Power of Siberia 2 (I): Rusia y China redefinen el mapa energético internacional

Madrid. A principios del pasado septiembre, Rusia y China alcanzaron un acuerdo para firmar un memorando vinculante que da luz verde a la construcción del «Power of Siberia 2» (PS2), un gasoducto de 6.700 kilómetros de longitud que, sobre el papel, llevará ingentes cantidades de gas natural ruso desde la península de Yamal, en el noroeste de Siberia, al norte de China. Esta infraestructura se considera el mayor proyecto mundial en el sector gasista tanto por tamaño como por inversiones, aunque, de momento, está rodeada de un espeso halo de incertidumbre sobre si realmente se acabará materializando.
El acuerdo es estratégico para Rusia, que busca diversificar sus mercados de exportación de gas, reduciendo su dependencia de los gasoductos hacia Europa y fortaleciendo su presencia en el mercado asiático, un aspecto que cobra especial importancia tras las sanciones occidentales impuestas por invadir Ucrania en 2022.
En cualquier caso, si el proyecto sigue adelante, significará una alteración muy importante en el mapa del comercio de gas natural internacional, en el que Rusia saldría reforzada como un proveedor de energía clave en Asia, particularmente hacia China, India y otros países del sudeste asiático. Esto podría suponer un punto de inflexión en la geopolítica, ya que desplazaría una parte importante del comercio global de gas hacia la región Asia-Pacífico. Las consecuencias en los precios a escala mundial podrían ser notorios, ya que se introducirían tarifas más competitivas que modificarían las dinámicas de los mercados internacionales, especialmente para los compradores de gas natural licuado (GNL).
En clave política, esta iniciativa es una oportunidad para Moscú y Pekín de apuntalar sus estrechos vínculos frente a Estados Unidos, con cuyo dominio energético a escala mundial quieren acabar. Algunos expertos lo califican de una «declaración de independencia» de la hegemonía de la primera economía del mundo en este mercado. Estados Unidos es el mayor exportador de GNL en el globo, con un promedio de 336,97 millones de metros cúbicos al día en exportaciones en 2024. Su gas llega a 48 países de cinco continentes.
Según informaciones recientes publicadas en el ‘Financial Times’, Rusia ya está comenzando a planificar la fabricación de tuberías de gran diámetro para el Power of Siberia 2 y se han producido reuniones con proveedores nacionales para preparar el proyecto. De acuerdo con el diario británico, ingenieros de la compañía energética estatal Gazprom han empezado a elaborar documentación con detalles técnicos, lo cual constituye una señal de que no se trata solo de un acuerdo político anunciado con fanfarria a la comunidad internacional en un contexto de rivalidad entre China y Occidente, sino que sugiere que, al menos por parte rusa, hay voluntad inequívoca de comprometerse con la construcción física del conducto. Estos trabajos iniciales reflejan que Rusia lo ve viable pese a los riesgos financieros y geopolíticos.
Algunos medios rusos ya han informado de que Gazprom está construyendo tramos que eventualmente podrían formar parte de PS2 si se realiza el proyecto, pero que también podrían servir a los mercados locales si no se concreta. Las obras no significan que se haya alcanzado un acuerdo sobre condiciones clave, como precio y términos de suministro, básicamente porque China no tiene prisa por construir el gasoducto, dado que Rusia ya suministra gas a Pekín a través de otro tubo más corto, el Power of Siberia 1, operativo desde 2019. Para más señas, en la misma reunión de septiembre, ambas partes acordaron aumentar el suministro por esa vía de 38.000 millones a 44.000 millones de metros cúbicos por año.
El pacto, que sienta las bases del Power of Siberia 2, fue anunciado por el CEO de Gazprom, Alexéi Miller, tras una reunión trilateral en Pekín entre el líder chino, Xi Jinping; el presidente ruso, Vladimir Putin, y el presidente de Mongolia -país por el que pasará el gasoducto-, Ukhnaagiin Khürelsükh, y permitirá al gigante asiático pagar un precio inferior al que Moscú cobra hoy a sus clientes en Europa, según señaló entonces la agencia TASS.
La firma del memorando, que se produce después de años de indecisión entre ambos países, no estuvo exenta de escenificación cuidada, en la que Putin y Xi mostraron conexión y afinidad sin fisuras. Fue una manera de lanzar un mensaje claro al presidente estadounidense, Donald Trump: «Tus sanciones no nos intimidan; tenemos un plan B con el gas natural licuado».
Aquel encuentro pretendía subrayar el acercamiento entre las dos potencias a costa del creciente enfrentamiento con Estados Unidos, un interés común que ha permitido superar viejos recelos y tensiones históricas. En este escenario, los dos líderes evocaron en su cita momentos de mayor fraternidad, como cuando sus países se aliaron en la Segunda Guerra Mundial o durante la liberación de los territorios chinos ocupados por Japón. En definitiva, mostrando al mundo un ejemplo de buena vecindad, una colaboración estratégica integral y una cooperación que beneficia a ambas partes de manera recíproca.
