El coronavirus contraataca en China

Vista de Shanghái, en China.
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Madrid. La pandemia de la COVID-19 surgió a finales de 2019 en la ciudad de Wuhan, en China. En 2022, cuando parecía que el cataclismo sanitario ya era algo del pasado, la ciudad más grande del gigante asiático, Shanghái, se encuentra de nuevo bajo duras restricciones. Durante la última semana las autoridades locales detectaron más de dos mil casos diarios. Mientras tanto, desde comienzos de marzo los contagios en todo el país incrementaron repentinamente, alcanzando los 27.000 el 27 de abril.

Además, el Gobierno chino hizo pública por primera vez desde abril de 2020 la mortalidad por coronavirus. Desde el 1 de marzo de 2022 fallecieron 287 personas, 285 de las cuales fueron en Shanghái.

Para evitar que la catástrofe de magnitud planetaria se repita, Pekín impuso una severa cuarentena, aislando totalmente Shanghái y otras ciudades (o distritos, por ejemplo, en el caso de Pekín) del mundo exterior y convirtiéndolas en auténticos guetos, habitados solamente, de puertas afuera de las viviendas, por personal sanitario con sus batas blancas. Esta política recibió el nombre de «COVID-Cero».

La política «COVID-Cero» presupone una tolerancia nula ante cualquier brote del virus. El Estado chino usa toda su maquinaria administrativa para evitar que la enfermedad se esparza como la pólvora. Mientras la mayoría de los países que optaron por la mano dura contra la pandemia en 2020 (como Corea del Sur, Singapur, Japón, Australia, etc.) renunciaron ya a esta estricta estrategia debido a su alto coste tanto económico como político, Pekín no piensa abandonar esa estrategia.

El precio que tiene que pagar la segunda economía mundial se hace cada vez más alarmante. Aparte de intentar sustentar un complicado balance geopolítico con la guerra en Ucrania, el Gobierno debe lidiar con la disminución de las inversiones, causada por la incertidumbre y riesgos que trae consigo tal política radical. Ni las empresas multinacionales ni los bancos chinos pueden estar seguros de que su dinero invertido en una fábrica en Shanghái, Nanjing o Pekín se eche a perder al verse obligada a cerrar cualquier día por las medidas draconianas que prohíben el desplazamiento de los consumidores. Solo los sectores esenciales (supermercados, farmacias, etc.) y algunas empresas (como Tesla) tienen permitido seguir operando, pero la producción se verá severamente dañada, ya que muchos trabajadores que viven en los suburbios o en otras ciudades simplemente no podrán llegar físicamente a sus puestos de trabajo.

Por eso, algunas fábricas acomodan a sus empleados en su territorio para evitar perder mano de obra. Esto las convierte en una especie de «burbuja»: uno se levanta y se va a la cama en su puesto de trabajo. Puede parecer una forma extremadamente eficiente de producción, pero las condiciones de vida en este escenario son precarias: los empleados de la firma taiwanesa Dongguan Fuqiang Electronics durmieron sobre cajas de cartón durante una semana sin la posibilidad de ver a su familia, que se encuentra confinada en casa. Muchas firmas en otras ciudades chinas (como Foxconn, la mayor proveedora de Apple), que no fueron aún alcanzadas por el virus, están preparando dormitorios para acomodar a sus empleados en caso de que sea necesario. Un lujo que pocas compañías pueden permitirse.

Mientras tanto, es importante recordar que Shanghái es la ciudad más poblada de China con más de 22 millones de habitantes, además de ser considerada el mayor puerto del mundo. Por la perla china pasa una quinta parte de todas las exportaciones chinas y alrededor del 2,2 % del comercio mundial. Aunque el confinamiento no restringiera la entrada de los barcos a la ciudad, el transporte se retrasará varios días, ya que los camiones que transportan las mercancías no pueden entrar en la ciudad. Una verdadera constelación de barcos se está formando alrededor de la ciudad portuaria a causa de los retrasos.

