La economía surcoreana se recompone (y II): Pero afronta riesgos como el envejecimiento y problemas estructurales
Madrid. La economía de Corea del Sur entra en 2026 con mejores cifras que las del convulso 2025, pero también con una acumulación de riesgos estructurales que amenazan con limitar su potencial de crecimiento a medio y largo plazo. Las previsiones de organismos internacionales como la OCDE y el Fondo Monetario Internacional apuntan a una recuperación moderada -con tasas de crecimiento del PIB en torno al 2 %-, pero bajo esa aparente normalización subyacen tensiones profundas que sitúan al país en lo que su propio ministro de Finanzas, Koo Yun-cheol, ha definido como un «punto de inflexión» histórico.
Uno de los principales vientos en contra es el demográfico. Corea del Sur ha entrado oficialmente en la categoría de sociedad «superenvejecida»: más del 20 % de su población tiene ya más de 65 años, una proporción que podría superar el 40 % en 2050. A ello se suma la tasa de fertilidad más baja del mundo -apenas 0,75 hijos por mujer-, un dato que anticipa una reducción sostenida de la población activa y un aumento de la presión sobre el sistema de pensiones y las finanzas públicas. El envejecimiento no es solo un desafío futuro, sino una realidad presente que ya condiciona el mercado laboral, el consumo y la productividad.
Otro dato que no puede pasar desapercibido es el siguiente: Corea del Sur registra la tasa de empleo de mayores de 65 años más alta de la OCDE, con un 37,3 %, muy por encima del promedio del bloque. La cifra refleja fragilidad social: más de la mitad de los adultos mayores trabaja por necesidad económica, debido a la insuficiente cobertura del sistema de pensiones. El pago medio de la pensión nacional no alcanza ni la mitad del coste mínimo de vida mensual para una persona sola. En un mercado laboral donde los salarios aumentan por antigüedad y no por productividad, las empresas incentivan la jubilación anticipada para reducir costes, empujando a muchos trabajadores senior a empleos precarios y mal remunerados.
A estos desequilibrios se suma la rigidez estructural del mercado laboral y el elevado endeudamiento de los hogares, que limita el margen de maniobra del consumo interno. Aunque las políticas fiscales expansivas y los programas de estímulo -como los cupones de consumo- han contribuido a sostener la demanda, su efecto es temporal y difícilmente sustituye a reformas más profundas que impulsen la productividad y la movilidad laboral.
Otro foco de vulnerabilidad reside en la excesiva dependencia de las exportaciones, particularmente del sector de semiconductores vinculados a la Inteligencia Artificial (IA). El reciente repunte económico ha estado estrechamente ligado al auge global de la IA y a la sólida demanda de chips de memoria, un segmento en el que Corea del Sur es líder indiscutible. Sin embargo, esta concentración entraña riesgos evidentes. Una desaceleración de la demanda mundial, un ciclo adverso en la industria tecnológica o una intensificación de la competencia por parte de China y Taiwán podrían erosionar rápidamente los envíos al exterior y, con ellos, el crecimiento del PIB.
El modelo exportador que impulsó el milagro económico coreano desde las décadas de 1960 y 1970 muestra señales de agotamiento en un contexto de mayor proteccionismo, guerras comerciales y fragmentación de las cadenas globales de valor. La rentabilidad operativa de las empresas coreanas se ha reducido casi a la mitad en las últimas dos décadas, según datos de la Cámara de Comercio e Industria de Corea (KCCI), lo que es una señal inequívoca de pérdida de dinamismo empresarial en una economía ya madura.
El mercado inmobiliario añade otra capa de complejidad. Aunque las recientes medidas gubernamentales han logrado moderar el ritmo de subida de los precios, especialmente en el área metropolitana de Seúl, persisten expectativas elevadas de revalorización de la vivienda. Este fenómeno apunta a un problema estructural de oferta y demanda que no se resolverá con ajustes coyunturales. La vivienda sigue siendo percibida como un activo refugio, lo que alimenta el endeudamiento y limita la capacidad de consumo futuro de los hogares. Sin reformas más integrales -como la diversificación de la oferta y cambios en los incentivos fiscales-, el riesgo de nuevas burbujas no puede descartarse.
En el plano geopolítico y comercial, Corea del Sur ha optado por reforzar su alianza económica con Estados Unidos. El compromiso de invertir 350.000 millones de dólares en sectores estratégicos estadounidenses, a cambio de aranceles reducidos, simboliza un fortalecimiento de los lazos bilaterales y ofrece cierta certidumbre a corto plazo. Sin embargo, también plantea interrogantes sobre la asignación de capital y el impacto de estas inversiones en la capacidad productiva doméstica. La creación de una corporación estratégica para gestionar este fondo refleja la magnitud del desafío y la necesidad de equilibrar intereses nacionales y compromisos internacionales.
Al mismo tiempo, crece el debate interno sobre la necesidad de diversificar alianzas y repensar la estrategia regional. En este contexto, ha cobrado fuerza la propuesta de Chey Tae-won, presidente de SK Group y de la KCCI, de avanzar hacia una cooperación económica más estrecha con Japón. Ambos países comparten problemas estructurales similares: economías maduras, poblaciones longevas y una creciente presión competitiva global. Una alianza económica Corea-Japón, que algunos comparan con un mercado común al estilo de la Unión Europea, podría generar economías de escala en un mercado combinado de unos seis billones de dólares y reforzar la posición de ambos en sectores clave.
Los semiconductores y la energía destacan como áreas naturales de cooperación. Corea del Sur domina los chips de memoria de alta capacidad, esenciales para la IA, mientras que Japón lidera en equipos y materiales críticos para la fabricación de semiconductores. En energía, ambos países dependen en gran medida de las importaciones y podrían beneficiarse de compras conjuntas de gas natural licuado, así como del desarrollo compartido de tecnologías de hidrógeno y almacenamiento energético. Estas iniciativas no solo reducirían costes, sino que también reforzarían la seguridad económica y nacional.
De cara a 2026, el consenso internacional apunta a una mejora cíclica de la economía surcoreana, apoyada en la estabilización del comercio global y la recuperación de la confianza del consumidor. No obstante, el riesgo de caer en una trampa de bajo crecimiento sigue latente si no se abordan las debilidades estructurales. El propio Gobierno reconoce que los próximos cinco años pueden ser la última ventana de oportunidad para sentar las bases de un crecimiento sostenible, a través de su ambicioso plan de «economía de superinnovación».
El desafío para Corea del Sur no es solo crecer más, sino crecer mejor. Ello implica diversificar sus motores económicos más allá de los semiconductores, reformar el mercado laboral para hacerlo más flexible e inclusivo, garantizar una red de protección social adecuada para una sociedad que envejece rápidamente y redefinir su inserción en un mundo cada vez más fragmentado. 2026 puede ser el inicio de una recuperación más robusta, pero también el preludio de un estancamiento prolongado si las reformas estructurales vuelven a posponerse. El punto de inflexión del que habla el Gobierno no admite demasiadas demoras.







