2026, el año de la diplomacia calculada entre EEUU y China, con el conflicto de Taiwán latente

Madrid. Si 2025 fue el año de la escalada arancelaria, amenazas de represalias y pulsos constantes por los minerales críticos entre Estados Unidos y China, 2026 apunta a ser el año de la agenda para, al menos, escenificar estabilidad en una relación bilateral compleja y estratégica entre ambas superpotencias. Esto incluye cuadrar un alambicado rompecabezas marcado por la rivalidad económica, la competencia tecnológica y la seguridad regional, especialmente en torno a temas como comercio, Inteligencia Artificial (IA) y los semiconductores, y, por supuesto, el delicado asunto de Taiwán.
La incursión de EEUU en Venezuela capturando a Nicolás Maduro al más puro estilo de una superproducción hollywoodiense, y las declaraciones del presidente Donald Trump, dejando caer que Groenlandia, Colombia, Irán o Cuba podrían correr la misma suerte pronto aderezan la ensalada diplomática que está sobre el tablero internacional. Se habla de que Trump, y el líder chino, Xi Jinping, podrían llegar a verse cara a cara varias veces, una intensidad poco habitual para dos dirigentes que hasta ahora se han esforzado más por manifestar en público su rivalidad que por mostrar gestos que apunten a una cooperación.
En concreto, el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, ha dicho que podría haber «hasta cuatro reuniones» entre ambos mandatarios. Esta dinámica de encuentros es resultado del acercamiento ocurrido en octubre de 2025 en Busan, Corea del Sur, donde los dos países sellaron una tregua comercial temporal, aunque dieron señales de «gestión de crisis» más que de reconciliación. De cualquier forma, eso abrió el camino a nuevas reuniones más adelante.
Esta sucesión de citas recuerda a momentos clave de la Guerra Fría, en los que se abrieron ciclos diplomáticos similares entre Richard Nixon y Leonid Brezhnev (1972-1974) o entre Ronald Reagan y Mijail Gorbachov (mediados y finales de la década de los ochenta) en contextos de competencia extrema en la carrera nuclear y la confrontación ideológica, en los que la frecuencia de cumbres fue indispensable para construir confianza, acuerdos y reglas de interacción. Aunque la era actual no es una Guerra Fría clásica, la interdependencia económica y la competencia tecnológica entre Estados Unidos y China crean una dinámica en la que este patrón ayuda a gestionar tensiones estructurales y evitar crisis inesperadas.
Lo que ya conocemos es que Trump aceptó una invitación para viajar a Pekín en abril de 2026 y, en paralelo, Xi haría una visita de Estado a Estados Unidos en meses posteriores. Ocasiones de grandes cumbres multilaterales no van a faltar en 2026: China albergará APEC 2026 y Estados Unidos será anfitrión del G20 2026 en Miami, escenarios naturales para una diplomacia de alto voltaje.
Tanto apretón de manos tiene un propósito claro que no es otro que pasar de un escenario de confrontación impredecible a una «rivalidad administrada». El Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) ve esta deriva como una transición hacia una etapa de «estabilización». No estamos hablando de amistad, sino de promover mecanismos que impidan conflictos comerciales y que la tecnología se convierta en un arma arrojadiza que aboque a ambos países a choques sistemáticos. Es una manera de evitar accidentes de consecuencias fatales, para ser más claros.
Eso no significa que ambas potencias dejarán de competir por la supremacía tecnológica con todas sus fuerzas. ‘Financial Times’ ha descrito cómo Washington mantiene sus acusaciones sobre prácticas «injustas» en el ámbito de los semiconductores, aunque posponga aranceles. Por tanto, lo más sensato es pensar en un reajuste del termostato, no un rediseño de las relaciones geopolíticas entre las dos principales economías del planeta.
