Tokio 2020 (III): Belleza en llamas

El pabellón de oro, en Kioto.

Leni Riefenstahl da en ‘Olympia’ el testigo de organizador a Tokio’40. La cineasta alemana recrea en el inicio de la primera parte del documental sobre Berlín’36, El festival de las naciones, las ruinas de la ciudad griega donde surgen los Juegos en el 776 antes de Cristo, acompaña el trayecto de la antorcha hasta Berlín y capta la bandera de Japón en el estadio olímpico junto a la bandera de los cinco aros.

Todo lo tiene Riefenstahl para producir un largometraje de tres horas que sienta las bases de la retransmisión deportiva moderna.

(Qué diría hoy un tuitero si se cruza en la televisión con un locutor que presenta una carrera de atletismo diferenciando a los participantes por el color de la piel: ”Dos corredores negros contra los más fuertes de la raza blanca”.)

Todo lo tiene Japón, el primer país asiático en participar en unos Juegos: Estocolmo’12, para dar a Asia la etiqueta de continente olímpico dos décadas antes de Tokio’64. Ni Hitler ni Hirohito alcanzan aquello que pretenden.

Vista ahora ‘Olympia’, resulta cómica la propaganda del régimen nazi; los planos en que Hitler aparece, levantándose expectante, aplaudiendo maquinalmente o frotando la rodilla como el padre que acaricia la cabeza de su hijo, descienden al personaje a la vida de los mortales. Aun así, el concepto de carisma que el sociólogo Max Weber había teorizado en Alemania exige «una personalidad extraordinaria por cuya virtud se la considera en posesión de fuerzas sobrenaturales, sobrehumanas o por lo menos específicamente extracotidianas, y en consecuencia como jefe, caudillo, guía o líder». Hitler ha quedado reducido a memes.

Hirohito menosprecia la diferencia weberiana entre la ética de la responsabilidad y la ética de la convicción. La persona que asume su responsabilidad goza de un mínimo de moderación que la persona impulsiva desconoce. La medalla perseguida por el imperio nipón no es la organización de unos Juegos, sino la conquista de sus vecinos. Japón comunica al COI en 1938 que los Juegos en Tokio son imposibles de realizar porque China ha llamado a la unión de los nacionalistas de Chiang Kai-shek y los comunistas de Mao Zedong contra el invasor japonés. La fotografía en que Hirohito aparece tras la guerra junto a Douglas MacArthur responde a la duda de un desconocedor de la historia con la postura desdeñosa del general estadounidense.

Coubertin idea el proyecto decimonónico de los Juegos para evitar la guerra y promover la educación física en las escuelas. El barón francés imagina una Olimpia que ofrece cada cuatro años a la juventud un reencuentro con la belleza clásica en una ciudad cualquiera. Coubertin es un esteta del arte occidental como el joven Mizoguchi de Yukio Mishima del arte oriental. Los Juegos son El pabellón de oro de Coubertin.

Mizoguchi es contemporáneo de la guerra, como Mishima sitúa en la novela:

-De momento me quedaban unas semanas de vacaciones, las de verano, y podía pasarlas en un lugar nuevo para mí; vacaciones de mi época de luto, vacaciones de final de la guerra sobre las cuales flotaba un extraño silencio (era en 1944)…

-El 25 de junio [de 1950] estalló la guerra de Corea. Con ello se verificaban mis presentimientos de que el mundo iba inevitablemente al hundimiento y a la ruina. Tenía que apresurarme.

La victoria en la maratón con récord olímpico del japonés Kitei Son (2 horas, 29 minutos y 19 segundos) cierra El festival de las naciones. La segunda parte de ‘Olympia’, El festival de la belleza…

La realidad se impone a Coubertin. El incendio de la guerra hace impracticables los Juegos hasta Londres’48. Mizoguchi quiere vivir, y la belleza tampoco esquiva las llamas.

 

Tokio 2020 (I): Una aspiración humana

Tokio 2020 (II): La travesía de Hasekura

Sergio Perea Martínez

Sergio Perea Martínez

Estudiante de Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid.

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