EEUU empieza a agrietar el escudo de silicio de Taiwán

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Madrid. Taiwan Semiconductor Manufacturing Co. (TSMC) es más que el mayor fabricante mundial de semiconductores. En estos momentos, es uno de los grandes elementos de disuasión que impiden una invasión de Taiwán por parte de China. Su posición en el núcleo de la industria mundial de chips ha dado lugar a la teoría del «escudo de silicio»: la dependencia de Estados Unidos, Europa, Japón y la propia China de los semiconductores taiwaneses actuaría como freno ante un ataque.

Taiwán concentra más del 90 % de la producción mundial de los semiconductores más avanzados, esenciales para teléfonos inteligentes, centros de datos, sistemas de inteligencia artificial y armamento de última generación. TSMC fabrica, entre otros, los procesadores diseñados por Nvidia, Apple, AMD y numerosos contratistas tecnológicos vinculados al sector de defensa estadounidense. Su beneficio neto se disparó un 77 % interanual en el segundo trimestre del año, hasta 706.560 millones de dólares taiwaneses, equivalentes a 21.980 millones de dólares estadounidenses, muy por encima de lo que esperaban los analistas. Con ello, ha encadenado cinco trimestres consecutivos de beneficios récord gracias al voraz apetito mundial por las infraestructuras de la Inteligencia Artificial (IA). Como afirmaba recientemente el ‘Financial Times’, el auge de la industria de los semiconductores de Taiwán es una de las historias industriales más extraordinarias de nuestro siglo.

Una interrupción prolongada de sus fábricas paralizaría segmentos enteros de la economía digital mundial. En esos términos se pronunció el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, en el Foro Económico Mundial de Davos a comienzos de 2026, el año de las rondas de encuentros entre el presidente de EEUU, Donald Trump, y el líder chino, Xi Jinping. Sin rodeos, advirtió entonces de que cualquier bloqueo en la producción taiwanesa de chips supondría «la mayor amenaza individual para la economía mundial». Era un aviso a navegantes para que los pies estuvieran bien plantados en la tierra en anticipación a dichas conversaciones de alto nivel.

El CSIS, uno de los principales centros estadounidenses de análisis geopolítico y estratégico, considera que el peso de Taiwán en tecnologías críticas convierte a la isla en una cuestión de crecimiento económico y seguridad nacional para Estados Unidos. Por tanto, hoy por hoy, el liderazgo de TSMC presupone que una agresión contra Taiwán no sería un conflicto regional más, sino una crisis tecnológica, financiera e industrial mundial.

Pekín lleva años presentando la «reunificación nacional» con Taiwán como una pieza central de su proyecto de renacimiento de China. Al mismo tiempo, ha reforzado de forma sustancial sus capacidades militares para estar en condiciones de imponer ese objetivo por la fuerza.

China viene organizando periódicamente grandes ejercicios de cerco, bloqueo o ataque simulado en torno a la isla, normalmente como respuesta a acontecimientos políticos concretos. Desde agosto de 2022, con la visita a Taiwán de la entonces presidenta de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, Nancy Pelosi, como señal de «compromiso inquebrantable» con la democracia del país, estas maniobras se han convertido en una actividad casi permanente. Una presión con la que el gigante asiático busca normalizar la superioridad militar china y debilitar la confianza en la capacidad defensiva de Taiwán.

Sin embargo, a pesar de las recurrentes operaciones de su ejército en el estrecho, China se adhiere por ahora a la política de contención y evita una confrontación bélica en toda regla. Y aquí impera por encima de todo razones económicas y tecnológicas claves. Aunque Pekín ha invertido enormes recursos en desarrollar una industria nacional de semiconductores, continúa rezagado en determinados procesos avanzados. Y eso que Huawei, el gigante tecnológico chino, ha diseñado a través de su filial HiSilicon procesadores de unos 7 nanómetros que SMIC, el principal fabricante de semiconductores de China, ha logrado producir sin tecnología EUV, recurriendo a litografía DUV y a complejas técnicas de exposición múltiple.

