El Banco de Japón sube tipos por primera vez en 17 años pero tendrá que superar el trauma de la deflación

Fachada del Banco de Japón. | RaTT, Wikimedia
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Madrid. El Banco de Japón ha puesto punto y final a toda una época marcada por los tipos de interés negativos, pero si uno rasca un poco bajo el esmalte del anuncio, la conclusión es que podemos estar más ante un evento aislado y no ante el inicio de un ciclo de alzas de tipos.

En los últimos meses, se venían respirando cambios en la política monetaria del Banco de Japón. La entidad era el único gran banco central que seguía apostando por el dinero barato, la fórmula escogida en las grandes economías para impulsar su crecimiento ante los estragos de la crisis financiera desatada con la caída de Lehman Brothers en septiembre de 2008.

En el archipiélago seguían sin inmutarse, pese a que desde marzo de 2022 la Reserva Federal ya había empezado a subir los tipos de interés para combatir la galopante inflación tras la invasión rusa de Ucrania, el mismo motivo que llevó cuatro meses después al Banco Central Europeo a hacer lo mismo. Ignorando la escalada de incrementos del precio del dinero que emprendieron tanto uno como otro, el Banco de Japón resistía la presión, como poseído por el mismo Vercingétorix repeliendo tenazmente las incursiones romanas en la guerra de las Galias (58 a. C. y 51 a. C)

La llegada al banco nipón el año pasado del nuevo gobernador Kazuo Ueda supuso un punto de inflexión que hacía adivinar una senda diferente después de ocho años de política monetaria ultralaxa. Los matices en el lenguaje empleado en sus intervenciones, con palabras llenas de intencionalidad, apuntaban al paso del Rubicón que se materializó el pasado 19 de marzo, cuando el consejo de la entidad decidió, por 7 votos a favor y 2 en contra, subir los tipos de interés de referencia a corto plazo hasta el 0,1 %, la primera vez que esto ocurría en 17 años. También retiró otras herramientas no convencionales que aplicaba en el marco de su vasto programa de expansión monetaria fruto de su heterodoxa política, experimental incluso, de estímulos monetarios masivos vigente durante décadas. De esta forma, el Banco de Japón ha dejado de controlar los rendimientos de los bonos estatales a 10 años y ha interrumpido las compras de fondos cotizados (ETF) y de fondos de inversión inmobiliarios (REIT).

En este giro histórico ha tenido mucho que ver el hecho de que, después de mucho tiempo con una deflación enquistada, el IPC se mantiene desde hace meses por encima del 2 %, así como la subida salarial del 5,28 % pactada entre sindicatos y patronales del país. En palabras del propio banco, «se ha valorado el ciclo virtuoso entre precios y salarios, y se ha juzgado que se alcanzará el objetivo de estabilidad de precios del 2 % de forma sostenible y estable».

Japón pasa así página a casi 30 años de variaciones de precios cercanas a cero, en los que sus autoridades no dejaron de idear formas de relanzar su economía, que sufría un estancamiento crónico desde el estallido de la burbuja inmobiliaria en los años noventa, la denominada «década perdida». En ese periodo, su banco central fue pionero en el uso de medidas no convencionales, tanto de expansión cuantitativa como de orientación de los tipos de interés en el futuro, lo que le granjeó numerosas críticas de analistas y académicos. Paradójicamente, estas iniciativas posteriormente fueron incorporadas en la caja de herramientas de los bancos centrales de las economías avanzadas.

En 2016, el Banco de Japón optó por introducir los tipos de interés negativos, todo para estimular el gasto de empresas y hogares con el objetivo de hacer revivir la economía. Sin embargo, estas medidas no fueron suficientes para ahuyentar la deflación; la aceleración reciente de la inflación en Japón se debe más bien al incremento de los costes de la energía y de las materias primas a escala mundial, así como a la intermitente depreciación del yen. De hecho, y a pesar del anuncio de la subida del precio del dinero, los tipos siguen muy cerca de cero.

¿Y ahora qué pasará en la hoja de ruta del Banco de Japón? No esperemos transformaciones camaleónicas. La débil recuperación económica del país obliga al banco central a ir despacio en su normalización de la política monetaria. El pasado febrero, Japón perdió el estatus de tercera mayor economía del mundo en favor de Alemania después de entrar inesperadamente en una recesión técnica, pese a crecer un 1,9 % en 2023. La caída del Producto Interior Bruto del 0,4 % en el cuarto trimestre del pasado ejercicio se sumó al retroceso del 3,3 % registrado en el anterior, un traspiés del que los expertos responsabilizan principalmente a la devaluación del 18 % del yen respecto al dólar en los dos últimos años.

