China, ¿nuevo líder mundial contra el cambio climático? (I)

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Madrid. El sistema climático se caracteriza por ser un sistema complejo en el que destaca que no es regulable sino cambiante debido, principalmente, a que el clima en la Tierra nunca ha sido estático y ha sufrido alteraciones en el balance energético, sometido a variaciones en todas las escalas temporales desde decenios a miles de años.

Por ello, a lo largo de la historia del planeta, las variaciones climáticas más destacables han sido las correspondientes a los 100.000 años de periodos glaciares e interglaciares y, a día de hoy, la preocupación subyace en el conocido como cambio climático, que supone la variación global del clima en la Tierra.

Sin embargo, el cambio climático no obedece exclusivamente a causas naturales, sino también a la acción del hombre sobre diversas escalas de tiempo y sobre todos los parámetros climáticos. Por tanto, antes de profundizar en el concepto cabría destacar que el cambio climático no es lo mismo que el calentamiento global.

De esta forma, como dato, cada segundo se emiten 1.143 toneladas de CO2 (dióxido de carbono) en el planeta y contribuyen ampliamente al conocido como efecto invernadero, que es la retención del calor del Sol en la atmósfera de la Tierra por parte de una capa de gases en la misma. Precisamente, un 76% de los gases de efecto invernadero (GEI) corresponde al dióxido de carbono que proviene, principalmente, de industria, agricultura y la combustión de combustibles fósiles.

La preocupación internacional y su regulación

La importancia de la regulación de las emisiones de CO2, ha llevado a la creación de políticas y normativas internacionales para evitar o, mejor dicho, mitigar esos efectos que se desprenden del cambio climático y que tienen repercusión en la conservación del medio ambiente, así como en la salud humana. Dentro de los países más contaminantes del planeta, China y Estados Unidos conforman el 45% de este tipo de emisiones, con un 30% y un 15% respectivamente.

Así, a nivel internacional, la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) supuso con su aprobación en 1992 la incorporación de uno de los tratados multilaterales sobre medio ambiente con más éxito, el llamado Protocolo de Montreal de 1987, por el cual los Estados miembros estaban obligados a actuar en interés de la seguridad humana incluso a falta de certeza científica.

La CMNUCC entró en vigor en 1994 y, hoy en día, cuenta con un número de miembros que la hace casi universal a través de las denominadas “Partes en la Convención” que se constituyen por 195 partes que ratifican la citada. La Conferencia de las Partes (COP) es el órgano de decisión de la Convención y, tras el Protocolo de Kyoto de 1997, estas conferencias se han llevado por todo el mundo para la reformulación del problema global que amenaza la calidad de vida del ser humano y la pervivencia del medio ambiente en su conjunto.

El Acuerdo de París

Con la COP21 se adoptó el Acuerdo de París, en vigor desde el 4 de noviembre de 2016, que establece el marco global de lucha contra el cambio climático a partir de 2020. Entre sus objetivos, se promueve una transición hacia una economía baja en emisiones y resiliente al cambio climático, contando con las diferentes realidades de los países y siendo, por tanto, justo, ambicioso, duradero, equilibrado y jurídicamente vinculante.

Su propia activación, asimismo, supone el compromiso de lucha para evitar que el incremento de la temperatura global del planeta quede por debajo de los 2ºC, pues ha vinculado al menos a 55 países que suman, al menos, el 55% de emisiones globales de CO2, condición para la entrada en vigor del acuerdo. Así, el 3 de noviembre de 2016 fue firmado por 96 países firmantes individualmente y la Unión Europea.

Conforme al escrito del Acuerdo internacional según se establece en su artículo 2, el acuerdo tiene como objetivo “reforzar la respuesta mundial a la amenaza del cambio climático, en el contexto del desarrollo sostenible y de los esfuerzos por erradicar la pobreza” para el que se determina tres acciones concretas:

  1. Mantener el aumento de la temperatura media mundial muy por debajo de 2 °C con respecto a los niveles preindustriales, y proseguir los esfuerzos para limitar ese aumento de la temperatura a 1,5 °C con respecto a los niveles preindustriales, reconociendo que ello reduciría considerablemente los riesgos y los efectos del cambio climático.
  2. Aumentar la capacidad de adaptación a los efectos adversos del cambio climático y promover la resiliencia al clima y un desarrollo con bajas emisiones de gases de efecto invernadero, de un modo que no comprometa la producción de alimentos.
  3. Elevar las corrientes financieras a un nivel compatible con una trayectoria que conduzca a un desarrollo resiliente al clima y con bajas emisiones de gases de efecto invernadero.
Rocio Burgos

Rocio Burgos

Master Universitario en Ingeniería Ambiental por la Universidad Politécnica de Madrid. Graduada en Ingeniería del Medio Natural, actualmente trabaja en el sector de energías renovables en Europa, Oriente Medio y África.

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