Conectados hasta dejar de entendernos: la advertencia del filósofo surcoreano Byung-Chul Han

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Madrid. La sociedad actual vive una gran paradoja: los algoritmos, el invento con el que tenemos acceso a una cantidad ingente de información y contenidos customizados, tienen el inquietante poder de cancelar la comunicación entre las personas. Los vídeos que vemos en cadena en nuestros dispositivos móviles nos están aislando. Los consumimos sin más, sin espacio para el debate, y la ausencia de esa conversación está atrofiando el pensamiento crítico.

El filósofo Byung-Chul Han, galardonado con el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025, y cuyo creciente reconocimiento ha alimentado algunas conjeturas de que podría optar al Nobel de Literatura junto a otras figuras como el escritor japonés Haruki Murakami, describe muy bien esta realidad en su obra ‘Infocracia’, al referirse a esta masa como «enjambres digitales» que siguen a influencers. Digamos que es la nueva religión de la era de la digitalización, que está sometiendo al mundo a un cambio radical. «El frenesí comunicativo, que ahora adopta formas adictivas y compulsivas, atrapa a las personas en la inmadurez», explica.

El smartphone nos aturde con contenidos que no tienen más razón de ser que el «atractivo de la sorpresa», lo que fragmenta nuestra percepción de la realidad. En ese caldo de cultivo cocinado 24/7, las prácticas cognitivas que nos llevan tiempo y permiten construir conocimiento quedan reprimidas porque en la sociedad digital simplemente no hay tiempo para la acción racional, arguye este pensador.

Otros intelectuales son más categóricos. El escritor Antonio Muñoz Molina advertía en una entrevista en ‘El País’ de que la vida está «mediatizada en cada instante por un totalitarismo tecnológico», lo que hace que las redes sociales ejerzan un poder devastador sobre las personas. Esta afirmación tiene que ver con que la arquitectura de las grandes plataformas da prioridad a la emoción frente al análisis y esto tiene un porqué. Los afectos son más rápidos que el raciocinio y, por tanto, no son los mejores argumentos los que prevalecen, sino la información con mayor potencial de excitación. Por eso las ‘fake news’ concitan más atención que cualquier hecho objetivo. Y lo mismo pasa con los memes, que se hacen virales a la velocidad de la luz y complican el discurso racional porque apelan a reacciones emocionales inmediatas, pensadas casi siempre para ser compartidas. La comunicación digital favorece cada vez más lo visual sobre lo textual porque al final es más eficaz a la hora de trasladar un mensaje. El resultado es que «se crean zombis del consumo y la comunicación, en lugar de ciudadanos capacitados», denuncia Byung-Chul Han.

La periodista y columnista británica Mary Harrington sostiene en su ensayo ‘Pensar se está convirtiendo en un lujo’ que la tecnología digital está erosionando destrezas cognitivas clave como la concentración prolongada, la lectura profunda y el razonamiento complejo. Su tesis es que la capacidad de pensar con profundidad -leer textos largos, mantener la atención, construir argumentos elaborados y resistir la distracción- se está convirtiendo casi en una entelequia. No dice solo que «los móviles distraen», sino que su ecosistema favorece un consumo fragmentado, adictivo y superficial de información, mientras que quienes tienen recursos culturales pueden protegerse mejor. El resultado, según Harrington, es que se está produciendo una nueva brecha cognitiva: una minoría conserva la «aptitud» para pensar de manera abstracta y matizada y una mayoría queda atrapada en una cultura cada vez más visual, escasa y simplista.

Una de las voces más citadas en la conversación sobre cómo los algoritmos de Google, Facebook y otras redes sociales moldean lo que vemos y discutimos en internet, el ensayista Eli Pariser, señala que lo que está destruyendo el espacio público es la personalización algorítmica de la red, que filtra en función de lo que parece que le gusta al usuario. Se crea así un «universo único de información para cada uno de nosotros», lo que denomina «filtro burbuja». Cuanto más tiempo pasamos en internet, más nos nutrimos de información afín a nuestra visión, lo que refuerza nuestras creencias.

Esta tendencia tampoco es nueva en nuestra sociedad, ya que siempre el lector conservador ha leído medios de derechas y el progresista, de izquierdas, por poner un ejemplo. Lo que cambia es que eso se traslada al entretenimiento a través del móvil con una intensidad extraordinaria, con lo que el alcance es mucho mayor por el tiempo que pasamos pegados a estos aparatos. La personalización de internet hace que nuestro mundo y nuestro horizonte de experiencias sean cada vez más pequeños y limitados. Nos hace miopes.

Y aquí volvemos a la idea con la que empezaba el post: esta creciente predilección por lo individual nos impide escuchar la voz del otro y anula la empatía. Las tribus digitales se encierran en sí mismas seleccionando la información que les interesa, apuntalando su identidad, dando prioridad al «yo» por encima del resto de cosas. Así, se rechaza todo discurso, todo diálogo y el entendimiento ya no es posible.

En una entrevista en ‘La Vanguardia’, Luis Rojas Marcos, profesor de psiquiatría en la Universidad de Nueva York, aseguraba que «cuando te aíslas, te apagas» y que cualquier conversación -con un vecino, con el tendero del barrio- te devuelve a la vida. Quizá ese sea el verdadero riesgo: no solo que el móvil nos robe un tiempo sin retorno, sino que nos acostumbre a un encapsulamiento aparentemente confortable bajo el falso parapeto amniótico de las pantallas luminosas. Vamos, a ser consumidores de nada y a vivir para no contarlo.

‘Sin respeto: Una crisis social’ es su último libro que saldrá a la venta la a finales de septiembre de 2026 y es un ensayo muy breve (de unas 112 páginas) donde el filósofo surcoreano analiza cómo la era digital, el narcisismo y la cultura de la optimización personal están destruyendo el respeto mutuo y la cohesión en la sociedad actual.

Carlos López Perea

Gerente de Comunicación Externa en Estudio de Comunicación

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