La guerra de Irán se alarga, China no se olvida de Taiwán y empeoran las previsiones económicas

Madrid. Si realmente el desenlace de la guerra de Irán se acorta, los escenarios para remontar sus efectos económicos son más viables. Donald Trump se ve cada vez más acorralado por unas circunstancias bélicas que no llegó a contemplar en sus bombardeos a Irán, mientras que China observa desde la distancia el enfrentamiento diario de Estados Unidos e Israel contra el régimen de los ayatolas. Un conflicto bélico que por mucho que se prolongue, Pekín no se va a olvidar de Taiwán, la isla que cada vez se hace más mediática en esta guerra, en la que se está analizando el verdadero equilibrio en Oriente Medio e incluso el tablero político-militar de Asia y la seguridad en el Indo-Pacífico.
Expertos, analistas, medios de comunicación, consultoras e instituciones públicas y privadas, organismos diversos y todo un conglomerado mediático vuelcan sus influencias en generar distintos estados de opinión en asuntos claves de la geopolítica mundial y, precisamente, Taiwán siempre es actualidad y ahora más con esta guerra en Oriente Medio con importantes connotaciones políticas. China ve que su objetivo de lograr una reunificación pacífica sigue siendo complicado, examina si fuera posible un ataque militar a lo Trump en la isla, pero ello traería escenarios tensos e inestables que Pekín por ahora ni contempla ni le interesa, pero claro viendo lo que han hecho Rusia con Ucrania, EEUU con Irán e Israel en Gaza sirven para que Pekín analice el desgaste de Washington y sus dudas de ir a defender a Taiwán ante una hipotética invasión china, que, reitero, por ahora no se va a producir.
Además, muchos expertos subrayan que el cálculo de Pekín no depende solo del grado de distracción estadounidense, sino de factores internos y regionales: preparación militar real para una operación anfibia extremadamente compleja, resiliencia económica ante sanciones, cohesión política interna y reacción de actores como Japón o Australia. Una invasión de Taiwán no sería una operación oportunista de corto plazo, sino una decisión de enorme riesgo sistémico. Por eso, incluso en un contexto de tensión en Oriente Medio, el umbral para actuar seguiría siendo muy alto.
Más que una invasión inmediata, lo que podría acelerarse es una intensificación de la presión «gris» sobre Taiwán (maniobras militares, coerción económica, ciberataques), aprovechando momentos de menor atención internacional. En resumen: un conflicto con Irán podría alterar el cálculo táctico de China, pero no es, por sí solo, un detonante suficiente para una invasión a gran escala. China ni siquiera necesita actuar: le basta con que la guerra exponga debilidades estadounidenses. De hecho, el retraso en la visita de Estado de Trump a Pekín también podría implicar un retraso en cualquier venta de armas a la isla de Taiwán para disuadir posibles ataques del gigante asiático. EEUU es el principal suministrador de armas a Taiwán y sería, según expertos, su mayor aliado militar en caso de un conflicto bélico con China.
Cada vez hay más escenarios abiertos. China no va a cometer militar y económicamente los mismos errores que Rusia con Ucrania y de Estados Unidos con Irán, una estrategia geopolítica, en la que Pekín valora la armonía política de Confucio (551 a.C. – 479 a.C.) en búsqueda de una paz y un orden que los estertores de algunos líderes mundiales como Vladimir Putin, Benjamín Netanyahu y Trump han sido incapaces de tomar decisiones globales hundiendo la estabilidad de la globalización y el multilateralismo, unas decisiones que han arrastrado al mundo a una verdadera crisis de profundas secuelas económicas en el desorden mundial actual. China no va seguir, de momento, pese a las presiones constantes sobre Taiwán, operaciones similares de rusos, israelíes y, en especial, de EEUU. China busca revitalizar la «Gran China». Y 2049 es la fecha tope, si no se produce antes, para la unificación, lo que supondrá un aluvión de hechos para sus objetivos.
Mientras Estados Unidos concentra tu atención en su guerra contra Irán, China no cede en seguir maniobrando con vuelos y buques en los alrededores de Taiwán, una serie de acciones militares que cada vez se repiten más, pero Taipéi no está dispuesta a quedarse con los brazos cruzados ante una posible invasión de China. Pekín sabe de la resistencia a la que se puede encontrar, pero es obvio que pese a que Taiwán mejora sistemáticamente su capacidad de defensa y de combate, los expertos navales estadounidenses consideran que el creciente poderío marítimo de China no tiene freno, cuya Armada desarrolla un proceso rápido de sus capacidades que obviamente preocupa a Washington.