Algunos expertos vieron el anuncio como una «estrategia de distracción» que proporcionaba, en particular a Rusia, una victoria política sin compromisos financieros inmediatos. Se comunicó poder y colaboración sin que los contratos estén plenamente ejecutados. Mientras, el proyecto está en el debate público, con grandilocuentes titulares que hablan de «alianza estratégica», al tiempo que los institutos de análisis internacionales entran al trapo dedicándole amplios artículos al tema. Esto también responde a una estrategia clara de generar expectativas para las audiencias de ambos países, así como para inversores internacionales.
Más allá de toda esta parafernalia, los efectos económicos para Estados Unidos podrían ser notables si la cosa no se queda únicamente en una escenificación fatua. Sus ventas de gas al exterior podrían resentirse, dado que China podría terminar comprando menos en el mercado global, lo que repercutiría en los precios. En 2024, China se consolidó nuevamente como el mayor importador mundial de GNL, la tercera vez que ocurría desde 2021, al comprar aproximadamente 79 millones de toneladas métricas de GNL y 71.000 millones de metros cúbicos de gas a través de gasoductos. Según la Administración de Información de la Energía de Estados Unidos, el año pasado China adquirió alrededor de 2,5 veces más gas de Rusia que de Estados Unidos, mientras que en febrero de 2025 China cortó en seco sus importaciones de GNL estadounidense después de que se impusieran aranceles que llegaron a alcanzar el 49%.
Se puede interpretar, por tanto, que, aunque el anuncio de Power of Siberia 2 en septiembre tiene elementos claros de efectismo y señal política, no es todo pura propaganda. La intención entre ambas partes es real, pero con muchas condiciones pendientes.
Power of Siberia 2 transportaría hacia China en principio durante 30 años 50.000 millones de metros cúbicos al año, en comparación con los hasta 180.000 millones de metros cúbicos al año que se enviaban a Europa, lo que significa que el nuevo gasoducto solo podría compensar una parte del negocio perdido.
Con todo, para Rusia este flujo energético tendría un impacto relevante. De acuerdo con el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), un instituto de análisis con sede en Washington, «si se hace realidad, el proyecto del gasoducto Power of Siberia 2 reafirmaría el peso estratégico de los recursos rusos tras la invasión de Ucrania en 2022, incluso mientras Estados Unidos y Qatar dominan sus respectivas esferas: el GNL estadounidense principalmente hacia el Atlántico y el GNL catarí hacia el Pacífico».
Con esta infraestructura, Rusia podrá sustituir en parte una fuente de ingresos vital después de cinco décadas en las que ha vendido gas natural a Europa, una relación comercial que se ha roto tras las sanciones. En este momento, aún sigue llegando gas ruso al Viejo Continente, pero la Unión Europea quiere dejar de recibirlo por completo en 2027, después de que la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, anunciara el 19 de septiembre el decimonoveno paquete de sanciones a Rusia, que incluía, entre otros puntos, adelantar en un año la fecha prevista para poner fin al suministro de gas más de tres años después de la invasión.
Hasta ahora, este paso se había contemplado como excesivamente complicado, dado que los contratos que las empresas europeas habían cerrado con compañías rusas les vinculaban para varias décadas y su incumplimiento podría generarles un significativo perjuicio económico. Pero, además de la presión de Trump para que sus metaneros incrementen los cargamentos hacia Europa, ha pesado más el hecho incontestable e incómodo de que con las compras de gas ruso se seguía financiando la capacidad armamentística de Putin, incluidos los drones que están violando el espacio aéreo de algunos países del este de Europa, en una coyuntura en la que se percibe como real la amenaza de una agresión por parte de Rusia. Así, el Consejo de la UE parece decidido a ofrecer la protección necesaria para que las empresas no tengan miedo a las represalias si dejan de atender a los contratos.
La Unión Europea ahora mira a Estados Unidos, a quien ha prometido adquirir volúmenes multimillonarios de gas en el marco de su acuerdo comercial, en un intento casi a la desesperada por hacer revivir su maltrecha economía, lastrada por la otrora locomotora alemana, hoy un gigante con pies de barro. Recientemente, la Oficina Federal de Estadísticas germana (Destatis) ha confirmado que el Producto Interior Bruto del país se estancó en el tercer trimestre tras haberse contraído un 0,2% en el segundo. Los analistas constatan que Alemania está ante la parálisis económica más prolongada que experimenta desde la Segunda Guerra Mundial, un indicio más de que el mundo se encamina hacia un escenario global con contrapesos y relaciones de fuerzas muy diferentes a las que había hasta ahora.







