El caos de Trump siembra el desorden geopolítico mundial y China y Rusia se benefician

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Madrid. Donald Trump sigue con sus ultimátums y cambios de opinión con resultados ineficaces para terminar la guerra contra Irán que el propio presidente estadounidense comenzó. Pero el brutal régimen de los ayatolas sigue operativo por desgracia para la inmensa mayoría del pueblo iraní y sin que se vislumbre una sublevación popular como era el objetivo de Trump. Los precios del petróleo se disparan, el estrecho de Ormuz sigue bajo la batuta de Teherán, mientras chinos y rusos contemplan el desgaste de Estados Unidos en una guerra que al igual que hizo Rusia con Ucrania iba a ser asunto de dos días.

Donald Trump ni cede ni quiere reconocer que una victoria como deseaba está lejos de la realidad. De hecho, ha solicitado al Congreso de EEUU un incremento del gasto militar hasta alcanzar los 1,5 billones de dólares para el ejercicio de 2027, una monumental cifra que supone casi el PIB anual de Turquía, pero que al mismo tiempo mermará aún más las necesidades prioritarias de los estadounidenses que ven en esta guerra como sus bolsillos se vacían mientras la popularidad de Trump sigue bajando con «tintes muy alarmantes» para las elecciones del próximo 3 de noviembre a la Cámara de Representantes que podrían ganar los demócratas.

Tampoco sale mal parado Corea del Norte de esta contienda bélica entre iraníes y estadounidenses. Pyongyang ha ganado credibilidad y seguridad interior. El régimen de Kim Jong-un vive una de las etapas más prósperas de los últimos 30 años. De hecho, el también presidente del Comité de Asuntos de Estado norcoreano ya tiene su plan para priorizar el desarrollo nacional y una «realidad llena de optimismo y confianza en el futuro» prometiendo mejorar el nivel de vida de sus ciudadanos. La alianza con Rusia y un mayor control estatal, marcando una de sus fases más estables en tres décadas a pesar de las sanciones internacionales, consolidan su economía y seguridad.

Una seguridad del régimen, con el soporte nuclear, que permite a su líder, Kim Jong-un, afrontar cualquier tentativa de EEUU o de su vecina del Sur, cuyo presidente, Lee Jae-myung, no deja de ofrecer a Corea del Norte todas las perspectivas posibles para un acercamiento más armonioso y sobre todo de más confianza. Kim no teme a Donald Trump. Pues lo que ha hecho con Irán no lo podría hacer con Pyongyang, y eso que la Casa Blanca insiste en reunirse con el líder norcoreano para hablar de su desarrollo nuclear, pero Kim ya le ha dicho que este asunto es innegociable, y ahora más cuando tiene el apoyo de Rusia e incluso de China. ¿O se atrevería Trump a bombardear las instalaciones nucleares norcoreanas?

Una mayor confianza del régimen norcoreano con Corea del Sur y con los Estados Unidos de Trump le proporcionaría a Kim Jong-un unas incomodidades que podrían repercutir en la actual estabilidad política de Corea del Norte, cuyo régimen sigue en su guerra con su vecina del Sur y con EEUU, enemigos perennes que nunca perjudican los objetivos de Pyongyang. Corea del Sur, pese a que acaba de adelantar en dos años, para 2029, el despliegue de un sistema interceptor autóctono, similar a la Cúpula de Hierro de Israel, con el fin de contrarrestar mejor las amenazas de la artillería norcoreana de largo alcance, ofrece desde que Lee asumirá la Presidencia del país, en junio pasado, todo tipo de contactos y diálogos, pero la desconfianza de Pyongyang no desaparece y eso que últimamente ha reconocido buenos gestos de Seúl tras los elogios recibidos al mostrar su preocupación por la incursión de drones de civiles en territorio norcoreano. Y lo mimo podemos decir de Trump. Kim no toca el asunto nuclear, aunque le ofrezcan el levantamiento de las sanciones.

