Muestra antológica del pintor japonés Tetsuya Ishida en el Museo de Arte Reina Sofía de Madrid

Madrid. Desde el pasado 11 de abril hasta el 8 de septiembre el Museo Centro de Arte Reina Sofía, en Madrid, presenta la primera exposición antológica del pintor japonés Tetsuya Ishida, muerto prematuramente en 2005, con el título Tetsuya Ishida. Autorretrato de otro. Aunque poco conocido en Europa, cuatro de sus obras ya se habían mostrado en la 56ª Bienal de Venecia en 2015.

Nacido en Yaizu, en la prefectura de Shizuoka, era el menor de cuatro hermanos e hijo de un miembro de la Dieta de Japón y de un ama de casa, quienes hubieran querido que estudiara química, o que se hiciera profesor. Sin embargo, Ishida decidió ingresar en la Universidad de Musashino (en Kodaira, al oeste de Tokio), donde se graduó en 1996 en la facultad de Diseño para la Comunicación Social.

Durante sus años de universidad conoció al hoy director de cine Isamu Hirabayashi, con el que mantuvo una estrecha amistad hasta su muerte, ocurrida el 23 de mayo de 2005 en un paso a nivel en Machida, Tokio, por un tren que arrolló su automóvil con él en su interior. Aún no había cumplido los 32 años.

Junto con Isamu Hirabayashi, Ishida fundó una empresa de creaciones audiovisuales para producir sus proyectos de arte y cine que, por dificultades económicas en la crisis de los años 90, transformaron en una empresa de diseño gráfico, hasta que Ishida decidió instalarse por su cuenta.

Ishida se convirtió en uno de los pintores de la década perdida en Japón y en sus obras captó los sentimientos de desesperanza, claustrofobia y aislamiento emocional que caracterizaron ese periodo en la sociedad japonesa, mostrando en su pintura y en su obra gráfica los desafíos a que se ve, también hoy, sometida la sociedad japonesa. Escenas dantescas, como si de un mal sueño se tratara cada una de ellas, revelan con detallada precisión hombres embutidos en sus trajes con partes de animales en sus cuerpos, incluso de máquinas, con la mirada perdida, resueltos a aceptar su condición de herramientas y muebles, en consonancia con las novelas surrealistas de la japonesa Mahoko Yoshimoto y de Haruki Murakami, autores contemporáneos de Ishida y que, igual que él, describen una sociedad aquejada de afecciones neuróticas con un toque de humor en un ambiente orwelliano.

En opinión de Manuel Borja-Villel, director del Reina Sofía, Ishida retrata en sus obras la soledad del ser humano y, como autor de su época, oscila entre lo que es un karoshi, el que muere por exceso de trabajo, y los jóvenes  ikikomori, que se encierran en sus casas, generalmente las de sus padres, y rompen con cualquier tipo de relación social excepto la que mantienen a través de sus aparatos electrónicos en las redes.

Teresa Velázquez, comisaria de la exposición, compara las transformaciones de humanos en máquinas que Ishida muestra en sus cuadros con la pintura del surrealista belga Magritte y con la Metamorfosis de Kafka, en lo que coincide también el director del Reina Sofía.

Tetsuya Ishida vivía efectivamente como un karoshi que no paraba de pintar y que se alimentaba de comida basura y como un ikikomori, aislado en su apartamento de Tokio y muy próximo a la tienda donde compraba los productos de pintura necesarios para su obra, al que se había mudado para no tener que trasladarse en tren y para ahorrarse  el precio del billete.

Aún es objeto de polémica, por otra parte, si su muerte fue provocada por él mismo o si fue accidental. En todo caso, cabe preguntarse qué hacía su coche inmóvil en medio de la vía del tren antes de ser arrollado.

Juan de Castro Pita

Juan de Castro Pita

ex consultor de Naciones Unidas

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