SpaceX: cuando la narrativa tecnológica se desconecta de la realidad financiera (y con la IA de China al acecho)

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Madrid. SpaceX -la empresa de Elon Musk en la que hasta el último inversor de Wall Street quiere comprar un pedacito, impelido por la inédita oleada de FOMO (Fear of Missing Out, o «miedo a perderse algo») ante la que se percibe como oportunidad de éxito única- no solo ha vendido una salida a Bolsa sustentada en cohetes, satélites o la promesa de llegar a Marte, sino una idea del futuro grandiosa, acelerada y aparentemente inevitable. Sí, embadurnada, para los más descreídos, de un marketing hipervisual.

Tiene todo el sentido si de lo que se trata es de hacer negocio. Con los avances de la Inteligencia Artificial (IA) como foco de atención permanente de la mitología contemporánea, el escenario ya estaba potentemente iluminado para el comienzo del espectáculo.

Dicho esto, es innegable que SpaceX posee ventajas tecnológicas y activos genuinos -especialmente Starlink, su negocio de conectividad por satélite-, pero también es cierto que el relato previo a su debut bursátil del pasado 12 de junio, que captó unos 85.700 millones de dólares en la mayor salida a Bolsa de la historia, convirtió esas fortalezas en una aspiración casi ilimitada, relegando a un segundo plano el precio pagado, las necesidades de capital para llevar a término sus proyectos estratégicos y, muy importante, el riesgo de su ejecución.

En los tres primeros días de cotización, los títulos, que partían de 135 dólares cada uno, un nivel ya exigente, se dispararon un 50 % en medio de una fuerte demanda, que la compañía aprovechó para emitir bonos por valor de 25.000 millones de dólares diez días después.

La narrativa que impulsó ese apetito trasladó la idea de que quien acudiera estaba participando en la próxima gran plataforma tecnológica llamada a dominar simultáneamente el espacio, las telecomunicaciones y la IA. Deutsche Bank, por ejemplo, ensalzó a SpaceX como «la máxima expresión de la ambición de la civilización, a menudo materializada en acero y fuego, capaz de cambiar el curso de la historia». Ahí es nada.

El propio folleto de la operación recogía la misión de SpaceX de hacer posible la vida multiplanetaria, comprender la verdadera naturaleza del universo y «extender la luz de la conciencia a las estrellas» -cualquier novela de J. J. Benítez se quedaría corta de altura imaginativa ante tales venturosos objetivos-. En suma, un lenguaje muy poco habitual en un documento bursátil en donde predominan conceptos financieros como beneficios, múltiplos o flujo de caja y no suele haber tanto espacio para la literatura.

Cabe pensar que con esa carta de presentación muchos inversores sentían casi el mismo asombro que aquellos espectadores que asistieron, en los albores del siglo XX, a la proyección de la legendaria cinta ‘Viaje a la Luna’, de Georges Méliès, arrebatados por los trucos visuales de la película, con decorados cambiantes en los que un grupo de astrónomos exploraban la superficie lunar. Una pantomima ilusionista, en definitiva, que producía las mejores imágenes en movimiento conocidas hasta entonces gracias a una maravilla escénica y tecnológica que desató los aplausos entusiastas del público. Más o menos la misma fascinación que ahora despierta la promesa de Musk de convertir los viajes espaciales en algo habitual.

A esa dimensión emocional se añadió una historia de crecimiento incombustible gracias a una superioridad técnica que, según la hoja de ruta establecida, se transformará en un negocio de masas. Solo faltaba la validación institucional, que se materializó con la información de ‘The Wall Street Journal’ de que BlackRock, la mayor gestora de activos del mundo, había solicitado al menos 5.000 millones de dólares en acciones, junto con grandes órdenes de fondos soberanos, lo que sirvió para comunicar urbi et orbi que la euforia minorista estaba respaldada por el llamado dinero inteligente. Los particulares llegaron a reclamar más de 70.000 millones de dólares en títulos, ante el miedo a quedarse fuera de una operación presentada como irrepetible.

