Más allá del dólar: cómo los países del Sur Global están reconfigurando las finanzas mundiales

Madrid. Gran parte del debate occidental sobre China sigue atrapado en narrativas familiares: el desempleo juvenil, el envejecimiento demográfico o la implacable transición hacia la automatización industrial. Si bien estos fenómenos merecen atención, suelen eclipsar una dinámica de mayor alcance y relevancia global: durante la última década, China ha invertido estratégicamente en la construcción de la infraestructura financiera no monetaria más extensa del mundo. Lo que inicialmente se percibió como un experimento marginal ha evolucionado discretamente en un sistema global robusto y plenamente operativo, con implicaciones profundas para la geopolítica financiera y la arquitectura regulatoria internacional.
En el epicentro de esta transformación se encuentra CIPS, el Sistema de Pagos Interbancarios Transfronterizos, concebido como la alternativa china a SWIFT. Durante años, CIPS fue considerado una curiosidad técnica; hoy, conecta a miles de instituciones financieras en casi todos los continentes y procesa decenas de billones de yuanes (RMB) cada año. Su adopción por parte de los países del BRICS, como columna vertebral de su nueva red de pagos, ha transformado un mecanismo inicialmente diseñado para facilitar el comercio centrado en China en la base de un sistema financiero global paralelo.
Este sistema opera de manera efectiva con independencia de la supervisión estadounidense y plantea desafíos regulatorios inéditos: desde la necesidad de establecer estándares de cumplimiento equivalentes a los del G20 y el Comité de Basilea, hasta la redefinición de la jurisdicción en la supervisión de transacciones transfronterizas, con implicaciones directas para la gobernanza del sistema financiero internacional.
Países de África, Iberoamérica, Oriente Medio y el Sudeste Asiático buscan cada vez con mayor determinación alternativas a un orden financiero global dominado por el dólar, cuya centralidad lo hace especialmente vulnerable a sanciones y presiones geopolíticas. Las proyecciones de las principales instituciones económicas subrayan esta tendencia: los BRICS+ podrían llegar a representar cerca de la mitad del PIB mundial a mediados de siglo, mientras que la participación del G7 podría descender por debajo del 20 %. Incluso Francia, miembro fundador del G7, ha sugerido la posibilidad de invitar a China a la cumbre de 2026, un escenario que hasta hace pocos años habría sido considerado impensable.
En el ámbito financiero, la demanda de productos denominados en renminbi (RMB) ha experimentado un crecimiento explosivo. Cada vez más estados recurren al RMB para endeudamiento, préstamos bilaterales y liquidación de transacciones comerciales internacionales. Durante años, los críticos sostuvieron que la moneda china no podría aspirar a un estatus global sin plena convertibilidad. Sin embargo, los indicadores actuales evidencian una transformación sustancial: los bancos chinos han ampliado de manera significativa sus operaciones de préstamos, depósitos y tenencias de bonos en RMB en el exterior, cuadruplicando su actividad en renminbi extraterritorial en apenas unos años.
Esta expansión plantea desafíos regulatorios y jurídicos de alcance global. Los marcos de supervisión tradicionales, diseñados en torno al dólar y regulados bajo estándares del Comité de Basilea y la Financial Action Task Force (FATF), deben adaptarse a nuevas dinámicas de riesgo crediticio y de cumplimiento en moneda extranjera. Para los países en desarrollo, la financiación en RMB se ha convertido en un instrumento estratégico para mitigar la exposición a la volatilidad del dólar y a las decisiones de política monetaria de Estados Unidos, redefiniendo de facto la gobernanza de la liquidez internacional.
Este cambio se refleja en decisiones financieras concretas y de alto impacto: Kenia, Angola y Etiopía han reestructurado préstamos significativos del dólar estadounidense al renminbi; Indonesia y Eslovenia han emitido bonos denominados en RMB; el Banco de Desarrollo de Kazajstán captó miles de millones de RMB en mercados extraterritoriales con rendimientos competitivos; y China y Corea del Sur renovaron un acuerdo masivo de intercambio de divisas, permitiendo que su comercio bilateral se desarrolle sin depender del dólar.