Con todo, la realidad es que las empresas chinas siguen dependiendo de proveedores extranjeros para determinadas máquinas, materiales y herramientas críticas, y todavía necesitan chips taiwaneses, directa o indirectamente, para numerosos productos electrónicos y aplicaciones industriales. Es decir, la superpotencia asiática aún no ha alcanzado la autonomía tecnológica y, de hecho, China continental y Hong Kong siguen siendo destinos principales de las exportaciones taiwanesas.

Por otra parte, un ataque contra Taiwán desencadenaría probablemente sanciones occidentales, retirada de capitales, restricciones comerciales y una dislocación de las cadenas de suministro muy superior a la provocada por la guerra de Ucrania. El Atlantic Council, un instituto de análisis con sede en Washington, ha advertido, no obstante, de que sancionar plenamente a China sería también extremadamente costoso para Occidente, dado que se trata de la segunda economía mundial y del mayor actor comercial del planeta. En suma, un conflicto no interesaría a nadie y, actualmente, no se baraja como una posibilidad.

Tanto es así que se ha puesto en duda el conflicto incluso más a largo plazo. No porque China renuncie a este territorio, sino porque la estrategia de Estados Unidos lleva a pensar que Taiwán podría perder su valor tecnológico en unos años, por lo que ya no tendría sentido la defensa a ultranza que viene prometiendo frente a Pekín.

Washington pretende que una proporción creciente de la cadena de suministro taiwanesa se instale en territorio estadounidense. En esa línea, el presidente de TSMC, C. C. Wei, anunció a mediados de julio que la compañía destinará otros 100.000 millones de dólares a Arizona para construir cuatro nuevas plantas avanzadas de fabricación de obleas y encapsulado. Esta inversión, enmarcada en el acuerdo anunciado en enero entre ambas partes, se suma al compromiso previo de 65.000 millones de dólares en ese estado, lo que eleva el desembolso total previsto a 165.000 millones. Si Estados Unidos consigue producir en su geografía una parte suficiente de los chips avanzados, su dependencia inmediata de Taiwán disminuirá, eso es de cajón.

Taipéi es consciente de ello y comienza a pulular en el aire el miedo a que se socave la seguridad nacional. Para contrarrestar este temor, las autoridades taiwanesas han insistido en que, pese a la expansión internacional de TSMC, Taiwán seguirá siendo el núcleo de la industria. Para ello, el Gobierno está facilitando la expansión de TSMC en Taiwán mediante la reserva de suelo para futuras inversiones y el desarrollo de infraestructuras esenciales, como el suministro de agua, electricidad y energía. El objetivo, explicó la portavoz del Gobierno, Michelle Lee, es preservar en la isla un ecosistema completo de semiconductores.

En definitiva, el mensaje es que la producción nacional de semiconductores continúa creciendo y los procesos tecnológicos más avanzados permanecerán inicialmente en la isla. Ese relato ha sido reforzado por el director del Instituto Americano en Taiwán, Raymond Greene, que sostiene que Taiwán seguirá siendo el principal centro de gravedad de la industria, incluso mientras TSMC expande su presencia internacional.

Sin embargo, tales esfuerzos narrativos no han sido suficientes para acallar la teoría de que Estados Unidos vaciará Taiwán antes de dejarla caer en manos chinas, la cual está ganando visibilidad en algunos círculos. En enero, un análisis de ‘The Washington Post’ sostenía que, si Estados Unidos lograra reducir sustancialmente su dependencia de los chips taiwaneses hacia finales de la década, podría disminuir su disposición a asumir el riesgo de una guerra con China.

Ma Ying-jeou, expresidente de la isla y figura histórica del Kuomintang, desde hace tiempo viene describiendo las inversiones de TSMC en Estados Unidos como una forma de despojar al país de su capacidad industrial y como una especie de pago por protección que, por otro lado, no garantiza que Washington vaya a defender Taiwán ante una hipotética invasión china.

Pese al ruido de que el próximo punto caliente en la geopolítica será Taiwán, algunas especulaciones ya apuntan abiertamente a que China acabará quedándose con la isla sin derramar una gota de sangre una vez que sus activos estratégicos estén en otra parte, en sintonía con las transiciones tranquilas y ordenadas ocurridas en Hong Kong o Macao. A Estados Unidos ya no le valdrá la pena luchar por los chips porque estarán bajo control.

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