Tokio 2020 (II): La travesía de Hasekura

El samurái Hasekura Rokuemon.

Fue el deporte, el arte patentado por la Grecia antigua para los Juegos, renacidos por el empeño del francés Pierre de Coubertin, la llave evangelizadora que los occidentales utilizaron en la conquista definitiva de un país para ellos desconocido, descubierto por los portugueses, que había rechazado durante cuatro siglos las ideas foráneas con una katana como si de pelotas de tenis se tratase.

La fascinación de Coubertin hacia los griegos coincidió en el tiempo con el ensueño homérico del alemán Heinrich Schliemann: devolver a la época moderna las ruinas de la extinta ciudad de Troya. Coubertin, que gustaba también de bañarse en la gloria, hizo suya la ideología del “internacionalismo deportivo” a partir de la memoria de una Olimpia primitiva que “levantaba sus columnas y sus pórticos en mi pensamiento”. Una idea que coincidió además con la Restauración Meiji, que desplazó la capital de Kioto a Tokio, abrió Japón al exterior y estableció relaciones diplomáticas con España.

Andrés Mercé Varela delimita en De Olympia a Munich el propósito de este barón francés: “Más con el objetivo de unir a la juventud de todo el mundo, que de competir deportivamente, de establecer récords y conceder medallas. La idea de Coubertin era más pedagógica que agonística. Más educativa que espectacular”.

De los Juegos de Tokio’64, la decimoctava edición desde que el espíritu olímpico renaciera en 1894 en Atenas, Mercé Varela destaca la expectativa que Japón ofreció al Comité Olímpico Internacional (COI) para su elección: abrir la puerta blindada del archipiélago del sol naciente.

“Si en 1942 habían intentado hacerlo por medio de la guerra, comenzada en Pearl Harbor -escribe Mercé Varela-, los inteligentes políticos japoneses de la posguerra comprendieron inmediatamente que los Juegos constituían la mejor ocasión para que el mundo los conociera”. Sobre las otras candidatas, Bruselas, Detroit y Viena, pesaba un inconveniente: eran puertas cuyo interior era de sobra conocido.

Las 8.000 palomas liberadas en el Estadio Nacional de Tokio el 10 de octubre de 1964 (a las 15.09 horas, según detalla el informe oficial del Comité Organizador), certificaron que era el turno, al fin, del deporte. El emperador Hirohito declaró desde el Palco Real la apertura de los Juegos (14.52). A la entrada del emperador (13.58) sonó música electrónica, seguida del ‘Kimigayo’, el himno nacional: “Que su reinado, señor/ dure mil generaciones/ ocho mil generaciones/ hasta que los guijarros se hagan rocas/ y de ellas brote el musgo”.

La música electrónica acompañó también la salida de Hirohito (15.17), el tenno Showa que, pusilánime o convencido de los vivas al emperador -“tenno heika banzai”- fue la cabeza visible de un imperio suicida que aceptaba en la ceremonia inaugural, reducido a una simple monarquía, ante la mirada de los primeros Juegos emitidos en color en televisión, el rumbo de un nuevo Japón donde el tradicional clan guerrero había dado paso a un equipo de samuráis atletas, boxeadores, gimnastas, judocas, piragüistas.

Tokio sucedió a Roma’60 y precedió a Méjico’68, enclaves, junto a Sevilla y Madrid, de la novela El Samurái de Shusaku Endo. La embajada japonesa a España en el siglo diecisiete llevó al samurái Hasekura Rokuemon y al padre Luis Sotelo a través del Pacífico, el Atlántico y el Mediterráneo camino de Madrid y de Roma, en busca de una audiencia con el Rey y, más tarde, con el Papa. El padre Sotelo compartió un rasgo con Coubertin y Schliemann: era un empecinado. Su ambición: ser el obispo católico del Japón. Cómo: si 1) Japón abría relaciones comerciales con España y/o 2) el sogún facilitaba la misión evangelizadora.

La travesía de Hasekura simboliza el envés de los Juegos de Tokio’64, el cambio de roles visitado/visitante, el porqué de su elección como sede. El olimpismo, a bordo de su galeón, atracaba en un puerto aún inexplorado.

La embajada española a Tokio’64 participó en nueve deportes y 33 disciplinas. Viajaron a Japón 59 hombres y solo 3 mujeres: Isabel Castañé, María Ballester y Rita Pulido, nadadoras de braza, estilo, libre y mariposa. Ningún español consiguió una medalla. Sí hubo diplomas para José López (ciclismo en ruta), Luis Felipe Areta (salto de longitud) y los equipos masculinos de hockey, hípica y ciclismo en ruta-contrarreloj.

 

Tokio 2020 (I): Una aspiración humana

Sergio Perea Martínez

Sergio Perea Martínez

Estudiante de Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid.

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