca, pero sin llegar a grandes y acuerdos concretos.
No obstante, la IA, en la que Washington y Pekín coinciden en que no se debe frenar, ocupó un importante espacio en este encuentro de Washington, pues EEUU y China son las dos grandes países que compiten por dominar una tecnología que Trump considera más transformadora que la Revolución Industrial. Estados Unidos y China compiten por el liderazgo global en IA mediante estrategias diferenciadas que abarcan desde el desarrollo tecnológico hasta la gestión de semiconductores. Mientras Washington prioriza la innovación privada y las restricciones a la exportación de chips avanzados, Pekín impulsa una política de Estado con modelos de código abierto y alternativas locales de procesamiento.
Y, sin embargo, la discusión ya no consiste únicamente en quién desarrolla el mejor modelo. Abarca quién fabrica los semiconductores que permiten entrenarlo, quién dispone de la energía y los centros de datos necesarios, quién controla las cadenas de suministro y, obviamente, quién establece las reglas bajo las que funcionará esa tecnología.
El presidente estadounidense sabe muy bien que para contentar a Xi tiene que alejarse del apoyo a Taiwán, en especial en la venta de armas, pero no es un asunto baladí y aunque se duda de que Trump vaya a defender a la isla taiwanesa, tampoco le interesa a China un enfrentamiento bélico con Taipéi. China nunca renunciará a la isla y tiene un plazo límite hasta el 2049, año en que se cumple el primer centenario de la fundación de la República Popular China. Pero además Xi ha visto el desastre de su amigo Vladimir Putin en Ucrania y o de Trump en su guerra contra Irán. Todas las guerras terminan en ruinas para los vencidos pero también para los vencedores, aunque no siempre. Lo que es evidente que cualquier desacuerdo, bien Taiwán, la seguridad en Asia o la propia tecnología, entre las dos primeras potencias desencadena una crisis de inestabilidad en la geopolítica mundial
Xi quiere que Trump se pronuncie en contra de la independencia de Taiwán, tal vez lo logre en sus dos próximas citas y al mismo tiempo también hay que destacar la enorme competencia en tecnología e industria entre ambos países, así como todo lo relacionado con las disputas en lo que a la seguridad se refiere en el aguas del mar de China Meridional, un espacio tensional que EEUU no quieres quedarse con los brazos cruzados, pero realmente cómo será la política de Washington con Pekín cuando en 2028 haya un relevo en la Casa Blanca. Al menos Xi continuara hasta 2033.
Eso sí, la competitividad entre las dos países no va a desaparecer. La competencia estratégica entre China y Estados Unidos es de carácter estructural y seguirá definiendo el panorama geopolítico y económico global durante las próximas décadas. Trump se irá en 2028 y Xi termina su tercer mandato consecutivo en ese mismo año, y será entonces cuando nuevos dirigentes con una mentalidad más abierta que generaciones anteriores se enfrenten a los nuevos retos de la geopolítica mundial, aunque todo indica que Xi Jinping continuará un cuarto mandato de cinco años, hasta 2033. Pero las dos grandes potencias afrontan el reto de la gobernanza global para los próximos años que definen la estabilidad mundial, en la que sus políticas y sus decisiones comerciales y tecnológicas condicionan la economía mundial.
Ahora habrá que esperar para ver el avance de este nuevo encuentro en Washington. Las dos grandes potencias geopolíticas mundiales del momento tendrán la ocasión de examinar sus resultados tangibles cuando Donald Trump y Xi Jinping se vuelvan a ver en noviembre con ocasión de la reunión a anual del Foro de Cooperación de Asia Pacífico (APEC), que se celebra en Shenzhen, en la provincia de Guangdong, en el sur de China, y a unos 17 kilómetros de Hong Kong, y también para certificar el buen momento de las dos naciones con sus citas anteriores, pero Xi y Trump volverán también a encontrarse por cuarta vez en 2026 en la cumbre del G20 de diciembre, en Miami, en el sureste de Florida, que servirá para atar todos los cabos sueltos que puedan aún perdurar.
Hay muchos frentes abiertos. Los encuentros entre China y EEUU deben rayar la confianza y la estabilidad, en los que los acuerdos comerciales impidan conflictos entre países en los que uno de ellos impone impuestos a las importaciones y el otro responde con medidas similares que desestabiliza la economía mundial. O como actualmente vemos que la guerra de Irán, provocada por Trump, hace que el petróleo esté por las nubes en claro perjuicio a la economía, pero al menos la tregua comercial en este encuentro, bastante frágil, si ha sido acogida con cierto alivio, pues ambas naciones saben el daño que se hacen mutuamente en sus «enfrentamientos comerciales». No obstante, los avances consisten de momento en haber ganado tiempo, pues Washington y Pekín acordaron prolongar la tregua comercial dos meses más dado que debía expirar el 10 de noviembre.
La globalización está tocada a fondo. La geopolítica mundial estancada por las decisiones unilaterales, dejando arrinconado el multilateralismo y ahora ver si el reto central del Indo-Pacífico en la próxima década será encontrar el equilibrio entre la disuasión y la diplomacia que permita convivir con la competencia sin caer en el conflicto, una zona de alta tensión geopolítica marcada por la lucha de influencia entre Estados Unidos y China. La guerra de Irán no ha sido indiferente a China. Y las tensiones en el mar de China Meridional y Oriental junto a Taiwán ocupan un espacio geoestratégico de enormes dimensiones e intereses. Y tampoco es una preocupación menor la relación entre la Unión Europea (UE), China y Estados Unidos.
El caos de Trump siembra el desorden geopolítico mundial y China y Rusia se benefician, pero habrá que ver si el presidente estadounidense se recupera y tiene tiempo de enderezar este declive que le han originado sus políticas. Xi más seguro que Trump, le ha compensado con dos osos pandas, procedentes de China, como símbolo de amistad y fortalecimiento en las relaciones bilaterales entre los dos países. Quedan dos encuentros más, veremos qué ocurre en las próximas semanas.
En suma, una serie de encuentros para mantener la difícil y compleja relación bilateral entre EEUU y China. Cuatro citas en un solo año entre los dos grandes potencias mundiales, que siguen buscando un diálogo político-económico estable pero que podría alterarse con las elecciones del próximo 3 de noviembre a la Cámara de Representantes sin ganan los demócratas y con ello Donald Trump, con una popularidad baja y con un índice de desaprobación cercano al 60 por ciento, debilitaría su mandato en sus políticas y no sólo fortalecería aún más a Xi Jinping sino que estaría a merced de los demócratas que discrepan de las políticas de Trump.
Una derrota parlamentaria sería un calvario político para Trump en su segunda parte de su mandato presidencial, cuyas elecciones presidenciales se celebrarían en noviembre de 2028, en las que Trump no podrá volverse a presentarse. Trump quiere todo rápido y solucionable, mientras Xi, más arraigado a la paciencia y filosofía confuciana, observa desde las atalayas una perspectiva amplia de control y previsión sobre la geopolítica mundial. Xi sabe que está ganando todas las guerras de terceros. Y todas le benefician.







