Singapur, ¿un modelo anticorrupción?

Bandera de Singapur.
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Madrid. La corrupción política está a la orden del día en España. Entre malversación de fondos, delitos fiscales, tráfico de influencias, los titulares se repiten mientras la confianza ciudadana en las instituciones sigue cayendo. En el último Índice de Percepción de la Corrupción, España ocupa el puesto 46/180 del mundo, y en ascenso cada año tanto a nivel global como europeo.

Sin embargo, a más de 11.000 kilómetros y a 43 puestos de distancia, se encuentra un pequeño país, situado en 2024 como el tercer país menos corrupto del planeta. En Singapur, la corrupción es prácticamente inexistente y los funcionarios son reconocidos por su profesionalidad.

El modelo singapurense: meritocracia y disciplina

Desde su independencia en 1965, Singapur ha sido gobernado por un único partido: el People’s Action Party (PAP), liderado durante décadas por Lee Kuan Yew. Bajo su mandato, el país apostó por una meritocracia tecnocrática, un Estado pequeño pero muy eficiente y una cultura política basada en la disciplina institucional.

Los salarios públicos se equipararon a los del sector privado, y se creó la Corrupt Practices Investigation Bureau (CPIB), una agencia independiente con amplios poderes para investigar, incluso a ministros. En las encuestas nacionales, el Gobierno ocupa el puesto de la institución más confiable y encabeza también las encuestas de confianza institucional a nivel global.

El silencio en el aula

Durante mi estancia en la Singapore Management University, este modelo me llamó especialmente la atención. En clase de Economía Política, cuando se mencionaba el sistema político de Singapur, reinaba el silencio.

A diferencia de las universidades españolas, donde la política se discute abiertamente, en Singapur se percibía el gobierno y la democracia como un tema muy delicado y a ser tratado con mucho respeto. Eso me hizo entender una realidad que los índices internacionales no reflejan: el precio a pagar por la integridad política singapurense es la pérdida de pluralidad.

Los medios de comunicación están regulados y las manifestaciones públicas requieren permisos específicos. La transparencia institucional se combina con una fuerte concentración del poder, lo que convierte a Singapur en un «pseudoautoritarismo eficiente». El Estado funciona como una gran empresa pública: sin corrupción, pero también sin competencia política real.

España, pluralismo sin eficacia

En España existen múltiples partidos, medios libres, escenario ideal para la democracia. Sin embargo, los líderes políticos no cumplen con los estándares básicos de integridad y las instituciones no siempre funcionan con la agilidad ni la independencia que deberían. La diferencia es tanto cultural como institucional: allí, el sistema premia el mérito y castiga el abuso; aquí, la lentitud y la politización diluyen la responsabilidad.

¿Qué lecciones puede aprender España? Una sociedad española tan polarizada como la actual no necesita reducir libertades ni atentar contra la democracia. Sin embargo, sí puede aprender de la coherencia y la meritocracia singapurense, sin renunciar al pluralismo ni a la libertad de expresión.

En primer lugar, reforzando la profesionalización de los políticos. Un Estado fuerte, que no se mida en discurso político, sino por las capacidades y la integridad de quienes lo componen. La lucha contra la corrupción pasa por políticos bien formados, independientes y evaluados por resultados tangibles.

En segundo lugar, fomentando una cultura de responsabilidad. La integridad debe dejar de ser una excepción para convertirse en una expectativa social. Los sistemas de control y rendición de cuentas existen, pero necesitan transparencia real y consecuencias efectivas, para recuperar la confianza ciudadana a base de ejemplo.

Entre el control y la confianza

La corrupción no es solo un problema moral, sino un reflejo de cómo se estructura el poder y se concibe la responsabilidad pública. Singapur demuestra que puede erradicarse mediante disciplina y meritocracia. España, en cambio, recuerda que la democracia por sí sola no garantiza la integridad política si no va acompañada de exigencia ciudadana, profesionalización y rendición de cuentas.

Por tanto, el desafío no está en elegir entre control o libertad, sino en construir un sistema donde la transparencia y la competencia política se refuercen mutuamente. Solo así la picaresca española podrá dejar paso, al fin, a la decencia española.

Marta Sanchez

Marta Sánchez, estudiante de Relaciones Internacionales y de Administración y Dirección de Empresas (ADE)

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