La bomba de deuda japonesa vuelve a latir y amenaza al equilibrio financiero mundial (I): EEUU se estremece

Madrid. Japón se encuentra en una encrucijada que podría arrastrar al resto del mundo a una crisis colosal. Hace unos días, la rentabilidad de sus bonos a 40 años superó por primera vez el 4 %, lo que sacudió a los mercados internacionales al incrementar los costes de la deuda global. El motivo de esta virulenta reacción fue la posibilidad de que la primera ministra nipona, Sanae Takaichi, tenga una vía expedita para acelerar sus planes de estímulo con el fin de impulsar el crecimiento. Para ello, ha convocado elecciones anticipadas para el 8 de febrero, en las que busca que los votantes le otorguen un respaldo más sólido para sacar adelante su agenda, que contempla un «cambio importante de política» y que, evidentemente, tendrá un impacto significativo en las finanzas públicas del país.
En este punto, hay que detenerse en un dato insoslayable que inquieta y mucho a los inversores: Japón cuenta con una deuda superior al 230 % del Producto Interior Bruto (PIB), la cifra más elevada dentro del club de las grandes economías desarrolladas.
Takaichi, que en octubre se impuso en las primarias de su partido tras la dimisión de su predecesor Shiregu Ishiba, considerado un halcón fiscal, goza de unos elevados índices de aprobación popular, de acuerdo con las últimas encuestas, una coyuntura que ha aprovechado para intentar lograr una mayoría parlamentaria suficiente para acometer reformas estructurales sin que su formación, el Partido Liberal Democrático (PLD), tenga que negociar con la oposición liderada por el Partido Democrático Constitucional de Japón (CDP), una agrupación fiscalmente prudente. No quiere retrasos ni concesiones en temas clave como los impuestos, la defensa o la política industrial, así que ha puesto todos sus esfuerzos en priorizar el control del calendario político, en especial, en el actual escenario de inestabilidad económica.
Como es sabido, en plena campaña electoral los partidos suelen competir con sus promesas y Takaichi ha avanzado que suspenderá el impuesto del 8 % sobre las ventas de alimentos durante dos años, lo que significa renunciar a 5 billones de yenes (unos 32.000 millones de dólares, el 6 % de la recaudación fiscal prevista en el último ejercicio) en ingresos anuales para el Estado, una brecha considerable que probablemente se financiaría mediante mayor emisión de deuda. Esto aviva las dudas sobre la disciplina fiscal y es lo que ha terminado de poner nerviosos a los mercados.
Para entenderlo mejor, sería una vuelta a la política económica de Shinzo Abe -la denominada «Abenomía», basada en fuertes estímulos-, que implicaría expandir el gasto, pero, además, bajando impuestos, lo que supondría un quebranto para las arcas del Estado a ojos de economistas con una visión ortodoxa, fiscalmente conservadora y centrada en la sostenibilidad. Además, la inflación, que actualmente ronda el 3 %, lleva cerca de cuatro años superando el objetivo del Banco de Japón (BoJ) y las propuestas de mayor dispendio impulsadas por Takaichi están alimentando el temor a que esa situación acabe descarrilando después de dos décadas de deflación, el talón de Aquiles de la economía nipona durante mucho tiempo.
Para Robin Brooks, economista de la Brookings Institution, un ‘think tank’ con sede en Washington, es «profundamente irresponsable» la promesa de Takaichi de poner fin a la austeridad fiscal, que, en opinión de la primera ministra, es «excesiva».
Esta percepción ha tenido un efecto directo en los inversores, que automáticamente han pasado a exigir una mayor prima para adquirir los bonos estatales del país ante la percepción de un mayor riesgo.
Algunos expertos ya advierten de que una crisis fiscal se cierne sobre la economía japonesa, lo que sería el chispazo que encendería un incendio financiero a escala global ante lo que para algunos expertos es la confirmación de un cambio profundo en el comportamiento de los inversores tras decenios de estabilidad sostenida por la confianza en el Banco de Japón y en su capacidad para controlar los rendimientos.
«Llevo tiempo advirtiendo de que estamos en las primeras fases de una crisis mundial de deuda. Los rendimientos de los bonos soberanos a largo plazo han subido con fuerza en todas partes. Los mercados están perdiendo la paciencia con gobiernos que de forma crónica son incapaces o no están dispuestos a reducir la deuda pública. Este no es el momento de fingir que la descomunal deuda de Japón no es un problema. Negar la realidad no es un plan», afirma el propio Brooks.
