La relación especial sino-rusa (y II): Por qué la percepción china de Rusia es distinta

Xi Jinping y Vladímir Putin, en junio de 2019. | www.kremlin.ru, Wikimedia
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Madrid. A lo largo del siglo XX, China logró cerrar, mediante procesos diplomáticos y acuerdos formales, disputas territoriales clave con otras potencias imperiales. Con Gran Bretaña, la cuestión de Hong Kong quedó resuelta con su devolución en 1997; Japón se retiró del territorio chino tras el final de la Segunda Guerra Mundial; y Francia puso término a su dominio colonial en Indochina después de 1954. En todos estos casos, el control extranjero llegó a su fin y los acuerdos posteriores establecieron de manera explícita las fronteras y el estatuto territorial.

La relación con Rusia siguió un curso distinto. Moscú conservó íntegramente los territorios adquiridos en las décadas de 1850 y 1860 y nunca aceptó una renegociación sustantiva de los tratados fronterizos. Desde la perspectiva rusa, dichos acuerdos eran jurídicamente válidos y definitivos, una interpretación que se ha traducido en la administración ininterrumpida del Lejano Oriente ruso hasta la actualidad, incluidos los krai de Primorie y los krai de Jabárovsk.

La posición de China

La China contemporánea no cuestiona oficialmente la frontera sino-rusa vigente. Esta fue reafirmada tras el colapso soviético mediante el Acuerdo fronterizo chino-soviético de 1991 y posteriormente precisada con el Acuerdo complementario sino-ruso de 2004, destinado a resolver las disputas residuales relativas a ríos e islas fronterizas. No obstante, en los ámbitos académicos y en la investigación histórica china persiste una lectura crítica del legado decimonónico. De hecho, puede afirmarse que los tratados firmados con Rusia continúan siendo caracterizados como «tratados desiguales», suscritos bajo coerción en un contexto de extrema vulnerabilidad estatal.

La noción de «territorios perdidos» sigue apareciendo de manera recurrente en la historiografía y en el discurso público chinos, no como un programa político activo, sino como un marco interpretativo que estructura la memoria histórica y condiciona, de forma sutil pero persistente, la percepción china de Rusia y de su relación bilateral a largo plazo. A este respecto, Ghosh, S.K. «Sino-Soviet Border Talks», India Quarterly, Vol. 33 (1), 1977, págs. 57–61.

A pesar de las tensiones históricas latentes, China y Rusia sostienen en la actualidad una asociación estratégica articulada, ante todo, por preocupaciones convergentes respecto al alcance global de Estados Unidos. Esta relación se expresa en acuerdos sustantivos de cooperación energética, en mecanismos de coordinación militar y en un alineamiento diplomático selectivo, visible especialmente en el seno del Consejo de Seguridad de la ONU.

Sin embargo, una parte significativa de la literatura especializada coincide en caracterizar este vínculo como esencialmente pragmático. Funcionaría en la práctica como una convergencia de intereses más que una alianza cimentada en una confianza histórica profunda o en una afinidad estructural duradera. En este marco, ciertas dinámicas demográficas y económicas -como la migración y la inversión chinas en el Lejano Oriente ruso- han generado inquietud recurrente entre analistas y comentaristas en Rusia, aunque el discurso oficial evita sistemáticamente traducir esas preocupaciones en términos de amenaza territorial.

Incógnitas en el horizonte

Desde una perspectiva de largo plazo, permanece abierta la cuestión de hasta qué punto los agravios históricos no resueltos podrían influir en la evolución futura de las relaciones sino-rusas, o si transformaciones demográficas y económicas sostenidas podrían alterar el delicado equilibrio en el Lejano Oriente.

La aparente solidez de la amistad entre ambos países descansa, por ahora, más en un pragmatismo coyuntural que en una auténtica compenetración estratégica. Un eventual cambio en la estabilidad política interna de Rusia o en su posición relativa en el sistema internacional podría reconfigurar sensiblemente esta relación. Del mismo modo, no resulta evidente cómo reaccionarían Estados Unidos y sus aliados ante un escenario de debilitamiento de la cooperación sino-rusa o, por el contrario, ante un aumento significativo de las tensiones regionales y globales derivadas de ella.

Sobre este punto, Philip Snow, en ‘China and Russia: Four Centuries of Conflict and Concord’ (Yale University Press, 2023) abarca 400 años de interacciones sino-rusas, incluidos tratados e interpretaciones del siglo XIX. Un aspecto interesante de esta obra es que analiza las experiencias y opiniones de la gente común, que a menudo diferían enormemente de las de sus gobiernos.

Pero no todo depende de estas dos gigantescas potencias. En la ecuación hay que integrar el comportamiento del todavía hegemón americano. El último juego geoestratégico de Washington denominado por la literatura especializada «Kissinger Reverse» -plasmado en la conferencia de Alaska en agosto de 2025- va orientado a una aproximación gradual hacia Moscú, en la perspectiva de ir debilitando su vínculo con Pekín. Recordemos que la Administración de Nixon, a través de Henry Kissinger, consiguió acercarse a Mao y alejar a Pekín de Moscú. ¿Conseguirá Donald Trump distanciar a Vladimir Putin de Xi Jinping? No parece muy probable ese escenario a la vista de no pocos indicios, como es la coordinación de esfuerzos entre ambas potencias en los dominios diplomático, informativo, militar y económico que está consiguiendo amplificar de forma significativa la influencia de ambas potencias en África.

En este sentido, el interesante trabajo de Bernardo González Lázaro Sueiras, «Sinergias estratégicas sino-rusas en el norte de África: aplicación del modelo de análisis del Carlisle Scholars Program», publicado en la Revista del Instituto Español de Estudios Estratégicos (Nº 24, 2025, págs. 291-321) sostiene que dicha cooperación, aun sin cristalizar en una alianza formal explícita, produce efectos sinérgicos que amplifican de manera sustantiva la capacidad de influencia de ambas potencias y desafían con eficacia los intereses occidentales en múltiples dimensiones regionales. Entre ellas destacan el control y la proyección sobre infraestructuras críticas, la extensión del poder militar y la articulación de narrativas políticas de signo abiertamente antioccidental.

Asimismo, el referido análisis apunta a que la guerra en Ucrania ha actuado como un potente catalizador de esta coordinación sino-rusa, acelerando dinámicas que ya se encontraban en gestación. Esta intensificación resulta especialmente visible en las respuestas divergentes de los países del norte de África frente al conflicto, cuyas posturas reflejan, de forma creciente, la capacidad de China y Rusia para influir en alineamientos políticos y percepciones estratégicas más allá de su entorno geográfico inmediato.

De momento China no está llevando a cabo actualmente un revisionismo territorial contra Rusia, pero la memoria histórica continúa definiendo las actitudes públicas y el pensamiento estratégico a largo plazo. En el corto y medio plazo, se impone pragmatismo y cooperación.

Pablo Sanz Bayón

Profesor de Derecho Mercantil. Analista de asuntos financieros, comerciales y regulatorios internacionales.

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