La bomba de deuda japonesa vuelve a latir y amenaza al equilibrio financiero mundial (y II): ¿Hay solución?

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Madrid. Lo cierto es que no hay una «bala de plata», una solución simple y efectiva, para un problema tan complejo como el de la deuda japonesa, que se ha convertido en una verdadera trampa saducea para cualquier primer ministro nipón.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) insisten en reconstruir colchones fiscales y anclar una senda que lleve la deuda/PIB a una trayectoria claramente descendente mediante un marco fiscal creíble. La idea fundamental es pasar de déficits persistentes a superávits primarios porque es lo que estabiliza y luego reduce esta ratio. Para ello, la OCDE plantea explícitamente elevar ingresos y algunos análisis proponen reformas tributarias en ese sentido, pero sin dañar la inversión. También aboga por controlar el crecimiento del gasto mediante reformas en sanidad y cuidados de larga duración.

En cuanto a pensiones, el FMI contempla opciones clásicas para mejorar la sostenibilidad de una de las sociedades más longevas del planeta, con casi un tercio de su población con 65 años o más. Estas pasan por retrasar edad de jubilación, ajustar la tasa de reemplazo o subir las cotizaciones. Por su parte, el banco neerlandés ABN AMRO subraya que, asimismo, hace falta disciplina presupuestaria, incluyendo un uso más estricto de presupuestos suplementarios.

Robin Brooks, economista de la Brookings Institution, es aún más quirúrgico. «Hay una salida para Japón. El Gobierno dispone de muchos activos financieros que puede vender. No todos estos activos son líquidos ni pueden venderse rápidamente, pero algunos sí. Aquí es donde Japón debe iniciar su camino de regreso a la salud fiscal: vender esos activos y utilizar los ingresos para reducir el sobreendeudamiento», recomienda.

Para algunos analistas, Japón suele actuar como indicador adelantado de tendencias globales y por eso la comunidad inversora se ha puesto en guardia ante la caída libre de los bonos nipones. Para calmar a los mercados, la primera ministra, Sanae Takaichi, ha señalado que financiará el recorte fiscal sin recurrir a más deuda, aunque los inversores se muestran escépticos. Le ha echado un capote la agencia de calificación crediticia Fitch Ratings, que espera que el gobierno japonés siga manteniendo los déficits dentro de niveles manejables tras las elecciones a la Cámara Baja del próximo mes, mientras Tokio afronta la presión del mercado de bonos por las rebajas fiscales.

No será sencillo revertir esta tendencia que viene acentuándose en las rentabilidades desde que la primera ministra presentó un plan de gasto fiscal de 135.000 millones de dólares en noviembre. Y, de cualquier forma, en el mejor de los casos, los analistas creen que los rendimientos seguirán siendo más altos que los niveles ultrabajos del pasado ante posibles nuevos episodios de volatilidad por la sensibilidad inversora a noticias políticas y fiscales. Ya en mayo de 2025 la subasta de bonos del gobierno japonés a 20 años registró su menor demanda desde 1987, una debilidad que marcó un cambio drástico en un mercado que tradicionalmente se había caracterizado por previsibilidad. Desde entonces, el miedo ha seguido latente.

Es probable que se requiera la intervención del banco central nipón para tranquilizar a los inversores. Primero con palabras, demostrándoles que vigilará de cerca la volatilidad y que no subirá precipitadamente los tipos de interés, una decisión que elevaría la rentabilidad de la deuda.

Japón inició en marzo de 2024 la normalización de su política monetaria, dando por finalizado al último régimen global de tipos de interés negativos. En su reunión del 22 y 23 de enero, la entidad ha optado justo antes de las elecciones por mantener su tipo de referencia a corto plazo en el 0,75 %, el nivel más alto desde 1995, tras incrementarlos en 25 puntos básicos en su reunión de diciembre. Y aunque entonces el mensaje que transmitió su gobernador, Kazuo Ueda, es que la era de tipos de interés extremadamente bajos en Japón toca a su fin ante la perspectiva de un escenario de crecimiento e inflación -de hecho, en esta última reunión el banco ha revisado al alza sus previsiones económicas-, los expertos creen que las subidas del precio del dinero serán lentas.

Además, entrarán en conflicto con el deseo de relajación monetaria de Takaichi, que ha calificado las alzas de tipos de «estúpidas». Su mentor Shinzo Abe zanjó una disputa similar en 2013 forzando el alineamiento del Banco de Japón con la política de compras de deuda a gran escala y tipos cercanos a cero que quería el gobierno, según recordaba recientemente ‘The Economist’. Por tanto, no se descarta una posible confrontación entre Takaichi y Ueda, como sucedió hace 13 años entre Abe y el entonces gobernador Masaaki Shirakawa, que era reacio a las medidas propuestas por el gobierno ante el temor de que generaran burbujas, pérdida de credibilidad y riesgos fiscales. ¿Podría repetirse la historia entre Takaichi y Ueda? Ya veremos, pero esa relación ya se perfila tensa. De cualquier modo, lo que deberán tener muy en cuenta ambos es que la historia económica demuestra que cuando la política fiscal y la monetaria chocan, el mercado sentencia en forma de mayores costes de financiación, debilidad de la moneda y volatilidad.

Mientras, el foco estará en la comunicación del Banco de Japón, que ha tenido históricamente un impacto enorme porque los mercados saben que cuando el gobernador habla, suele actuar. Si esto es insuficiente, Ueda podría considerar aumentar o reactivar compras de bonos, especialmente en los tramos largos (20, 30 y 40 años), o ajustar el control de la curva de rendimientos, como ya ha hecho en el pasado.

Ueda ha intentado orquestar una salida gradual de las políticas monetarias ultraexpansivas sin provocar turbulencias en los mercados, pero los recurrentes capítulos de volatilidad dan fe de que este ejercicio de equilibrio está resultando más complicado de lo previsto y podría obligar a replantear la estrategia.

En síntesis, si la crisis del mercado de deuda se prolonga y no se adoptan medidas contundentes, Japón se enfrenta a un escenario de alto riesgo cuyo impacto no se limitaría al ámbito doméstico: una subida persistente de los rendimientos nipones alteraría los flujos globales de capital, forzando repatriaciones desde Estados Unidos y Europa, elevando los costes de financiación en las principales economías y amplificando los vaivenes en los mercados de divisas, deuda y renta variable. En ese escenario, Japón dejaría de actuar como ancla de estabilidad financiera y pasaría a convertirse en un foco sistémico de contagio, con potencial para precipitar una crisis global de deuda.

Quizá Donald Trump debería ser consciente de que el verdadero peligro para Estados Unidos no viene por el patio trasero de Groenlandia, sino por Japón, su principal acreedor con cerca de 1,1 billones de dólares en valores del Tesoro y su socio estratégico.

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