Las relaciones entre China y Estados Unidos se tensan por las islas Spratly

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Madrid. La reciente incursión del buque de guerra estadounidense USS Lassen, escoltado por aviones de vigilancia, a menos de doce millas náuticas de las islas Spratly, sigue despertando recelos entre los países que reclaman su soberanía, lo que ha provocado la entrada en escena de la Corte Permanente de Arbitraje (CPA), del Tribunal internacional de La Haya, solicitada este fin de semana nuevamente por Filipinas, originando la firme oposición de China y Taiwán.

Hasta seis aspirantes mantienen una disputa histórica por el control del archipiélago, situado en el Mar de China Meridional, un enclave geopolítico y económico de enorme trascendencia en el tablero del comercio internacional, tanto por su situación geográfica como por el hallazgo de hidrocarburos el siglo pasado.

De manera parcial, países como Malasia y Filipinas reivindican diversos islotes, mientras que China, Vietnam y Taiwán, que controla la isla Taiping, de mayor extensión -46 hectáreas-, demandan su totalidad.

De esta forma, nos encontramos ante una zona de importancia estratégica que contabiliza anualmente un volumen comercial cercano a los cinco billones de euros y no menos importante es la existencia de yacimientos petrolíferos y de gas natural, joyas aún por explotar y rentabilizar al máximo, a lo que se suma, en menor grado, pero de manera fundamental en el ámbito alimentario, la presencia de ricos bancos de pesca y caladeros que suministran gran parte de la alimentación consumida por los países limítrofes.

Pero la inversión en materia de defensa del Gobierno chino, que creció un 10 por ciento este curso, hasta los 127.000 millones de euros, va más allá de sus adversarios y vecinos asiáticos. Por ello, la puesta en acción de Estados Unidos, con un presupuesto militar de 570.000 millones de euros, casi cinco veces mayor, que mantiene desde el siglo XIX diversos puertos bases próximos a la zona, especialmente en Japón, donde se encuentra ubicado desde el año 2001 el destructor y lanzamisiles Lassen, ha ocasionado un nuevo choque de intereses entre las dos mayores potencias mundiales.

La Marina estadounidense, en plena operación “Freedom of Navigation” -por la libertad de navegación-, defiende su actuación dentro del marco del derecho internacional del mar y su Artículo 3, por el cual se rige la porción de expansión marítima que una isla mantiene en propiedad, estableciendo una frontera náutica de doce millas, siempre y cuando la isla en cuestión mantenga una autonomía reconocida por la comunidad internacional, requisito que hoy día carece de validez en las Islas Spratly.

”Nuestra Armada no será disuadida de practicar una estrecha patrulla en las Islas, aunque China así lo diga, ya sea en el Ártico, en el Mar del Sur o en las diferentes rutas marítimas que alimentan el comercio internacional en todo el mundo”, afirmó Asthon Carter, secretario de Defensa, días antes del suceso.

Por su parte, China mantiene el foco en alerta sobre un terreno declarado ”interés nacional básico”, un objetivo prioritario para el control de las aguas colindantes. Desde que Xi Jinping llegó a la presidencia del país, en 2013, las acciones de ampliación territorial en el archipiélago han ido a más, destapando superficies que permanecían sumergidas bajo el mar con la construcción de arrecifes de coral artificiales adyacentes a los islotes, tal y como prueban imágenes captadas y difundidas por el Centro de Estudios Estratégicos Internacionales (CSIS), de Washington.

Lu Kang, portavoz del Ministerio de Exteriores chino, cargó a posteriori contra Estados Unidos asegurando que ”estas acciones atentan contra la seguridad interior del país y la estabilidad de la región, buscando crear conflictos de la nada que pudieran derivar en otros de mayor envergadura”.

En la práctica, el discurso del ”gigante asiático” se sustenta sobre dos pilares: no busca hacerse con el control de la totalidad de las aguas, ya que cerca del 80% de sus importaciones y exportaciones, junto a Japón, transcurren a través de las mismas, pero, en cambio, sí pone todo su empeño en asegurarse el dominio terrestre.

Al mismo tiempo, el plan de construcción de bases militares y aeródromos para el aterrizaje de aviones sigue en proceso, a lo que se ha añadido la puesta en funcionamiento de faros luminosos que facilitan la travesía de unas 55.000 embarcaciones comerciales a lo largo del año.

Donde no parece existir confrontación, de momento, es en la ronda de negociaciones económicas que ambas potencias mantienen en pie desde 2008, el llamado Tratado de Inversión Bilateral (BIT), a punto de concretarse, según anunció Gao Hucheng, ministro de Comercio, tan solo 24 horas después del incidente acontecido en aguas asiáticas. ”Las dos partes impulsarán de forma vigorosa las negociaciones del BIT y acelerarán el proceso para alcanzar un acuerdo mutuamente beneficioso”, afirmó en un comunicado.

En definitiva, ante la creciente expansión de China, que atisba de cerca a Estados Unidos en términos del PIB, según el Fondo Monetario Internacional (FMI), la Casa Blanca quiere retomar su presencia e influencia en la zona, mientras que el Ejecutivo chino, conocedor de lo que iba a suceder, prosigue cada vez con mayor fuerza en el adueñamiento del terreno. No obstante, la pugna no trascenderá más allá, o eso se espera. La economía, ejemplificada en el BIT, no es objeto de juego.

Sergio Perea Martínez

Sergio Perea Martínez

Estudiante de Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid.

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