Con regiones enteras bloqueadas, se quiebra la red de suministros, dejando fábricas sin recursos para producir y minas sin demanda que satisfacer. Según el banco japonés Nomura, la crisis causada por el aislamiento de Shanghái puede ser incluso peor que la de Wuhan, ya que el antiguo cantón no solo es el centro financiero del país, sino que ocupa también una posición estratégica en el estuario del río Yangtsé, el río más largo y caudaloso del continente. La ciudad es el centro de la industria textil y la de semiconductores.

Este mismo banco japonés es escéptico en cuanto a las perspectivas de crecimiento chino este año. A comienzos del año el Gobierno chino puso la meta de 5,5 % de crecimiento, mientras que el banco japonés discrepó, considerando la cifra de un 4,3 % anual más cercana a la realidad. Aun así, después del confinamiento de Shanghái, la empresa nipona bajó sus expectativas a un 3,9 %, la cifra más baja desde 1990 (excluyendo 2020). El Fondo Monetario Internacional (FMI) no es tan radical en su pesimismo: según él, China crecerá un 4,4 % en vez de al 4,8%, como se preveía anteriormente. Con la crisis causada por la bancarrota de la empresa inmobiliaria Evergrande, la complicada situación política y este nuevo golpe asestado por la pandemia, las inversiones en el gigante asiático pueden verse especialmente amenazadas.

La COVID-19 propina un duro golpe a la población china, también atacándola por dos frentes: el empleo y el coste de vida. El paro alcanzó un 5,8 %, el nivel más alto desde mayo de 2020. Además, la inflación ronda alrededor de un 2 %, impulsada por los elevados costes de producción y transporte. Los precios de los productos suben, mientras que los ingresos bajan ante una mayor volatilidad del mercado. Estos factores pueden afectar fuertemente al consumo privado de la población, lo que dificultará la recuperación económica. El mercado inmobiliario, que ante el creciente poder adquisitivo de los chinos tuvo su auge en los últimos años, se enfrenta al riesgo de quedarse sin demanda.

¿Por qué Pekín sigue con esta política draconiana? El motivo es principalmente político. El Partido Comunista liderado por Xi Jinping pretende mantener la imagen de un gobierno eficiente que se preocupa por su población. Las bajas tasas de mortalidad por coronavirus (alrededor de 5.000 en total) permiten a Pekín presumir del éxito de su estrategia sanitaria, comparándola con la estadounidense, por ejemplo, donde falleció casi un millón de personas. La estadística china es difícil de comprobar. AL igual que en 2003 con el brote de la SARS, los datos de la cantidad de contagios y muertes no se publicaban durante varios días. Después, las cifras pegaban saltos repentinos de repente, consiguientemente bajando a cero. En cualquier caso, el precio económico de la política «COVID-cero» es muy alto, pero para el Gobierno chino los beneficios superan los costes.

En definitiva, China es el último país del mundo que se adhiere a la estricta táctica «COVID-cero». Mientras el mundo abre sus fronteras, el gigante asiático fortifica su telón. Aunque esto evite millones de contagios, el impacto económico no puede ser ignorado. Las cadenas de suministro quedan paradas, la producción se estanca. La guerra en Ucrania sigue su rumbo sin fin visible en el horizonte.

China, el origen de la pandemia que ha maniatado al mundo durante dos años, vuelve a hacer temblar al planeta con su política de prevención confuciana. Más vale prevenir que curar. La pregunta es si en esta ocasión será una falsa alarma o el adelanto de una nueva ola pandémica que socave la recuperación occidental, ya lastrada por el antagonismo con el Kremlin y la posible renuncia a finales de año a las importaciones del gas ruso.

Si es una falsa alarma, bienvenidas sean las precauciones chinas. Si el virus vuelve a confinar al mundo, China tendrá que responder por ello, tanto política como económicamente.

 

Iván Ortega Egórov

Estudiante de Relaciones Internacionales de la Universidad Carlos III, de Madrid

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