Estos flujos de capital son síntoma de una reconfiguración más amplia de la arquitectura financiera global, especialmente perceptible en Asia. Tras una intensa oleada de diplomacia económica estadounidense en la región, la ASEAN fortaleció discretamente su acuerdo de libre comercio con China, consolidando la integración económica regional con Pekín. La ASEAN ha sido el principal socio comercial de China durante varios años, con un intercambio bilateral que supera los 770.000 millones de dólares.
Poco después de la firma del acuerdo, Indonesia emitió su primer bono «dim sum» de relevancia en RMB, cuya demanda superó ampliamente las expectativas. Este hecho evidencia el grado de normalización que han alcanzado los instrumentos denominados en RMB en los mercados emergentes asiáticos, y plantea nuevas consideraciones regulatorias: desde la necesidad de armonizar estándares de divulgación y transparencia para bonos extraterritoriales, hasta la supervisión del riesgo cambiario y crediticio en un sistema que comienza a operar paralelamente a los marcos tradicionales dominados por el dólar.
La infraestructura institucional que sustenta esta transformación se expande con igual rapidez. Los datos de pagos globales indican que la participación del renminbi en la financiación del comercio internacional se ha cuadruplicado en los últimos años, situándose ya en el segundo lugar a nivel mundial, solo por detrás del dólar estadounidense. Los pagos transfronterizos en RMB alcanzan niveles récord, y la adhesión al CIPS abarca actualmente más de 180 países, consolidando su estatus como una plataforma viable para la liquidación internacional independiente del sistema SWIFT.
Los bancos de desarrollo de los BRICS recurren cada vez con mayor frecuencia al RMB para emitir préstamos destinados a infraestructuras multinacionales, integrando de manera práctica la moneda en la arquitectura financiera regional. Este año, China y Sudáfrica completaron el primer préstamo de desarrollo de los BRICS emitido íntegramente en RMB, un acuerdo que habría sido prácticamente imposible bajo el antiguo orden financiero centrado en el dólar. Este tipo de operaciones plantea cuestiones regulatorias relevantes: desde la supervisión prudencial de préstamos en moneda extranjera, hasta la alineación con estándares internacionales de contabilidad, gestión de riesgos y cumplimiento en jurisdicciones múltiples.
En síntesis, estos desarrollos apuntan a una tendencia inequívoca: aproximadamente una de cada doce transacciones comerciales globales se liquida ahora en RMB, y esta proporción continúa en aumento. Con el sistema de pagos de los BRICS plenamente operativo, es previsible que el ritmo de diversificación monetaria y la reducción de la dependencia del dólar se aceleren, obligando a los reguladores y supervisores financieros internacionales a reconsiderar los marcos tradicionales de riesgo cambiario, liquidez y gobernanza transfronteriza.
Para muchas economías emergentes, este momento marca el inicio de una auténtica autonomía financiera: una oportunidad histórica para desarrollarse, financiar proyectos estratégicos y realizar transacciones internacionales sin depender de una sola moneda ni de una única esfera geopolítica. Estos países conforman la columna vertebral de las cadenas de suministro globales, actuando como proveedores esenciales de energía, materias primas y productos manufacturados. Su evolución financiera no solo determinará su propio futuro, sino que tendrá implicaciones directas para la estabilidad económica mundial.
Un sistema financiero multipolar ha dejado de ser una visión abstracta o lejana. Se está construyendo de manera silenciosa, sostenida y con la participación activa de gran parte del Sur Global. La cuestión central ya no es si el dólar mantendrá su dominio, sino si el sistema financiero internacional está preparado para un futuro en el que esa preeminencia deje de ser absoluta, con todas las implicaciones regulatorias, de gobernanza y de riesgo que ello conlleva.