Por tanto, primará la cautela y no se prevé un endurecimiento sostenido de la política monetaria por parte del Banco de Japón, al estilo del que ha realizado la Reserva Federal para atajar la escalada de los precios. Un aumento de los tipos podría afectar al crédito bancario, lo que mermaría la financiación de las pequeñas y medianas empresas. Además, si el yen se apreciara a raíz del incremento continuado de los tipos de interés, las exportaciones niponas lo terminarían pagando. Así pues, pesa más el temor a que la economía japonesa desfallezca por enésima vez, atrapada en el gravoso bucle deflacionista que ha lastrado su crecimiento durante tantos años, un fantasma que tardará tiempo en olvidarse.

Aunque actualmente podemos decir que aquella etapa nefasta para el país ha quedado atrás, la intensidad y duración del daño que causó la deflación siguen muy presentes en el seno del Banco de Japón. Y no sería el primer banco central que arrastrara un trauma por una conmoción económica de grandes dimensiones a la hora de diseñar su política monetaria de cara al futuro. A lo largo de la historia hemos visto algunos ejemplos ya de esto.

En Estados Unidos, la sociedad sufrió los efectos perniciosos de la «Gran Inflación» de los setenta al concatenarse los mandatos de tres presidentes de la Fed cuyas políticas provocaron lacerantes subidas de precios para los hogares en un entorno complicado con la crisis del petróleo, el déficit comercial de la economía estadounidense, la Guerra de Vietnam vaciando las reservas del país o la decisión de la Administración Nixon de abandonar el patrón oro. William McChesney Martin Jr, presidente de la Fed entre 1951-1970, alentó en la recta final de su etapa al frente del banco central estadounidense un repunte de precios que duró más de una década. Su sucesor, Arthur Burns (1970-1978), también azuzó esa tendencia con sus medidas inflacionarias, mientras que el siguiente en el cargo, William Miller (1978-1979), decepcionó a los mercados financieros por los malos resultados de su enfoque monetario, que dejó como herencia una de las mayores inflaciones que se hayan visto en Estados Unidos.

Ese periodo sirvió de profundo aprendizaje para los posteriores presidentes de la Fed, que se afanaron en poner en práctica soluciones que contribuyeran al proceso de desinflación a partir de finales de los setenta. El cambio vino de la mano de Paul Volcker, cuyas políticas permitieron hacer frente al reto de la inflación, que, tras alcanzar un máximo del 14,8 % en marzo de 1980, cayó por debajo del 3 % en 1983.

La labor de su sucesor, Alan Greenspan, también fue vital en ese control de los precios. Desde 1982 a 2006 -periodo conocido como la Gran Moderación-, consiguió que la inflación tuviera una variabilidad muy baja, abriendo así un ciclo en el que se produjeron las expansiones económicas más largas y las recesiones más cortas de la historia reciente de Estados Unidos.

Esa obsesión por mantener a raya a toda costa la inflación lleva años viéndose también en el núcleo duro del BCE. Los llamados halcones -principalmente los miembros alemanes del consejo- han defendido a ultranza las políticas monetarias ortodoxas, al ser partidarios de actuar con agresividad ante esta amenaza. La huella de la hiperinflación de la República de Weimar en los años veinte del siglo pasado, que trajo como resultado la fuerte devaluación del marco, un paro masivo y, por ende, el colapso de la economía alemana, aún sigue influyendo en su fijación por mantener lo más lejos posible a la inflación. Este es, sin duda, otro caso paradigmático de cómo el miedo a que se repitan dinámicas económicas adversas o incluso catastróficas puede afectar durante mucho tiempo a la posición de un banco central.

Es lógico pensar que, actualmente, el Banco de Japón también albergue prejuicios y prefiera ser prudente de cara al futuro. El gran quebranto que ha causado la deflación durante tres décadas no puede pasarse por alto fácilmente. El problema es que el temor a ese mal endémico podría ofuscar también al banco en sus decisiones, en este caso más por la preocupación en torno al crecimiento que por la inflación.

En la mente del gobernador Ueda probablemente esté martilleando el error del expresidente del BCE Jean-Claude Trichet, quien en julio de 2008 no pudo soportar la presión inflacionista con el barril del petróleo por encima de los 100 dólares y elevó los tipos del 4 % al 4,25 %. La economía ya venía mostrando signos de debilidad, justo antes de que irrumpiera la gran recesión de 2008. Esa decisión lo único que hizo fue empeorar la situación y acabó repercutiendo en el crecimiento económico.

Por ello, cabe pensar que en el Banco de Japón no se arriesgarán a incrementar los tipos como lo han hecho en los últimos años la Fed y el BCE, ante el desasosiego que causaría hundir aún más el PIB si se pasan de frenada. Mucho tendría que acelerarse la inflación para romper con ese esquema mental. En definitiva, puede que, pese a la avalancha de titulares grandilocuentes hablando de la histórica subida de tipos en Japón y del cambio de una era, aún tengamos por delante un intervalo para nada corto en el que su banco central siga siendo la excepción a la norma.

Santiago Castillo

Periodista, escritor, director de AsiaNortheast.com y experto en la zona

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