Pequeñas islas, grandes problemas

Moscú. Un primer ministro japonés, Shinzhu Abe, pisó el Kremlin por vez primera en diez años y se hizo la luz en las relaciones entre Moscú y Tokio. Cierto es que la decisión de reanudar las negociaciones para la firma del acuerdo de paz pendiente desde el fin de la Segunda GuerraMundial representa un importante giro en las tensas relaciones entre Rusia y Japón, pero las posibilidades de éxito son muchos menores ahora que hace una década. Más vale tarde que nunca, dirán algunos. Veremos.
Es evidente, como reconocieron Abe y el líder ruso, Vladímir Putin, que no es normal que las relaciones entre Rusia y Japón se cimenten en un armisticio suscrito a mediados del siglo pasado. Eso puede valer para las dos países como las dos Coreas separadas por el paralelo 38, pero no para dos de las principales potencias mundiales. En lo que se refiere a las islas Kuriles, el nudo gordiano de las ambiciones japonesas, el ultranacionalismo nipón cegó de tal forma durante largos años a los dirigentes del país del sol naciente que ahora para persuadir al presidente ruso, Vladímir Putin, tendrán que hilar muy fino.
El ejemplo a seguir para Tokio en la delimitación de la frontera entre Rusia y China. Pocos se acordarán ahora, pero en 1968 ambas potencias comunistas se enzarzaron en un breve conflicto fronterizo que se saldó con la victoria soviética, digamos que a los puntos. Digan los digan ahora en Pekín, el gigante asiático sigue albergando la esperanza de recuperar una parte de los territorios del Lejano Oriente Ruso. Pero los chinos, siguiendo el lema de Deng Xiaoping de “cruzar el río sintiendo las piedras bajo los pies”, optaron desde la caída de la URSS por utilizar la cooperación económica como medio de ganarse la confianza de su mayor vecino. Finalmente, Rusia cedió varios islotes fluviales – otros los partió salomónicamente a la mitad- a China, que poco a poco está reduciendo su dependencia energética de Oriente Medio en favor de las importaciones de gas y crudo de Rusia y Asia Central.
En el caso de Putin no hay mejor medida de confianza que los intercambios comerciales. Tokio dispuso de su oportunidad en los años 90 cuando el primer presidente ruso democráticamente elegido, Borís Yeltsin, se mostró dispuesto por escrito a negociar la soberanía de las Kuriles. Si los japoneses llegan a invertir en el Lejano Oriente Ruso por medio de la apertura de varias factorías de automóviles y electrónica, pocos dudan de que las dos islas más meridionales de los Territorios del Norte ya podrían ser suyas. Eso fue precisamente lo que, a mediados de los años 50 del siglo XX, también les ofreció el dirigente soviético Nikita Jruschov a cambio de la retirada de las bases norteamericanas, pero Tokio declinó la generosa oferta.
Por suerte para Japón, Putin está muy interesado en diversificar su lista de importadores de hidrocarburos. Sus prioridades son, por este orden, China, Corea del Sur y Japón. Descartado el proyecto de gas licuado, al menos por el momento, lo más probable es que ambos países acuerden el tendido de un gasoducto submarino entre la isla de Sajalín y territorio nipón. La transferencia de tecnología sería también otra inmejorable medida de confianza, dado el agudo atraso tecnológico ruso. Sea como sea, como dejó muy claro Putin, lo que único que está sobre la mesa ahora mismo es la firma de un tratado de paz. Las Kuriles tendrán que esperar.
Hablando de oportunidades perdidas. Hasta hace unos pocos años, las Kuriles eran un lugar dejado de la mano de Dios y del Kremlin.Apenas 20.000 personas, en su mayoría militares y sus familias, seguían soportando los crudos inviernos y la crónica falta de suministro. De hecho, las únicas infraestructuras modernas que quedaban en las cuatro islas habían sido construidas por los japoneses. El éxodo hacia el continente era imparable y entre los rusos comenzaba a cuajar la sensación de que las Kuriles acabarían tarde o temprano en manos de los japoneses. Era algo inevitable. Poco importa que en el siglo XVIII el imperio zarista cobrara impuestos a los habitantes de las islas, muy ricas en pesca, hidrocarburos y minerales.
Todo cambió cuando en 2010 el entonces jefe del Kremlin, Dmitri Medvédev, se convirtió en el primer gobernante ruso o soviético en visitar ese territorio. Como consecuencia, además de la airada reacción japonesa, Rusia lanzó un programa de desarrollo de las islas, que incluye la construcción de instalaciones aeroportuarias, algo esencial para romper el aislamiento secular del archipiélago. Además, por si el aviso para navegantes no era suficiente claro, el Kremlin anunció el despliegue de armamento moderno en las Kuriles. Eso quiere decir que Rusia no parece tener intención de deshacerse de las islas, por lo menos a corto plazo. ¿Por qué debería hacerlo? A nivel estratégico, el control de las Kuriles convierte al Ojotsk en un mar interior, una base perfecta para los buques y submarinos nucleares de Rusia, un país euroasiático que quiere convertirse en una potencia naval desde el Mediterráneo al Índico, y desde el Atlántico al Pacífico. Por todas estas razones, Japón tendrá que armarse de paciencia y demostrar con hechos que su deseo de mejorar las relaciones con Rusia es sincero y no tiene como único objetivo recuperar esas malditas islas.

 Desde Moscú, By Oscar Gantes

Oscar Gantes

Periodista

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4 Respuestas

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