La única salvedad que debían sortear con el mejor estómago posible aquellos mortales, a los que, democráticamente, se brindaba acceso al magno proyecto de hegemonía tecnológica, era las expectativas, algunas de ellas muy lejanas. Las cuentas verdaderamente importantes que convertirían la transacción en rentabilísima pertenecían al futuro.

Pero la impaciencia por ganar tanto siempre tiene la mecha corta. El mercado pronto empezó a exigir pruebas de cómo podría traducirse algún día en realidad el extraordinario crecimiento esperado.

Llegaron las dudas sobre la valoración de la compañía: sobre el hecho de que gasta en inversión en infraestructuras de IA el doble de lo que ingresa, dentro de su objetivo de elevar su capacidad de computación hasta cerca de 10 GW a finales de 2027, una potencia comparable a la demanda eléctrica de Nueva York en pico de demanda veraniega; o sobre la competencia de China en este campo con modelos que han reducido distancias en determinadas pruebas y que, en algunos casos, se ofrecen con arquitecturas más abiertas y costes inferiores a los de los titanes tecnológicos estadounidenses.

«Dado que gran parte del valor de SpaceX descansa en proyectos que todavía no existen, valorar la compañía es casi una lotería», zanjaba recientemente el ‘Financial Times’ en su Lex Column.

La rutilante narrativa de Musk empieza a revelarse fungible y la acción se ha desplomado a principios de agosto un 50 % por debajo de los máximos de junio (un varapalo que no ha conseguido maquillar la subida del pasado viernes, coincidiendo con el fin del periodo de lock-up, durante el cual determinados accionistas -normalmente fundadores, empleados o primeros inversores- no pueden vender sus acciones) . Y no sólo eso, sino que la decepción con SpaceX actuó como catalizador de una revisión bajista más amplia de las valoraciones de las empresas tecnológicas. Ese cuestionamiento reforzó el temor a que el ciclo de abultadas inversiones en IA podría haber ido demasiado lejos.

A mediados de julio, el Banco de Pagos Internacionales publicó un informe en el que puso de manifiesto lo que ya muchos intuían: la IA es una revolución tecnológica real, pero la carrera inversora presenta rasgos propios de anteriores episodios transformadores de auge y caída, como la fiebre de los canales y los ferrocarriles del siglo XIX o la burbuja de las puntocom en la década de 1990, al estar excediéndose más de lo económicamente justificable, lo que podría convertirse en una corrección profunda y con ramificaciones financieras.

Las turbulencias de los mercados a lo largo del mes pasado han sido reseñables, con el Nasdaq en claro retroceso. En particular, las plazas asiáticas acusaron notablemente la preocupación por los enormes desembolsos en la IA y la ausencia de rápidos retornos para las compañías del sector.

El Kospi surcoreano, que venía de encabezar las subidas de los grandes mercados mundiales y alcanzar máximos a finales de junio, registró su peor mes desde 2008 con un descalabro del 22,2 % y gran volatilidad fruto de la inquietud por el negocio de los semiconductores. Las apuestas más agresivas en la Bolsa para aprovechar la pujanza de la IA se cebaron con los dos principales valores de ese índice, Samsung Electronics y SK Hynix, los dos grandes fabricantes de chips de memoria del país. Numerosos inversores minoristas que habían asumido posiciones apalancadas sufrieron fuertes pérdidas y, en algunos casos, liquidaciones forzosas.

Este ejemplo ilustra hasta qué punto puede abrirse una brecha entre el relato tecnológico, las expectativas incorporadas a los precios y la realidad financiera. Parte de la prensa y de los analistas han actuado como amplificadores de la tesis de crecimiento de esta industria, pero ahora la cotización está imponiendo las preguntas que debieron hacerse desde el principio.

