La inestabilidad del petróleo fortalece la influencia continental del nordeste asiático (I)

Madrid. La fragilidad del precio del petróleo a raíz del pacto nuclear con Irán ha originado un nuevo mapa de influencias en Asia que Estados Unidos trata de revertir a su favor, además de acrecentar las tensiones en Oriente Medio, donde China, Japón y Corea del Sur refuerzan las relaciones diplomáticas y los acuerdos comerciales con los países del Golfo, una vez consolidada su hegemonía en el continente asiático.

El convenio, anunciado el 14 de julio del pasado año, que limita el progreso del régimen iraní hacia la obtención de armas nucleares, significó la íntegra reaparición de Irán en el mercado petrolífero y el levantamiento de las sanciones impuestas por la ONU en 2006 debido a su insistencia en el programa atómico, recuperando paulatinamente hasta 90.000 millones de euros que permanecían bloqueados en el exterior.

Desde entonces, el valor del barril comercializado por la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), que superaba los 50 dólares -53 euros en junio de 2015-, inició una caída que tuvo su punto de inflexión el pasado enero, cuando la cuantía descendió hasta los 26 dólares -24 euros- y emprendió una ligera subida hasta los 42 dólares -38 euros- que registró de media en julio. En 2014, el coste del barril se mantuvo por encima de los 100 dólares hasta el mes de septiembre, cuando comenzó a descender con fuerza.

La oposición de Arabia Saudí al acuerdo ha intensificado la rivalidad histórica entre Teherán y Riad, entre las comunidades chií y suní de la religión islámica, en una zona que mantiene conflictos armados en Líbano, Irak, Siria y Yemen, así como la división de la OPEP, fundada en 1960 para la regulación del precio del petróleo y de la que ambos países forman parte, junto a Argelia, Angola, Ecuador, Indonesia, Irak, Kuwait, Libia, Nigeria, Qatar, Emiratos Árabes Unidos y Venezuela.

Contradiciendo las reglas del mercado, con una oferta -30 millones de barriles diarios- superior a la demanda, en parte por la presión de Arabia Saudí ante las prácticas de fracturación hidráulica –fracking en inglésde Estados Unidos, la OPEP se ha sumado al desorden imperante en Oriente Medio al no reestructurar la producción y, por consiguiente, obstaculizar una mayor subida de los precios, como demanda parte del organismo.

De momento, las exportaciones de petróleo iraní a China, Japón, Corea del Sur y la India, los mayores socios comerciales de Teherán desde la implantación de las sanciones, han incrementado casi un 50 por ciento en el último año, hasta los 1,7 millones de barriles diarios, cifra que aumentará en los próximos meses, según analistas y autoridades involucradas.

La conflictividad permanente, el fracaso de las primaveras árabes y la propagación de grupos terroristas, financiados y secundados ideológicamente por las altas esferas religiosas de Teherán y Riad, han erosionado las estructuras estatales y el orden geopolítico de la zona, provocando un vacío de poder que las potencias del nordeste asiático, y China en especial, anhelan controlar e influenciar por medio de la diplomacia, el comercio y la inversión, no físicamente sobre el terreno.

Con Japón y Corea del Sur como aliados de Estados Unidos, contener tanto económica como militarmente a China, que amenaza su estatus como primera potencia mundial e intensifica las relaciones bilaterales con los países del Golfo, ha figurado entre las principales metas de Barack Obama, a dos meses de concluir su último mandato presidencial, caracterizado por el cambio de estrategia en los asuntos exteriores y la aplicación de medidas vinculantes con el este del continente asiático.

Estados Unidos firmó en febrero el Acuerdo Transpacífico (TTP) junto a Japón, Brunéi, Malasia, Singapur y Vietnam, entre otros, un acuerdo de libre comercio cuyas negociaciones comenzaron en el año 2002 y que comprende el 40 por ciento del PIB mundial, mientras Pekín y Washington continúan las conversaciones para suscribir el Tratado de Inversión Bilateral (BIT), luego de siete años de negociación, iniciada en 2008.

La rúbrica del TPP evidencia el interés del Gobierno estadounidense por frenar el auge y la consolidación económica de China, el primer exportador de productos a nivel mundial y el principal socio comercial de los países vecinos, mediante la alianza económica con Tokio y los países del sudeste, a la par que explora vías de cooperación con el ‘’gigante asiático’’ e incrementa su presencia militar en la zona.

Para 2020, según anunció el Departamento de Estado, el 60 por ciento de la Marina estadounidense estará presente en el Pacífico, cuyas aguas integran los mares de China Meridional y Oriental, en disputa por su relevancia en el tablero del comercio internacional y por la presencia de reservas pesqueras e hidrocarburos. Y en Corea del Sur, con las discrepancias de China, Rusia y Corea del Norte, acaba de desplegar el escudo antimisiles THAAD.

Será tarea del nuevo Ejecutivo, que saldrá de las urnas en noviembre y tomará posesión en enero, apostar por la continuidad de la política exterior desarrollada durante los últimos años, proclive a la consideración del nordeste de Asia como zona de principal interés, en el caso de la elección de Hillary Clinton, o aventurarse en el impredecible escenario que supondría la presencia de Donald Trump en la Casa Blanca.

Si los sucesos desencadenados tras los atentados del 11-S situaron el foco del continente asiático sobre el laberinto de Oriente Medio, ahora, quince años después, el resurgimiento político y económico de Irán, sus consecuencias en el mercado del petróleo y la orientación de la política exterior estadounidense hacia el Pacífico han confirmado la influencia y el control que las potencias del nordeste asiático ejercen sobre la parte oriental del globo terráqueo, reforzando al mismo tiempo las relaciones con los países del Golfo.

Sergio Perea Martínez

Sergio Perea Martínez

Estudiante de Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid.

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