Modernización de Taiwán y China: Tigre y Dragón
Madrid. Taiwán, uno de los «tigres asiáticos» en los años 70, fue durante décadas una referencia de la modernización china; hoy, la China continental, el «dragón», se ha convertido para Taiwán -y para el mundo- en la referencia inevitable para medir la escala de una modernización diferente. Dos sociedades de tradición cultural común construyeron modelos de desarrollo muy distintos a partir de experiencias históricas radicalmente diferentes.
En efecto, China y Taiwán ofrecen uno de los ejercicios comparativos más interesantes de la modernización contemporánea, como analizo en ‘China, la modernización permanente’ (Txalaparta, 2026).
Separados políticamente desde 1949, ambos territorios comparten una larga tradición histórica, cultural y lingüística, pero llegaron al proceso de industrialización desde puntos de partida muy diferentes y terminaron construyendo modelos de desarrollo también divergentes. La comparación permite observar, al mismo tiempo, algunas constantes del llamado «Estado desarrollista» asiático y el peso decisivo que tienen la historia, las instituciones y la orientación política.
El primer elemento diferencial se encuentra en el origen mismo de sus respectivas modernizaciones. Mientras la China continental afrontaba, desde mediados del siglo XIX, una profunda crisis política y económica que culminaría con la caída de la dinastía Qing, la fragmentación del país, las guerras civiles y la invasión japonesa, Taiwán fue incorporado en 1895 al Imperio japonés. Durante las cinco décadas de dominio colonial, Japón desarrolló en la isla una extensa infraestructura ferroviaria y portuaria, mejoró los sistemas de irrigación y producción agrícola y construyó capacidades administrativas y educativas. Todo ello respondía, naturalmente, a las necesidades del proyecto imperial japonés y a su explotación económica de la colonia, pero dejó una infraestructura física e institucional que sería aprovechada posteriormente.
La trayectoria continental fue mucho más traumática. La República de China no consiguió consolidar un Estado capaz de emprender una transformación económica sostenida y, después de 1949, la República Popular inició su propia vía de industrialización bajo un modelo socialista de planificación centralizada. El Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural provocaron enormes dislocaciones antes de que, a partir de 1978, las reformas impulsadas por Deng Xiaoping abrieran una nueva etapa.
Es precisamente desde entonces cuando la comparación entre ambos procesos adquiere especial interés. Taiwán había iniciado mucho antes una transformación basada en la reforma agraria, la industrialización orientada a la exportación y una intervención estatal muy activa. El Estado dirigió crédito, infraestructura, tecnología y formación de capital humano, al tiempo que promovía la iniciativa privada y la inserción internacional. El desarrollo de los semiconductores constituye quizá el ejemplo más extraordinario al abrigo de instituciones públicas como el ITRI y la planificación económica que contribuyeron decisivamente a crear las condiciones que permitirían posteriormente el ascenso de empresas como TSMC.
China continental observó esa experiencia. La influencia fue conceptual, pero también extraordinariamente material. A partir de los años ochenta, y especialmente durante los noventa, las inversiones taiwanesas se convirtieron en un importante canal de transferencia de capital, tecnología, conocimientos empresariales y métodos de producción. A finales de 1989 se estimaba ya en unos 1.000 millones de dólares la inversión taiwanesa acumulada en China continental, concentrada inicialmente en industrias ligeras; posteriormente los flujos crecieron con rapidez, particularmente hacia Fujian y otras zonas costeras. Taiwán funcionó así, paradójicamente, como una de las vías por las que la economía china aprendió a producir para los mercados mundiales.
Las coincidencias entre ambos modelos son significativas. En los dos casos encontramos un Estado desarrollista, una política industrial deliberada, una fuerte apuesta por la manufactura y las exportaciones, inversión masiva en educación y capital humano, utilización estratégica de la infraestructura y una notable capacidad para modificar las prioridades industriales conforme cambiaban las condiciones internacionales. Incluso la experiencia taiwanesa demuestra que su modernización tampoco fue producto de un laissez-faire absoluto pues la planificación económica, los institutos tecnológicos, la financiación pública y los grandes proyectos de infraestructura desempeñaron un papel central.
Las diferencias, sin embargo, son igualmente importantes. La escala constituye quizá la primera. China ha emprendido una transformación continental, con cientos de millones de personas trasladándose del campo a las ciudades, una gigantesca expansión de carreteras, ferrocarriles, puertos, aeropuertos y redes energéticas y una política de urbanización sin equivalente en Taiwán. Su modernización ha tenido, por ello, una dimensión infraestructural mucho más visible y territorial.
También difieren las relaciones entre Estado y mercado. Taiwán evolucionó desde un régimen autoritario desarrollista hacia una economía de mercado plenamente integrada en las cadenas globales de valor y, finalmente, hacia una democracia liberal. China, por el contrario, ha construido una «economía socialista de mercado» en la que la apertura y el mercado coexisten con un sector estatal poderoso y con una dirección política ejercida por el PCCh. La política industrial china contemporánea continúa firmemente comprometida con el impulso de sectores considerados estratégicos.
La divergencia es, por tanto, también ideológica. Taiwán terminó vinculando su modernización económica a una concepción liberal-democrática del Estado y de la sociedad. China ha interpretado la modernización dentro de un marco socialista y, especialmente bajo Xi Jinping, como parte de un proyecto de fortalecimiento nacional, autonomía tecnológica y construcción de una potencia integral. No se trata solamente de dos estrategias económicas. Se trata de dos interpretaciones diferentes de qué significa modernizarse.
Existe, finalmente, una paradoja interesante. Desde hace años, muchos visitantes chinos que recorren Taiwán regresan con una conclusión aparentemente sorprendente: «está más atrasado». La impresión tiene una evidente dimensión simbólica. Durante mucho tiempo, Taiwán representó para los chinos continentales una sociedad económicamente más avanzada; hoy, la escala de las ciudades chinas, sus infraestructuras, redes ferroviarias, aeropuertos o nuevas tecnologías produce con frecuencia la impresión inversa. Es, en cierto modo, una victoria simbólica del largo proceso de modernización continental.
Aun así, Taiwán continúa ocupando posiciones de vanguardia mundial en ámbitos decisivos, particularmente en los semiconductores avanzados, donde su ecosistema tecnológico constituye uno de los activos estratégicos más importantes de la economía mundial.
La comparación revela que China y Taiwán representan dos caminos distintos hacia la modernidad con trayectorias que se han influido mutuamente si bien ninguna puede comprenderse simplemente como réplica de la otra.