Precisamente la confianza es un sustantivo que también ha sido usado en la guerra de Irán, pues al monumental caos organizado por Donald Trump en la mayor crisis del siglo XXI, la «confianza» se ha ido «al garete», se ha roto todo, una posición objetivada con características múltiples y con resultados inciertos e inestables en la geopolítica mundial.

China es el verdadero vencedor y también Rusia, pero ahora Pekín e incluso tendrá menos prisas que antes por quedarse con Taiwán, sabe que ya puede hacer lo que quiera, pero no le será fácil, Taiwán no es Ucrania ni tampoco por ahora a Pekín le interesa un nuevo conflicto bélico de consecuencias trágicas. Siempre será el año 2049 la fecha tope para la «Gran China».

Europa depende de Ormuz para el 40 por ciento de su petróleo. Los países del Sudeste Asiático dependen más de Ormuz, una quinta parte del mundo global perjudica al Sudeste Asiático. La guerra no termina y Trump está cada vez más nervioso, pues los demócratas pueden noquear a los republicanos si pierden el control de la Cámara de representantes.

Y mientras China pide junto Rusia «un alto el fuego inmediato en Oriente Medio y diálogo para resolver el conflicto iraní», la guerra entre las dos primeras potencias mundiales se extienden en la conquista del espacio lunar, que representa una posición estratégica, pero quien controle la Luna, controlará el mundo en los próximos cien años. La Luna ya es el nuevo escenario de la carrera espacial entre Estados Unidos y China, que observa desde la distancia cómo EEUU se «debilita» en su guerra con Irán, al igual que ocurrió con Rusia en su invasión a Ucrania, que acaba de firmar con Pekín, en medio de la guerra con Rusia, un protocolo para la exportación de harina de trigo ucraniana al mercado chino.

China es cada vez más fuerte viendo como rusos y estadounidenses tienen y tendrán escenarios nada desfavorables a la República Popular China, que aspira a ser la primera potencia mundial, de ahí que por ahora Pekín, tras los avatares bélicos de rusos y estadounidenses en sus respectivos conflictos bélicos, no le interese por ahora embarcarse en una «hipotética» invasión a Taiwán.

La lucha por la hegemonía mundial continuará. EEUU, pese a los ataques a la OTAN, no se irá de la Alianza Atlántica. China ve con preocupación la militarización de Japón y su apoyo al statu quo de Taiwán. Israel destroza el sur del Líbano, ya se cargó Gaza, mientras Irán ya no será la potencia regional de antes de la guerra, pero Hezbolá, Hamás y los Hutíes, todos apoyados por Teherán, tendrá menos operatividad, dado que el apoyo económico y militar de Irán no será como antes. La Guardia Revolucionaria protege al régimen iraní, Venezuela se fue Nicolás Maduro, pero, salvo el petróleo, casi todo sigue igual, Ucrania se debilita ante Rusia por las guerra en Oriente Medio, Europa hace lo que puede, y Afganistán, un régimen feudal al que se le permite todo, se enfrenta en un duro conflicto bélico, a Pakistán, que se ha ofrecido como mediador entre Irán y EEUU.

La globalización está tocada a fondo. La geopolítica mundial estancada por las decisiones unilaterales, dejando arrinconado el multilateralismo y ahora ver si el reto central del Indo-Pacífico en la próxima década será encontrar el equilibrio entre la disuasión y la diplomacia que permita convivir con la competencia sin caer en el conflicto, una zona de alta tensión geopolítica marcada por la lucha de influencia entre Estados Unidos y China. La guerra de Irán no ha sido indiferente a China. Y las tensiones en el mar de China Meridional y Oriental junto a Taiwán ocupan un espacio geoestratégico de enormes dimensiones e intereses.

EEUU y China tienen entre sí el desafío no sólo de liderar orden mundial, sino si las dos primeras potencias serán capaces de entenderse en su propia rivalidad que conlleve a la preservación de la estabilidad mundial.

Santiago Castillo

Periodista, escritor, director de AsiaNortheast.com y experto en la zona

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