Lo que sí es evidente que si EEUU sale airosa de esta guerra y controla el petróleo como en Venezuela, bastante improbable, China volvería a ser la principal damnificada, es decir, habría nuevas estructuras a configurar en detrimento de una ya existente en el régimen iraní en cuanto al petróleo. China es uno de los países claves, que le obligaría a replantearse nuevos modelos geopolíticos en la zona, pero no olvidemos que al igual que con Ucrania, el apoyo de China a Irán es bastante limitado, e incluso inferior al que prestó a Rusia en la guerra de Ucrania y nulo a Venezuela.
Pero se puede dar el caso que si la guerra se alarga, EEUU desvía sus recursos militares lejos de Asia y, como señalan expertos y analistas, la prolongación del conflicto serviría a China la posibilidad de ser un mediador entre EEUU e Irán y los países del Golfo, lo que alejaría a EEUU de Taiwán y del mar de China Meridional y al mismo tiempo el gigante asiático seguirá observando las operaciones navales estadounidenses en el Golfo. E incluso hasta Pakistán ha surgido también en esta guerra. El país que recibe el 80 por ciento de su energía por el estrecho de Ormuz, ahora también se ha ofrecido como mediador entre Irán y EEUU, mientras afronta un duro conflicto bélico con Afganistán.
Esta realidad política ha sido desde el principio una preocupación de los demócratas, que tienen la posibilidad el próximo 3 de noviembre de ganar las elecciones a la Cámara de Representantes y así quitarte parte del poder a Donald Trump, su máxima preocupación a nivel doméstico. O sea, que una retirada obligada de Estados Unidos, debida a una escalada de los precios energéticos o a presiones internas, podría crear un vacío de poder propicio para la expansión de la diplomacia y las inversiones chinas, pero una crisis mundial prolongada es mala noticia para China y para el resto del mundo, sin embargo, las conclusiones al respeto radican que un estancamiento largo de EEUU en el conflicto es mucho mejor para China desde el punto de vista geopolítico, dado que así Estados Unidos habría desviado gran parte de sus recursos militares del Pacífico, donde precisamente se ubica principal objetivo de China como es Taiwán.
El Pentágono estadounidense ha ordenado el despliegue de al menos 3.000 paracaidistas en Oriente Medio, en los márgenes del inicio de supuestas negociaciones entre Washington y Teherán para intentar poner un alto a la guerra de Irán, diálogos que Teherán ha negado, mientras la guerra ya ha entrado en su cuarta semana tras la escalada iniciada el 28 de febrero con ataques coordinados de Estados Unidos e Israel sobre suelo iraní. Donald Trump ha trasladado a Irán un plan de 15 puntos con el objetivo de poner fin a la guerra, una propuesta que Irán no acepta y advierte al presidente estadounidense: «No llames acuerdo a tu derrota. La era de tus promesas ha terminado». Irán no tiene pinta de estar capitulando, pero lo más agónico es que el régimen, eso sí, más debilitado, sigue ahí ahorcado a sus ciudadanos.
Taiwán ha dejado claro que no se rendirá ni se quedará impasible ante una invasión china, preparándose activamente para defender su democracia. Ante la presión de Pekín, la isla fortalece su capacidad militar, invirtiendo en sistemas de defensa asimétricos y apostando por la resistencia ciudadana. Taiwán rechaza firmemente el modelo chino de «un país, dos sistemas», considerándolo incompatible con su democracia y soberanía de facto, una postura reafirmada por la administración del presidente taiwanés, Lai Ching-te. La isla prioriza mantener el ‘statu quo’ frente a la presión de Pekín, citando el deterioro de libertades en Hong Kong como prueba del fracaso de dicha fórmula, que junto a Macao fueron experimentos que no han gustado a los taiwaneses.
Taiwán es unas de las potencias tecnológicas ya consolidada y de una infraestructura digital e innovación más avanzadas del mundo, con una producción del 60 por ciento de semiconductores y más del 90 % de los chips de última generación, cuya industria representó en 2024 el 20,7 % de su PIB. Esta guerra de Irán ha servido a China para proponer a Taiwán una «reunificación» pacífica a cambio de seguridad energética, prosperidad y estabilidad a cambio de soberanía bajo el ya conocido modelo de «un país, dos sistemas». Una posible fecha de invasión se desconoce por cautela estratégica, pues China sigue pensando no invadir Taiwán sino hacerse con su control.
