La crisis demográfica de Japón eclipsa su sol económico

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Madrid. Japón, la tercera economía mundial, «está a punto de colapsar como sociedad», anunció el primer ministro nipón, Fumio Kishida, a mediados de enero. «Es necesario actuar ya», recalcó. Las declaraciones alarmistas se deben a la difícil situación demográfica del archipiélago japonés, que no consigue aumentar su población de forma natural.

Japón es el país más longevo del mundo y ocupa la segunda posición en la lista de países con más porcentaje de ancianos, después de la ciudad-Estado de Mónaco. Más del 30 % de la población nipona se encuentra sobre la edad de jubilación (65 años). Al mismo tiempo, la natalidad lleva por debajo de la tasa de reemplazo (2,1 hijos por mujer) desde los años 70, lo que causa la reducción de mano de obra joven que entra el mercado cada año. La población de la nación insular va en disminución desde 2010.

Así, la disparidad entre la cantidad de pensionistas y la población joven que supuestamente tiene que sustentarlos lleva a una creciente presión sobre el vasto estado social japonés, que no puede no preocupar a los políticos en Tokio. Junto con el lento crecimiento del PIB y la baja inflación, los problemas demográficos contribuyen al estancamiento económico de la antigua locomotora del noreste asiático.

La solución propuesta por el Gobierno actual de Kishida son incentivos monetarios para las familias y la expansión del presupuesto en políticas al respecto. Esto le seguirá a múltiples medidas introducidas a lo largo de las últimas décadas que, sin embargo, no consiguieron alcanzar el anhelado incremento de natalidad. Las ayudas económicas suelen ser medidas a largo plazo, que si es que surten efecto, lo hacen décadas más tarde. Además, Japón necesita un incremento considerable de nacimientos para parar el descenso poblacional. Según las predicciones de la ONU, para 2050 la población nipona caerá por debajo de los 109 millones, mientras que los propios japoneses son incluso más pesimistas: el Gobierno vaticina un bajón de 25 % a mediados del siglo.

La solución obvia a primera vista es la inmigración. Al igual que los países desarrollados de Europa y América, Japón podría rellenar su déficit de mano de obra con extranjeros: filipinos, indios, pakistaníes, etc. Así el país conseguiría recalibrar la balanza de edad y aliviar la presión sobre el estado social. Además, podría revitalizar la economía y ayudaría a ocupar los puestos de trabajo de baja cualificación. No obstante, la solución no sería una panacea, ya que Tokio tendría que lidiar con los problemas de integración de diversas culturas y de la posible respuesta del ala más nacionalista de la sociedad, cuestiones por ahora ajenas al espectro político nipón.

Aunque múltiples expertos (entre ellos ‘think tanks’ como el CSIS o Center for Strategic and International Studies) apuntan a los inmigrantes como posible solución de la crisis, parece poco probable que el Gobierno conservador del Partido Liberal Demócrata esté dispuesto a ceder en su agenda nacionalista. Japón fue históricamente una nación aislada de las civilizaciones del noreste asiático, lo que contribuyó a su común antipatía hacia los extranjeros. Desde la época del shogunato, cuando la junta militar que gobernaba el archipiélago solo permitía la entrada al país a los holandeses, ya que estos no traían misioneros en sus barcos, hasta los días de hoy, el país del sol naciente casi no fue visitado por extraños.

Las restricciones para el asentamiento de extranjeros en el país son conocidas por su dificultad. Japón es uno de los países de la OCDE con menos porcentaje de inmigrantes (1,6 %). Esto significa que Kishida por ahora apuesta por los japoneses, esperando que sus llamamientos no hayan sido en vano.

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Economía y Estudios Internacionales de la Universidad Carlos III de Madrid

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