SpaceX simboliza una sociedad que necesita creer en proyectos capaces de ampliar los límites de lo posible. Representa la promesa de un futuro tecnológico audaz y, al mismo tiempo, la fragilidad de historias sostenidas meramente por las perspectivas.

Durante décadas hemos asociado el futuro con una trayectoria ascendente, impulsada por la tecnología y la innovación. Nos seduce creer en una imagen de superación humana excesivamente optimista, ocultando los costes, las incertidumbres, los fracasos y las desigualdades que acompañan a cualquier avance. A veces el progreso se viste de espectáculo y se margina la certeza, fundamental para cualquier tipo de inversión. Pero la realidad es testaruda y pone sus trabas por naturaleza.

Cuenta Stefan Zweig en ‘Momentos estelares de la humanidad’ la historia de la empresa de Cyrus West Field, un rico comerciante estadounidense que se propuso unir Europa y América mediante un cable telegráfico tendido por el fondo del Atlántico. En medio de la incredulidad pública y tras repetidos fracasos -temporales, roturas del cable y expediciones obligadas a regresar-, en 1858 los buques Niagara y Agamemnon partieron desde el centro del océano en direcciones opuestas y lograron llevar los extremos del cable hasta Terranova e Irlanda. La transmisión de un mensaje de la reina Victoria al presidente estadounidense James Buchanan desató celebraciones multitudinarias porque la humanidad parecía haber vencido por primera vez la larga distancia entre los dos continentes. El triunfo, sin embargo, resultó prematuro: la comunicación era extremadamente lenta y el cable dejó de funcionar pocas semanas después, deteriorado por la aplicación de voltajes excesivos. Field pasó de ser venerado como un héroe a ser ridiculizado y acusado de haber promovido una ilusión en una crucifixión a ojos de todos, pero no abandonó el proyecto. Tras años de dificultades financieras y nuevos intentos fallidos, volvió al Atlántico con el Great Eastern, en su época el barco más grande del mundo, y consiguió establecer en 1866 una conexión duradera que hacía posible que las noticias atravesaran el océano en minutos, en vez de tardar semanas.

El problema no es aspirar a superar límites, lo cual es encomiable, sino vender esa aspiración como una victoria ya conseguida. Ahí nace el desengaño que mina la reputación de cualquier empresa: cuando el relato promete trascendencia y la realidad devuelve riesgo. Lo que es la vida misma.

Desde el punto de vista de la comunicación, la lección es muy valiosa para SpaceX, así como para otros gigantes tecnológicos como Anthropic y OpenAI, señalados frecuentemente como futuros candidatos a cotizar. Quizá todos ellos deberían preguntarse, antes de nada: ¿Qué fue de aquel proyecto del metaverso que hace no tanto tiempo se anunció prácticamente como la próxima gran revolución de internet? Igual encuentran algún paralelismo casual con la situación presente y les ayuda a plantear una narrativa más creíble, menos grandilocuente y mejor ajustada a las expectativas reales del mercado.

De momento, no parece que la persona más rica del planeta haya promovido en la cúpula de SpaceX la lectura de Zweig con tanto trajín satelital. Al menos, así lo sugiere la conferencia con analistas que celebró la compañía cuando presentó sus resultados del segundo trimestre el pasado 4 de agosto, en los que, por cierto, todavía registró unas pérdidas netas de 541 millones de dólares. Su director financiero, Bret Johnsen, aseguró que el grupo alcanzará los 100.000 millones de dólares en ingresos recurrentes anuales a finales de este año, ignorando por completo la intensa caída de la acción que seguía produciéndose después del cierre del mercado, de más del 10 %, tras anunciar una inversión de casi 16.000 millones de dólares en IA, el doble que el trimestre anterior y muy por encima de las previsiones de Wall Street. De aquí sí cabe concluir que su debilidad es el cine de Méliès.

Carlos López Perea

Gerente de Comunicación Externa en Estudio de Comunicación

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