A su juicio, «la negación parece ser el único plan de Japón». «Es casi seguro que el Ministerio de Finanzas (MoF) intervendrá para apuntalar el yen. Esto no puede funcionar porque el Banco de Japón sigue creando dinero para comprar bonos del Estado en cantidades significativas. Eso ejerce presión a la baja sobre el yen. Mientras eso continúe, la intervención del MoF será ineficaz. Peor aún, hace que Japón parezca incoherente: el BoJ debilita el yen al mismo tiempo que el MoF intenta fortalecerlo”, apostilla este experto.
En su opinión, la caída de la divisa japonesa, que se encuentra en su nivel más bajo frente al dólar en un año, lo que ha incrementado los costes de importación y presionado el poder adquisitivo de los hogares, indica claramente que el país se adentra en terreno de crisis fiscal y vive un «momento Liz Truss«, en referencia a la efímera primera ministra conservadora de Reino Unido que en 2022 perdió la confianza del mercado por sus agresivas políticas fiscales, un paralelismo que también han trazado entidades como Deutsche Bank, Ainvest o Bankinter.
Pero ¿por qué han saltado las alarmas de un contagio de estas turbulencias a nivel internacional? Para empezar, si los rendimientos de los bonos japoneses suben, la deuda americana será menos atractiva, lo que podría desatar repatriaciones de capital hacia Japón, principal acreedor de Estados Unidos, por parte de instituciones niponas que venderán allí activos. Esto tendría el efecto inmediato de un aumento de los intereses de la deuda americana, en un año en que en Estados Unidos vencen aproximadamente 10 billones de dólares, un tercio del total, así que la cosa no pinta bien.
Algunos detalles así lo indican. Por ejemplo, resulta llamativo que se haya conocido recientemente que Pimco, la mayor gestora de deuda del mundo, está diversificando su cartera de activos y reduciendo exposición a Estados Unidos ante las políticas impredecibles del presidente Donald Trump. Una deriva que también ha iniciado el fondo de pensiones danés AkademikerPension, que ya ha anunciado que va a vender todos los bonos estadounidenses que mantiene en cartera ante la amenaza de Washington de que en Groenlandia ondeará la bandera de las barras y estrellas por las buenas o por las malas.
Muy bien la cosa no debe andar en la primera economía del mundo cuando Trump no ha parado de presionar intensamente en los últimos meses al presidente de la Fed, Jerome Powell, para que recorte los tipos de interés con el fin de apoyar al crecimiento. Otra señal de desasosiego -o desesperación, según se mire- es que todo un secretario del Tesoro como Scott Bessent haya bajado al barro para criticar públicamente a un estratega de Deutsche Bank, George Saravelos, por decir las verdades del barquero: Estados Unidos tiene una «debilidad clave» porque depende de otros para financiarse. En concreto, el analista ha puesto sobre el tapete la realidad de que los países europeos tienen 8 billones de dólares en acciones y bonos estadounidenses que podrían vender si la escalada de las tensiones arancelarias se agrava.
Otro reputado experto también ha alzado la voz a modo de advertencia. Ken Griffin, consejero delegado de Citadel, uno de los fondos de cobertura más grandes e influyentes del mundo, acaba de asegurar en el Foro Económico de Davos que la fuerte venta de bonos del gobierno japonés debería servir como una «advertencia explícita» para que los políticos estadounidenses mejoren las finanzas del país.
La idea de «vender América» que está empezando a cobrar fuerza, y que lleva aparejada la depreciación del dólar, está generando inquietud también entre los bancos centrales de todo el mundo, que están diversificando su capital para mitigar el riesgo divisa y soberano. De ahí la vertiginosa subida del oro, que bate récord tras récord azuzado por el ingente acopio de este metal por parte de estas instituciones monetarias en este contexto. Y parece que esta coyuntura seguirá a lo largo de 2026, tal y como pronostica el banco JPMorgan, que espera que el oro alcance niveles de 5.200 o 5.300 dólares por onza a finales de este año.
El oro es considerado un refugio porque, históricamente, conserva valor cuando otros activos pierden credibilidad, especialmente en periodos turbulentos como el actual. Con este incierto panorama, el Banco Central Europeo ya ha avisado de la posibilidad de que se produzca una crisis económica y financiera ante el incremento de las tensiones geopolíticas reactivadas por las amenazas de nuevos gravámenes a Europa por parte de Estados Unidos por el tira y afloja con Groenlandia.
Pero más allá de la evolución de estos factores, Japón podría desencadenar un efecto dominó en aquellos países con elevados niveles de deuda -entre ellos, grandes economías como Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Italia o incluso España– si los mercados financieros asumen que el archipiélago tiene dificultades para hacer frente a su deuda, principalmente porque durante años se le ha considerado un instrumento de protección casi infalible frente a conmociones económicas, lo que ha llevado a muchos fondos internacionales a llenar sus carteras de estos activos de renta fija. El derrumbe de este dogma provocaría pánico entre los inversores de proporciones bíblicas.