Taiwán importa más del 90 por ciento de la energía que consume, en su mayoría por vía marítima y, en especial, desde Oriente Medio, pues este conflicto ha perturbado los mercados de energía y materias primas tras el bloqueo del estrecho de Ormuz, vital para el tránsito del petróleo. ¿Será entonces el tema energético el mayor respaldo para un acercamiento entre Taipéi y Pekín? Un conflicto militar por ahora no se vislumbra, pero Taiwán no ha dejado de intensificar sus esfuerzos para buscar apoyo internacional, que inquieta a China, tal como hemos visto con Japón y su postura con el gigante asiático que apoya a Taiwán en el actual statu quo. China ya ha alertado del nuevo militarismo japonés.
Estratégicamente Taiwán sigue siendo vital para EEUU, sobre todo con la cada vez mayor influencia de China en Asia, pues el Pacífico ahora es el núcleo de la rivalidad entre Pekín y Washington y el estrecho de Taiwán radica la división en dos mares: mar de China Meridional y mar de China Oriental, por ello el gigante asiático no cederá en su objetivo de recuperar la isla, mientras Estados Unidos si quiere seguir influyendo en la zona y evitar la hegemonía china tendrá que actuar para ceder menos espació geopolítico-militar a China, una realidad política que choca con la postura de los demócratas que consideran a la Administración Trump «dispersa» en otros asuntos que siempre benefician a China.
Irán desde hace tiempo es una fuente vital y barata para las necesidades energéticas de China, muy dependiente del petróleo iraní a causa de las sanciones, como ahora los chinos son los que compran el petróleo barato ruso. El petróleo ronda los 100 dólares el barril, aunque otro escenario como indica el Banco Central Europeo (BCE) sería contemplar un alza de precios del 6,3 por ciento en el primer trimestre de 2027 y con el precio del petróleo en los 145 dólares el barril y del gas en los 106 euros el megavatio, es decir, serían aspectos factibles para una situación inflacionista similar a la de 2022 cuando estalló la guerra en Ucrania disparándose el precio de la energía, pero el bloqueo del estrecho de Ormuz, por el que pasa el 20 % de la energía fósil, puede provocar otro escenario sangrante para la economía mundial, salvo que este cierre sea corto y moderado, lo que no parece que sea así.
Irán ha anunciado la reapertura del estrecho de Ormuz a buques «no hostiles» y de países no vinculados a la «agresión», China e India entre ellos e India, y de ahí que en los últimos días un nutrido número de barcos de distintas nacionalidades hayan transitado sin problemas. China sigue apoyando todas las iniciativas que contribuyan a reducir las tensiones en Oriente Medio, pero su objetivo es pura y llanamente garantizar la seguridad energética del país, y pide a las partes “sentarse a negociar y reducir la intensificación de los combates”.
No obstante, China, primer importador mundial de petróleo, ya había preparado su seguridad energética, pues sus enormes reservas de petróleo y la diversificación de las fuentes de suministro de Pekín ofrecen protección a corto plazo, y así evitar alteraciones de cualquier signo que puedan desestabilizar y comprometer las propias finalidades globales de la República Popular China. Una guerra nunca es un asunto baladí, pero esta de Irán también incomoda a China al igual que la de Ucrania
En definitiva, nada sale gratis. El mundo anda convulso. Pero la posible victoria para China en una hipotética invasión de Taiwán es un aspecto global en un actual mundo tenso, en el que expertos y economistas coinciden que tras una posible victoria militar rápida, luego el gigante asiático se enfrentaría a una derrota económica importante con sanciones y rupturas de cadenas de suministros tecnológicos y fuga de capitales. Pero China, a diferencia de Rusia, está profundamente integrada en el sistema financiero y comercial global, lo que haría mucho más doloroso una desconexión forzada. Y ya no es un análisis pormenorizado de un éxito militar sino sus consecuencias económicas para un país que está destinado a ser la primera potencia mundial.
Y luego sin olvidar la auténtica trascendencia que tiene Taiwán en el mundo de los semiconductores. Esta industria de Asia, liderada por Taiwán y Corea del Sur, experimenta una transformación acelerada impulsada por la competencia geopolítica con Estados Unidos y la propia búsqueda de autosuficiencia de China. El posible conflicto bélico no sólo afectaría a China, sino a EEUU y a Europa y a los aliados asiáticos, que podría suponer la paralización de industrias como las del automóvil, electrónica, defensa, IA, entre otros, pero lo más grave que la posible “invasión” traería un escenario diferente y al mismo tiempo consecuencias graves en el sector que pudieran llevar a una recesión. El hambre por quedarse con los semiconductores taiwaneses no es algo superficial.







