El relato del apocalipsis: la comunicación como arma en la guerra tecnológica entre EEUU y China

| IA
Comparte esta noticia:

Madrid. La Inteligencia Artificial (IA) ha entrado en una fase sin precedentes. Después de varios años en los que los titanes tecnológicos de Silicon Valley parecían competir por demostrar quién era capaz de avanzar más deprisa, algunos de sus ejecutivos más insignes han comenzado a pedir precisamente lo contrario: pisar el freno en el desarrollo de los modelos de IA más avanzados e introducir más controles.

Es un escenario inimaginable hace poco más de año y medio, cuando DeepSeek, la empresa china que desarrolla modelos de lenguaje y sistemas de IA generativa, copó los titulares de la prensa internacional por presentar una alternativa con costes de entrenamiento y operación aparentemente mucho más bajos que los de muchos rivales estadounidenses. Se convertía así en un símbolo de la capacidad del gigante asiático de amenazar la supremacía tecnológica de Occidente pese a las restricciones de Washington sobre el acceso a chips de última generación.

Entonces, el presidente estadounidense, Donald Trump, dijo que la irrupción de DeepSeek era una wake-up call -una llamada de atención- para la industria de su país, que debería competir con mayor intensidad. Por ese mismo motivo ahora no ha acogido nada bien una ralentización en este campo: igualmente supondría ceder ventaja a China, en un momento en que sus laboratorios están recortando distancias en la IA.

Buena parte de la industria estadounidense ha construido su hegemonía sobre modelos propietarios, enormes inversiones en computación y tecnologías de frontera, mientras que China ha ganado terreno con modelos de pesos abiertos, eficientes y considerablemente más baratos. Para Estados Unidos, preservar el liderazgo tecnológico significa también proteger poder económico, influencia internacional y seguridad nacional.

Esto choca frontalmente con el giro inesperado de las Big Tech en favor de una contención en los desarrollos de sus modelos. Por eso se han adueñado de la conversación pública diversas especulaciones sobre amenazas y riesgos tecnológicos reales, intereses económicos y rivalidad geopolítica.

En esa pugna dialéctica, las palabras se han seleccionado muy a conciencia. El 29 de septiembre, la Casa Blanca bautizó su acuerdo con seis grandes tecnológicas como White House Accord on Super Intelligence, básicamente compromisos de supervisión, auditoría y seguridad mediante un pacto inicialmente voluntario. Aquí la expresión «superinteligencia» no es inocua desde el punto de vista de la comunicación: evoca una tecnología potencialmente superior al ser humano, mucho más difícil de controlar y de consecuencias extraordinarias. Su utilización puede amplificar tanto las expectativas como los temores. Por tanto, el mismo vocablo sirve para justificar la aceleración tecnológica en nombre del liderazgo estadounidense y para reclamar prudencia ante sus posibles consecuencias.

Esa disyuntiva ha dejado una holgada grieta para que se cuele el lenguaje del apocalipsis, por el que el miedo se convierte en una herramienta para dirigir la conversación. «Riesgo existencial», «pérdida de control», «extinción humana», «amenaza para la humanidad» y «responsabilidad» se han vuelto expresiones recurrentes en las declaraciones de los directivos de OpenAI, Anthropic y SpaceX.

El relato ha conseguido reunir conceptos que parecen difíciles de cuestionar -seguridad, responsabilidad, protección, cooperación- alrededor de una solución en cuya elaboración participan los principales interesados. Esta es una técnica clásica de comunicación: definir el problema de forma que tu propia organización aparezca como parte indispensable del remedio. Por analogía, es como cuando en la pantalla te saltan ventanas de alarma de una posible contaminación de tu ordenador y después te dan la oportunidad de contratar un antivirus.

En esa tesitura, ‘The Wall Street Journal’ ha llegado a plantear si estamos ante una suerte de «OPEP tecnológica»: una industria cuyos principales actores podrían tener incentivos para moderar una carrera inversora cada vez más difícil de sostener, dadas sus enormes necesidades de capital y energía. Efectivamente, la expansión de sus negocios exige inversiones extraordinarias, unos desembolsos que han suscitado dudas en el mercado -con episodios de acusada volatilidad bursátil- sobre si el sector está construyendo demasiada infraestructura demasiado deprisa, mientras la rentabilidad de ese esfuerzo inversor sigue todavía por demostrar. En definitiva, lo que se plantea es que podrían no haber hecho bien las cuentas.

Y esto es especialmente relevante porque revela la magnitud de los intereses económicos que confluyen en torno a la IA. En un escenario de quiebra de confianza en las grandes tecnológicas, la agencia de calificación Fitch contempla un desplome del 35 % en la Bolsa americana en seis meses y recesión en Estados Unidos en 2027. Esto, inexorablemente, tendría repercusiones sísmicas a escala global. El Banco Internacional de Pagos (BIS, por sus siglas en inglés) calcula una corrección incluso mayor que la de la burbuja de las puntocom -se ve que la fijación por la narrativa del terror está más extendida de lo que parece-.

