Kamikazes: El viento divino de Japón

“70 aniversario del  fin  de la II Guerra Mundial”

Madrid. Los actos de conmemoración del 70 aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial rememoran en estos días de mayo la victoria de los aliados sobre la Alemania nazi, un acontecimiento que marcó al mundo entero con muchos protagonistas, donde vuelven a  la actualidad los míticos pilotos japoneses, héroes o víctimas, según distintos puntos de vista.

Casi 2.500 jóvenes, de entre 17 y 19 años, pasaron a la historia como kamikazes en poco menos de un año, desde octubre de 1944 al 23 de junio del 45, con la rendición. En ese tiempo, los pilotos japoneses del viento divino destruyeron medio centenar de barcos americanos y causaron más de diez mil bajas.

Fue el almirante Onishi quien decidió crear este grupo, que recibió su nombre, viento  divino, de un milagroso tifón que en el siglo XIII barrió las costas de Japón librando a sus habitantes de una invasión mongola. La muerte útil y honrosa de los jóvenes pilotos quedaba así equiparada a este aire salvador para el país.

Siete décadas después, la conservación de la memoria de los kamikazes sigue generando disputas entre los que los califican de héroes, legitimando los llamados “ataques especiales” del Ejército Imperial, y los que creen que fueron víctimas en una guerra que ya estaba perdida.

Los kamikazes, a los que sólo conocemos a este lado del mar por las películas americanas, vuelven a ser actualidad, y en el último año se están impulsando iniciativas para recuperar el rastro de estos pilotos, para recopilar sus cartas y para  restauración los lugares donde se entrenaron y vivieron.

Aún siguen en pie los edificios de madera de la escuela militar de vuelo de Kumagaya, en la localidad de Okegawa, a 30 kilómetros al noroeste de Tokio.  Buena parte de culpa la tienen Masanori Yanai, de 89 años, y otro puñado de voluntarios que, como él, trabajaron como operarios en este centro de aprendizaje, el único que sobrevive de entre la decena que gestionaba el Ejército del Aire durante la guerra.

Yanai, como el resto de sus compañeros, eran entonces unos críos que no tenían muy claro qué estaban haciendo y porqué. Ahora, con el paso del tiempo, el antiguo piloto reconoce sin embargo el entusiasmo que muchos pilotos mostraban pese a saber que iban a morir y pone como ejemplo a uno que aún vive y que reside en la cercana localidad de Omiya.  Fue uno de los kamikazes enviados a Chiran y tuvo que echar a suertes con otros miembros de su unidad quiénes subirían a los aviones y quiénes quedarían en tierra. “Perdió y se quedó muy desilusionado.

El ayuntamiento de Okegawa ha decidido este año restaurar buena parte de la escuela de pilotos para preservar este legado histórico.

Sin embargo, no todos están de acuerdo con estas y otras iniciativas similares, ésta y otras iniciativas similares, ante la posibilidad de que sean aprovechadas por los revisionistas nipones para dar una visión deformada del programa de “ataques aéreos especiales”, en la eterna disputa de si realmente los kamikazes eran dueños de su destino, borrando cualquier responsabilidad del Estado, o fueron igualmente víctimas de la guerra.

Emiko Ohnuki-Tierney,  antropóloga americano-japonesa, publicó hace unos años un libro titulado “Kamikaze Diaries: Reflections of Japanese Student Soldiers” (Diarios de Kamikaze: Reflexiones de Estudiantes Soldados Japoneses), en el que recopiló cartas, poemas y diarios de pilotos japoneses. En ella revela la desesperación de muchos jóvenes antes de volar, al contrario de la creencia popular de que estas personas estaban dispuestas a sacrificar sus vidas.

También ahora existe un proyecto en la ciudad de Minamikyushu (donde se enmarca la base de Chiran, desde la que partían los kamikazes y en cuya ciudad hay un museo en su honor) para que cientos de cartas de despedida de estos aviadores sean nombradas Patrimonio Mundial por la UNESCO.

El propio almirante Onishi, el “inventor” de los kamikazes, se dirigió a ellos en la carta que dejó antes de suicidarse, y en la que les decía “que mi muerte sirva de consuelo para vuestras familias y de alivio para vuestras almas”. Una curiosa forma de pedir perdón.

En definitiva, los  kamikaze son protagonistas de películas de éxito, series de televisión y en el último año se han impulsado iniciativas para recuperar el rastro de estos pilotos, como la conservación de sus cartas o la restauración de los lugares donde se entrenaron y vivieron.

María Ángeles Santos,  periodista

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