Sin embargo, este reenfoque de la situación se realiza desde prismas distintos. Mientras que para Trump subyace una lógica puramente transaccional, aflojando la presión arancelaria para conseguir frutos en la negociación con China en aspectos como las compras agrícolas o el fentanilo, para Xi la estrategia parece más a largo plazo y busca proyectar paciencia, no cesiones. En el fondo no está renunciado a objetivos industriales en el terreno de la tecnología, la autosuficiencia energética o las exportaciones, simplemente es un ejercicio de gestión del riesgo económico.
Algunos analistas interpretan esto como un intento de evitar que otra escalada arancelaria deteriore aún más el comercio global, en especial, de cara a reuniones de alto nivel que se celebrarán en 2026 y negociaciones más profundas que podrían producirse. Según ha señalado Reuters, tras los sobresaltos de 2025, la incertidumbre de cara a 2026 empuja hacia fórmulas de «tregua imperfecta». El coste que traería un nuevo rifirrafe comercial para el crecimiento económico y para miles de empresas en todo el mundo podría ser inabordable. El banco estadounidense Morgan Stanley ha advertido de que la primera economía del mundo ha empezado a internalizar el efecto de las tarifas existentes -por ejemplo, a través de aumentos de precios al consumidor- y que un repunte adicional de aranceles podría complicar aún más la situación macroeconómica en 2026. La firma sugiere que no habrá prisa por incrementar estos gravámenes de aquí a las elecciones legislativas de 2026 en Estados Unidos, precisamente por temores a que se den efectos adversos en la inflación y el empleo.
Como ejemplo de esta relajación pactada, los nuevos aranceles sobre semiconductores han sido pospuestos hasta al menos 2027, lo que reduce la probabilidad de una escalada inmediata entre Estados Unidos y China. En suma, los expertos ven los aranceles no como política final, sino como una herramienta de negociación y solo volverían a estar sobre la mesa si las condiciones geopolíticas o económicas cambian radicalmente.
De ahí que la sensación generalizada es que 2026 será el año de la pausa estratégica mientras continúan sotto voce las conversaciones entre Trump y Xi centradas en los intereses domésticos de cada país. La contención arancelaria prevista para 2026 no implica una renuncia al proteccionismo, sino un uso más selectivo y calibrado, y, con todo, el riesgo de que los aranceles vuelvan a intensificarse no ha desaparecido, sino que queda latente y ligado a la evolución de la relación bilateral. Expertos de institutos como Brookings o el Peterson Institute subrayan que cualquier deterioro serio -en tecnología, la cuestión de Taiwán o seguridad regional- podría reactivar rápidamente el recurso a las tarifas.
Las reuniones entre Xi y Trump en 2026 pueden servir para poner límites al conflicto y ganar previsibilidad, pero lo que parece evidente para los analistas es que ambos líderes buscan ganar tiempo, estabilidad y margen de maniobra en sus propios países, más que una reconciliación económica profunda.
En cualquier caso, en esos encuentros Taiwán, la isla rebelde que China quiere reintegrar en su territorio desde hace décadas, será la caja de Pandora que deberá abrirse con mucho tiento por ambas partes. La política exterior china tiene un interés central en este aspecto y el gigante asiático ha reiterado ese compromiso incluso en su diálogo con Estados Unidos. De hecho, esta posición china genera constantes tensiones con Washington.
En diciembre de 2025, Estados Unidos aprobó un paquete histórico de venta de armas a Taiwán valorado en más de 10.000 millones de dólares, lo que ha tenido como respuesta sanciones chinas. Esto demuestra que esta pugna está activa entre las dos grandes potencias. Algunos funcionarios chinos han señalado que Xi podría pedir a Trump una declaración pública más clara de su postura respecto a la independencia de Taiwán o su «unificación» con China. Esto, sin duda, genera inquietud entre los asesores de Trump y hace pensar que las reuniones podrían toparse con momentos complicados en los que los equipos diplomáticos tendrán que emplearse a fondo. Y la solución aquí no será una operación militar a la caribeña. Trump sabe con los bueyes que ara al otro lado del Pacífico.