Lo que es un hecho es que la comunicación reciente de las Big Tech ha desplazado el foco desde la rentabilidad o la competencia hacia una cuestión moral: proteger a la humanidad. Los incidentes reales de ciberseguridad y comportamientos inesperados de agentes, escenarios técnicamente plausibles todavía no materializados y las predicciones extremas sobre la extinción humana han alimentado ese discurso este verano. Y aunque no hay pruebas para afirmar que exista una campaña concertada de engaño y escenificación, sí encontramos contradicciones e incentivos que merecen un análisis crítico de cómo se está implantando ese relato.

El llamamiento de Dario Amodei, Sam Altman y Elon Musk -competidores habitualmente enfrentados en su pulso por la innovación- a ralentizar el desarrollo de los modelos más avanzados ante estas sombrías perspectivas es, sin duda, una noticia empresarial insólita. La hipérbole de esta contradicción podemos verla en cómo Anthropic prepara un debut bursátil potencialmente histórico -aspira a captar 100.000 millones de dólares, con una valoración de dos billones, por encima de las cifras alcanzadas por SpaceX el pasado junio- y a la vez está vinculando la IA a la extinción humana. Tanto es así que el folleto de la OPV presta especial atención a los riesgos operativos y a las posibles responsabilidades derivadas de situaciones catastróficas. Y hablando de calamidades, la compañía acaba de anunciar unas pérdidas netas de 80.700 millones de dólares en el primer semestre.

Esa dicotomía encierra una incongruencia reputacional que puede resultar especialmente delicada ante su salida a Bolsa porque está poniendo sobre la mesa riesgos existenciales asociados a una tecnología que, simultáneamente, presenta a los inversores como una extraordinaria oportunidad de crecimiento. Con esto puede reforzar su posicionamiento como empresa responsable, pero también generar incertidumbre sobre la seguridad de sus productos, la coherencia de su discurso y la credibilidad de sus directivos.

A modo de advertencia, Paul Argenti, profesor de Comunicación Corporativa en la Tuck School of Business de Dartmouth College, ha subrayado la importancia de mantener un relato consistente entre los distintos públicos de una organización y advierte de que las contradicciones pueden erosionar la confianza y el valor empresarial entre los inversores.

Por tanto, ¿estamos ante un sacrificio empresarial efectivo o ante una propuesta que permite continuar compitiendo mientras se establecen condiciones más favorables para quienes ya dominan el mercado? No es descabellado pensar que estén convirtiendo una preocupación legítima por la seguridad en una ventaja competitiva. Las auditorías, certificaciones, pruebas obligatorias y requisitos de infraestructura cuestan dinero. Los gigantes tecnológicos pueden asumirlos, pero muchas empresas emergentes y desarrolladores independientes, no. Además, quien participa en la elaboración de los estándares puede influir en cómo se definen y qué tecnologías quedan mejor posicionadas. Esto no significa que regular sea equivocado, sino que importa extraordinariamente quién redacta las reglas.

En castellano clásico, la regulación puede proteger a los ciudadanos y, simultáneamente, proteger el negocio de los principales actores tecnológicos. Ambas consecuencias no son excluyentes y los analistas más críticos arguyen que lo que buscan es «una regulación a la carta» para impedir que China les coma la tostada en la carrera de la IA. Cuanto más abierta sea la arquitectura internacional, menor será la eficacia de las restricciones estadounidenses sobre chips, modelos y tecnología.

Es decir, cada uno lucha por sus intereses. Y eso que China lleva años imponiendo controles sobre la IA mucho más intensos que Estados Unidos. Matt Sheehan, investigador sénior del instituto de análisis Carnegie Endowment for International Peace, recuerda que Pekín ha desarrollado probablemente el sistema regulatorio de IA más amplio del mundo -registro de modelos, pruebas, etiquetado y controles sobre contenidos- sin impedir que sus compañías recorten distancias tecnológicas. Buena parte de esas reglas responde, desde luego, al objetivo político de controlar la información por parte del régimen chino.

La cuestión no es descubrir cuál de las dos potencias dice la verdad y cuál está representando un papel. Ambas seleccionan la parte de la realidad que mejor sirve a sus intereses económicos, políticos y estratégicos. La seguridad existe. La competencia existe. El riesgo tecnológico existe. Y también existen los incentivos empresariales para ralentizar inversiones, levantar barreras de entrada o condicionar las reglas.

La gran batalla de la Inteligencia Artificial no se está librando únicamente en los despachos de Silicon Valley o en los centros de datos chinos, en una desenfrenada contienda por lograr los avances más transgresores. Como vemos, también se está disputando en el lenguaje, en el terreno de las percepciones. Porque quien consiga definir qué debemos temer, qué significa actuar responsablemente y quién está capacitado para protegernos habrá dado un paso decisivo para establecer las reglas de una de las mayores industrias del futuro.

Carlos López Perea

Gerente de Comunicación Externa en Estudio de Comunicación

También te podría gustar...

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *